Mantenme satisfecha

Stefan Milev
Mantenme satisfecha y te escribiré cartas de amor en cada beso, y cuando estemos lejos y no tan lejos, cerrarás los ojos satisfecho de saber que lo nuestro, esto que tocamos sin tocarnos, ha sido desde el principio interminablemente perpetuo.



Luciana Salvador Serradell

Cuidando a Silvia


Andreas Heumann
Un día cualquiera y sin aviso te fuiste de aquí sin cerrar la puerta y no supe si volvías o la dejabas entreabierta a sabiendas. A sabiendas casi abierta, sin cerrarla. Sin cerrarla para volver otro día cualquiera y sin aviso, y por eso me tienes aquí desde junio. 

Aquí, esperando un no sé qué de todo lo que pudo haber sido y no fue, y no entiendo por qué.

Por qué así.

Así.

Tan de prisa.

Y por si regresas, que lo sepas.

Por si decides regresar aquí estoy. Aquí y en el mismo lugar. Aquí y de nuevo yo, siempre yo reflexionando todo lo que fue, aferrándome a lo que queda, viviendo con lo que viene y dejando salir lo que nunca regresa pensando, intuyendo, segura de que volviste y nunca te fuiste. 

Y si tengo que creer, forzosamente creer que te fuiste, entonces dejo la puerta a sabiendas abierta. Te dejo la puerta siempre abierta, abierta de par en par por si decides volver. 

Por si vuelves. 

Por si estás aquí, cuidándome. Cuidando a Silvia.


Luciana Salvador Serradell

Elisa y las locuras que deja el amor

Philippe Halsman
Se despertó a las diez y era la primera vez. La música le cantaba a la radio y de las sábanas salió oliendo a mermelada de arándanos y fresas, la piel suave y los pulmones llenos de aire. Se lavó la cara sin querer y los dientes también.

Un café negro y se sentó frente a la ventana del comedor con un cigarro de esos largos, una cerilla que encendió y la angustia de los cuervos cuando buscan los restos para volverlo a oler mientras del otro lado del vidrio se pasea un pez con siete patos.

Una nave espacial se da la bienvenida en la acera y hombrecitos de Lilliput pasean en bus con Hitchcock. Mientras tanto el tiempo, ese al que Sabina llama canalla, dejó a Elisa con ganas de más cuando él colgó su reloj en ese cuadro de Picasso y se fue de vacaciones de verano a Málaga en mitad del invierno.


Luciana Salvador Serradell



Buenos Aires se despierta conmigo en Barcelona


Horacio Coppola
Buenos Aires duerme tranquilo flotando en todas las tazas de café que tomo por las mañanas. Vive en fotografías que monto y desmonto a mi parecer y que nada entre ellas tienen que ver, en una esquina de Cabildo de un junio de 1996 y en otra del obelisco de mayo del 2012 de la última vez.

Conmigo, Buenos Aires se despierta más temprano y camina por Balmes hasta Diagonal y a veces se despide y se va por Álvarez Thomas y otras, muchas otras, lo vuelvo a guardar al lado de Alta Gracia, en el rincón donde se quedan quietos los recuerdos cuando se guardan.

Buenos Aires es una situación. Una circunstancia. Una sensación.

Un olor.

Un edificio de París que se le parece mucho a otro de Recoleta. Un tango que sopla cosas que a veces me dice cosas y otras no, una capital que queda al sur. Un Papa, un jugador de fútbol, una presidenta loca, carne.

Una isla perdida, una ciudad encantada.

Casa.



Luciana Salvador Serradell




Las costuras de Catalina

Desconozco el autor de la fotografía.
Catalina se cosió las costuras del corazón, todos los agujeros por donde se salía. Se cosió puntada a puntada, miércoles tras miércoles para no volver a perderle. Para que no se le saliera de nuevo todo lo que guarda por dentro y también para no perderse. Se dio forma nueva, una diferente que tiene puntada doble e hilo rojo, un rojo obscuro. Se lo cosió porque así es mejor. Porque no se puede ir por la vida siendo puro corazón.


Luciana Salvador Serradell



Quedas libre Adela. Libre una vez más

Hellen Warner
Erase una vez a dos calles de aquí, una niña flaca como una lombriz que se hizo mujer en abril. Una de esas mujeres que tienen paciencia de tortuga, sonrisa contagiosa y vicios, muchos de esos vicios.

Esos, que no son más que malas costumbres blancas. Hábitos adquiridos y después bien aprendidos, practicados y repasados. Una y otra vez frente al espejo, en la cocina y en la mesa del comedor. 

Adela está bien ilustrada en el tema, así es a dos calles de aquí. 

Así, mientras un acordeón robado suena en algún lugar por debajo de su balcón y la melodía le golpea en algún lugar de su cabeza. La reconoce pero no le pertenece, ya no hay responsabilidades cuando Adela peca. 

¡Quedas libre Adela! Libre una vez más. 

Después se duerme pensando en las estrellas que hoy no aparecieron, son las cuatro de la tarde de un domingo de marzo del dos mil y pico y de nuevo son las ganas las que se le evaporan. Las ganas que el vicio vuelve a dormir mientras Adela busca un lugar donde huir. 

Luciana Salvador Serradell

Las ganas que tiene Julia cuando se despierta

Kim Sung Jing 
Julia se despertó con ganas de preparar un bowl con mueslis. Tomar Coca Cola Zero y depilarse las axilas con láser. Repasarse la forma de las cejas, el contorno del bikini, subirse un poco las tetas y que el culo se le sacuda menos.

Hoy se despertó antes de las ocho, tuvo ganas de un tazón con cereales pero no tenía ni leche, ni cereales y se conformó con un café negro. Pensó en depilarse las axilas con láser un día cuando gane más de mil y se conformó con repasarse la forma de las cejas, y se asustó cuando se vio el contorno del bikini y las tetas bastante caídas y su culo, su culo está ahí, perfecto.


Luciana Salvador Serradell



Los perdones de quien no sabe cantar

Nicolas Henri Jeaurat de Bertry
Perdóname por las intenciones poco inteligentes que se cuelan en mis manos cuando intento escribirte una canción. Perdóname por estos sonidos pocos maduros, por mi voz sin oído y por estos oídos sordos que te cantan canciones sin saber apenas cantar.


 Luciana Salvador Serradell

La carta de Olvido

Ferdinando Scianna
Hoy voy a escribirte una carta para decirte que en abril, cuando la primavera empiece, te habré olvidado pero todavía me queda febrero, y en febrero te extraño.

En marzo, en dos meses desde hoy, conoceré a alguien y en abril te olvidé pero antes de hacerlo, antes que me pase, quiero que sepas que te quiero con locura.

Con locura te quiero.

Con la misma locura con que el olvido me hará amar a otra persona y con la misma pasión con que juega el olvido cuando todo empieza.

Te olvidaré sin resentimientos, sin cuentas pendientes y sin recuerdos porque no repetiremos lo que no tenemos. Y así (…) así (…) te dejaré de querer tranquila y alegre y te olvidaré, prometo que así será con la misma fuerza con que te empecé a querer.

Tuya hasta abril, Olvido.


Luciana Salvador Serradell

La amiga incondicional de Luisa

Philippe Le Tellier
Luisa está violenta. Llevaba dos o tres semanas así, con ganas de soltar la furia que siente en la cara de todos. Lo noté cuando la vi el viernes, quedamos para tomar un café y la vi cambiada. No tiene tiempo para nadie, anda inquieta. Un nudo en la boca del estómago la mantiene dura, eso me dijo.

Quedamos a las cinco en Gran Vía y Diputación, y no soltó el bolso en todo el tiempo que estuvo sentada en el bar. Pidió un café cargado, dijo que se sentía cansada. La vi cansada, los ojos caídos, la piel opaca y eso que estaba maquillada, pero igual se la veía agotada. 

Revolvió el azúcar con fuerza, como cuando alguien está enojado. Haciendo ruido con la cuchara y abstraída del ruido porque no paraba, tuve que tocarle la mano para que descansara la cuchara. Hablamos de cualquier cosa, sabía que ella no me estaba escuchando y mientras decía lo que decía, me preguntaba qué pasa.

Era la forma en que sujetaba el bolso. Sí, se puede tener miedo a que te roben pero era exagerada su manera. En ese momento pensé que quizás lo llevaba ahí pero no, descarté la idea por la locura. No era el bolso de cuero marrón que siempre lleva, este era un poco más grande y de color mostaza. Era nuevo y quizás por eso no quiso apoyarlo en ningún lado. 

- No te conocía este bolso, solté cuando ya no podía mantener dos conversaciones paralelas en mi cabeza. 

- Es nuevo, respondió mirándolo y lo apretó aún más hacia ella con lo cual pensé que le había dado la sensación de querer tocarlo pero no lo hubiese alcanzado. 

- Me gusta mucho el color, le dije intentando encontrar un tema de conversación.

- Me lo regaló Ignacio para Reyes. 

Ignacio es su esposo. Llevan juntos siete años, se conocieron en una discoteca. Siempre pensé que las relaciones que nacen así no duran mucho, pero Luisa e Ignacio eran mi excepción. 

A medida que conocía a Ignacio, me gustaba menos, pero me guardé mis opiniones cuando Luisa me dijo que la relación iba en serio. No era su tipo, no era el tipo de ninguna de nuestro grupo. Y no es que exista un perfil determinado de hombre que encaje con nosotras, pero Ignacio definitivamente no me cerraba por ningún lado, por eso me sorprendí cuando se pusieron de novios y me enojé cuando a los seis meses decidieron casarse.

Luisa dijo que yo era una egoísta. Que sentía celos de Ignacio y que nunca pensaba en ella, no es cierto. A Luisa la conozco de toda la vida, sus padres eran vecinos de mis abuelos así que todos los fines de semana de niña, los pasaba jugando con ella cuando iba de visita. Nos hicimos mejores amigas y cuando comenzamos la universidad, nos fuimos a vivir juntas. Ella estudió veterinaria y yo medicina, así que pasamos muchas horas haciéndonos compañía.

Cuando se casó con Ignacio dejó el piso que compartíamos y sí, me costó llenar el vacío que dejó hasta que un mes después se mudó mi hermana a su habitación. Con el tiempo acepté a Ignacio y mi relación con Luisa volvió a la normalidad. Cenas juntas, paseos en bicicleta, noches de cine.

Todo era normal hasta el día después de Reyes y tuve razón, Ignacio no era lo que Luisa quería, confesármelo no lo hizo, tuve que sacárselo poco a poco. Le puse las palabras en la boca y Luisa las repitió poquito a poco, y así se fue dando cuenta que se había equivocado.

- Y te podes equivocar, eso le dije a Luisa, pero a los 27 y con toda una vida por delante, no te podes dar el lujo de perder ni un segundo para corregirlo. Eso mismo, corregirlo, le dije para tranquilizarla. Y eso mismo es lo que hicimos las dos, corregirlo.

- Hay amores que matan, dije en voz alta y a Luisa le entró una sacudida de miedo mientras sujetaba el plato y la taza del café para entregárselo a la camarera. 

- Perdona, casi más lo tiro todo, se disculpó. La camarera se retiró y Luisa me echó una mirada seca, una de esas que me dejaban con calambres en el estómago.

- No seas exagerada. No pasa nada, tranquila. Tranqui, repetí cada vez en voz más baja. 

Pagamos en la barra y nos fuimos juntas caminando por Gran Vía. Caminamos en silencio para asegurarnos que nadie nos estaba escuchando. Le pregunté en dónde lo tenía, y me dijo que lo llevaba con ella. 

- ¿Acá?, solté exaltada. ¡Estás loca Luisa!, le grité. Estábamos solas y nadie nos escuchaba.

- No lo puedo tener en casa, dijo y me pasó el bolso.

- ¿Lo metiste acá adentro?, le pregunté mientras lo abría.

- No, no lo abras acá, y me lo arrebató cerrando el cierre de nuevo.

A Luisa no la volví a ver hasta finales de mayo, así lo habíamos planeado. No queríamos viciar nuestra amistad y un respiro de tres meses nos pareció lo más acertado. En abril Luisa se enteró que estaba embarazada, ese día me llamó. Estuvimos hablando casi dos horas sobre el bebe, posibles nombres, precios de pañales, y me alegré de escucharla feliz. 

En septiembre nació Eva, nunca me gustó ese nombre por la reivindicación política y religiosa que genera en mi cabeza pero era la hija de Luisa, y siempre le gustó ese nombre. 

- ¿Ignacio? ¿Qué pasó con Ignacio?, me preguntaron cuando declaré por primera vez.

- No tengo ni idea en dónde está, pero para la salud mental de Luisa que haya desaparecido, es el mejor favor que le pudo hacer. 

-¿Cómo era la relación entre Luisa e Ignacio?, me preguntaron.

- Desde mi punto de vista profesional: patológica, respondí y no dije nada más y no me hicieron más preguntas. Si hubiese estado otra persona sentada en mi lugar, la cosa no hubiese terminado ahí mismo y el interrogatorio hubiese continuado un par de horas más, pero era yo. 

No seamos ingenuos, hay amores que matan es tan válido como hazte la fama y échate a dormir. Mujer en sus 30, psiquiatra de profesión, medalla de honor, profesora universitaria, investigadora, frágil, femenina. Además educada y muy empática, así soy yo y por eso nadie duda de ninguna de las dos.

Qué había en el bolso no es la pregunta. Lo acertado es preguntar qué hicimos con el resto del cuerpo. 

Utilizamos ácido clorhídrico, transparente y tóxico. Ignacio se tomó, sin saber (...), claro, los exactos cuarenta mililitros suficientes para matar a cualquier persona, y usamos el resto para hacer desaparecer el cuerpo, tal como lo hubiese hecho John George Haig aunque mejor porque nos aseguramos que Ignacio no tuviese cálculos renales. 

Ese día nos guardamos la cabeza, yo la quería para mis alumnos y necesitábamos óxido de calcio que no teníamos, así que Luisa me la entregó cuando quedamos a tomar un café y yo me encargué del resto. Una pena el bolso porque era divino.

Luciana Salvador Serradell
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