El aburrimiento dedicado de Marta


No te puedo prometer nada porque a los dos días me aburro de quién soy y de todo lo que siento cuando no estoy contigo.

Del aire de tus besos que se vuelve denso y no quiero que sean míos. De tu mirarme tan tuya, tan excesivamente tuya cuando no quiero ataduras. De tu querer sostener mi mano cuando pienso en no tocarte. De tu sonrisa más sincera y mi risa tan falsa

De tus ganas de querer meterme en tu mundo rotundo cuando quiero ahogarme en las indefiniciones del mío. En mis líneas de lo absurdo. En mis mañanas sin realidad. En todo esto que te puedo dar mientras me dura la Marta que fui ayer. Que hoy no quiero ser.


Luciana Salvador Serradell


La noticia de Olga

Alfred Stieglitz


Ayer viernes recibió una nota escrita con palabras suaves, de esas que lastiman sin doler, diciendo que se va a morir. No ahora, tampoco mañana o inmediatamente pero pronto. Igual que cuando murió él. Se pierde, se deshidrata y no se acuerda de muchas cosas y todo deja de existir, como si nunca hubiera vivido.

La noticia de la carta la inundó un rato largo y después se olvidó.

Se olvidó hasta el día siguiente cuando leía un libro sintiéndose completa con el sol dándole en el cuerpo. Con el calor en la cara. Con las cosquillas del día. Con el aire de estar viva. Con la certeza de ser ella.

Pensó en el pelo rojo de una amiga, ocurrencias cuando dejas volar la mente.

Y de golpe le vino la noticia que se iba a morir. Se levantó por un vaso de agua y recordó que sólo ella es la que conoce los nombres de todos los muertos. Desde su principio hasta el final. Y que ella se los sabe a medias y otro tanto se los inventa, pero es sólo ella quien conoce su pasado con exactitud y no lo dejó escrito. No lo dejó escrito en ninguna carta, en ningún papel.

Olga bebió agua y volvió al sol llena de preguntas sobre nombres e historias, sintiéndose más vacía que nunca.


Luciana Salvador Serradell












La oda de Marina a los animales que se van

Katerina Plotnikova


Tan mala es la gente cuando no sabe ver lo inmenso de la vida, de tu pequeña y gran vida y el segundo exacto en que todo empieza a doler por eso de tu ingenuidad animal de no poder hablar.

Que mala es la gente. Que mala es la gente que no te supo abrazar, que no te supo cuidar. Que no te supo querer con la misma sinceridad con la que tus ojos se rindieron para dejarte partir. Para no estar más aquí. Para dejar de sufrir.

Que mala es la gente que se olvida de querer las cosas bonitas de la vida, al prójimo, animales y plantas. Que mala es la gente, pensó Marina esta mañana justo después de ver el Instagram y dos vídeos en YouTube.

Que mala es la gente, suspiró de nuevo Marina en su cabeza y pensó en voz alta qué hacer para compensar eso de los desequilibrios de mucho querer, con el corazón abierto y los ojos llenos de lágrimas, y el poco hacer detrás de una pantalla y el botón del play

Que mala es la gente.



Luciana Salvador Serradell
Mi oda a todos los animales que son asesinados por su piel. 
No usen abrigos de piel. Investiguen en Internet la crueldad con la que son asesinados. 
No alimentes esa industria.

Respira hondo Paula

Elena Vizerskaya

Respira hondo. Más hondo. Hasta que las paredes del estómago se te peguen y apaguen. Hasta que se te vean los huesos. Lo que hay adentro y lo que no se ve. Hasta que no te quede nada de lo que no eres. Hasta que te quedes vacía de todo lo que no te llena.

De lo que asfixia. De lo que no eres. De lo que probaste y no te gusta. De lo que no te importa. De la que no eres.

Respira hondo Paula. Más hondo. Respira con fuerza. Más fuerza hasta que la garganta se te seque. Los ojos te lloren. Las manos te transpiren. Tragues saliva.

Te rompas en mil pedazos.

Hasta que el aire te raspe por dentro para desprenderte de lo que pesa sabiendo que lo sobra no eres tú. Respira hondo una última vez y que sea tu primera vez para que no vuelvas a olvidar quién eres.

No lo olvides nunca Paula. Que nada ni nadie te distraiga de lo que te habita.


Luciana Salvador Serradell


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El querer de Olivia


Esta es la historia atormentada de Olivia y sus circunstancias de querer sin saber hacerlo. De amar sin poder contarlo. De acariciarte con todos los no que te dedico sin que me escuches, le decía en voz baja y en silencio por eso de ya no ser lo que eran.

Lo que nunca fueron. Lo que no son. Lo que nunca supieron ser.

Como un paseo por la calle en solitario bajando por Monroe, doblando en Cabildo, tomando su mano en cada esquina cuando se le ocurre dejar de pensar en lo que duele, queriendo que esté para no estar.

Una historia atormentada por eso de los detalles que no cuentan, de las cosas pequeñas que se hacen grandes y se escapan sin querer para herir. Para ofender. Para injuriar. Para irritar. Para atormentar al otro. Por eso de lastimar, por el simple hábito de lastimar hasta lo más hondo a lo que más se quiere. A quien se ama.



Luciana Salvador Serradell










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Todos mis si me

Oleg Oprisco
Si me como tu miedo más grande, el que te tiene sujeta y aplastada cuando el resto vuela, ¿qué dejarías de hacer para no volver a llorar jamás?. Y si me ato a la cintura tus pensamientos pesados, esos que te tienen triste, plana y gris, y los empujo lejos para no sentirlos nunca más, ¿cuánto tiempo te llevaría aprender a no extrañarlos? Y si prendo fuego ese paraguas, ese y todo lo demás que te aparta para que no te toque todo lo bueno, ¿dejarías de creer en tu fragilidad inventada que no te deja ser?







La agenda de Luisa

Oleg Oprisco

Tienes treinta minutos para desmontar dos de tus cinco creencias limitantes y trecientos sesenta y cinco días para equivocarte y volver a intentarlo. Tienes dos minutos para que me expliques eso que no te gusta, que tanto te ves y que no te deja ser y tres meses para olvidarte de lo que te pesa y es liviano. Tienes dos semanas para recordar cinco errores y te doy cinco años para dejarlos ir y diez para volver a hacerlo ahora que aprendiste que te equivocaste. Te doy tres segundos para que respires hondo y veintiocho citas para que me dejes de pedir permiso. Tranquilo a Dios y al destino, a tu padre y a tu madre y te hagas cargo, por favor Luisa, del destiempo que te tiene fuera de tiempo. Sentada a un costado esperando un momento, el único que es oportuno y te deja irremisible mientras todo pasa y no te das cuenta, no te das cuenta mi querida Luisa que el tiempo no vuelve y te estás poniéndo vieja.



Luciana Salvador Serradell


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