Carla, ¿qué pasa que hoy no sonríes?

  Elena Vizerskaya
Carla. Carla. Carla (…)
¿Qué pasa que hoy no sonríes?

Hoy me desperté y me di cuenta que estaba deprimida o me desperté deprimida que es lo mismo, contestó. Esa sensación de tener los dos pies enterrados tres metros bajo tierra, hundiéndote. Como si la primavera estuviese fría a propósito, por eso quizás hoy hace frío y es mayo y tendría que hacer calor. Nada hoy acompaña a un subidón de ánimo forzado, como esa taza de café con leche que no anima o este viernes de crisis tranquilo.

Carla. Carla. Carla (…)
¿Qué pasa que hoy no sonríes?
Hoy el día no anima, contesta.

Ni la música, ni las voces ajenas que llegan y que no entiendo lo que dicen. Esa gente que no conozco, conversaciones que no me incumben, ruidos que no son míos, un aire mojado que no me deja respirarme. Respirar en paz estas inmensas ganas de sentirme con derecho a ser infeliz de vez en cuando.

Carla. Carla. Carla (…)
¿Qué pasa que hoy no sonríes?
Todo y nada, contesta.

Hoy me desperté deprimida por esto de tener que vivir alegre. Alegre cueste lo que cueste y muchas veces sin motivos aparentes. Cargar con esa alegría inmensa que aveces pesa, pesa como una fresa inmensa y al final una se cansa.

Carla se agota y se agotan los empujoncitos placebos. Se le agota la química provocada, las sonrisas inventadas.

Carla. Carla. Carla (…)
¿Qué pasa que hoy no sonríes?
Estoy triste, contesta.

Caminar como si todos los caminos fuesen de ella, todos. Los que descartó, los que caminó, hacia donde va y hacia donde no piensa ir. Pero hoy pasa, hoy me desperté y me di cuenta que estaba deprimida por eso de tener que vivir siempre alegre por dentro cuando lo de afuera … lo de afuera aplasta.


Luciana Salvador Serradell

Cuando Eugenia decidió dejarlo

Erik Johansson
No todo es lo que aparenta ser, le dijo Eugenia antes de abrir la ventana y sacudir las almohadas. Ni el amor es costumbre, ni un pez pescado. 

Luciana Salvador Serradell

Cosas de hermanas entendió Florencia


Sally Mann
Vení que nos vamos (...)

Vamos a montarnos en un elefante blanco y vamos a buscar noches más largas y ventanas más grandes. Un vestido azul marino y sandalias con tacón. Vamos a robarle a este domingo de primavera y otoño todas las flores de los jardines en los que nunca vamos a entrar, y también los jabones de los baños que alguien se dedicó a decorar.

Vamos a tomarnos un copa de vino frío y si el tiempo nos da más, tal vez otras dos a orillas del lugar donde cae el arco iris cuando para de llover, cuando hayamos viajado a Trelew, cuando le hayamos dado azúcar y miel al ego puñetero que nos pone el alma gris.

Cuando hayamos caminado por San Fernando y Santiago, por Lima, por Madrid y por Paris.

Vamos a cortar las cuerdas del teléfono, de las guitarras y de las arpas, a los violines y todas las liras que mastican el silencio inmenso que hay detrás de los pensamientos pequeños que no logran salir. Vamos a prenderle fuego a esa barrera que nos sienta con la cabeza hundida pensando que todo lo que tengo es todo lo que hay.

Vamos a saltar alto y fuerte sobre el colchón que guarda los recuerdos que nos ponen a dormir. Alto y fuerte hasta desabrochar las costuras, todas las costuras y reventar el colchón, desatar los recuerdos del desamor para pedirle al día, a todo el día de hoy algo más.

Vamos a hacernos grandes en el espejo, vamos a atarnos las trenzas con los hilos de las cortinas y vamos a desprendernos de los complejos que nos tienen puertas adentro.

Y vamos a ser malas, le dijo Luciana a su hermana.

Vamos a ser malas y nos vamos a portar mal porque las mujeres de verdad, las mujeres de verdad Florencia no van al cielo; así que deja de hacer todo lo que venís haciendo y vamos a montarnos en un elefante blanco.

Yo adelante que soy la más grande y vos atrás que sos la menor, y vamos a buscar noches más largas a otro lugar y ventanas más grandes a orillas del sur lejos del miedo y las cosas deshilachadas que no dejan entrar la luz.

Vamos.

Vamos a mojarnos los pies y todo lo que hay encima, con los ojos abiertos y la boca también.

Luciana Salvador Serradell

Lo que Sofía esconde debajo de la sonrisa

Natalie Dybisz
Sofía despierta con el pelo enredado y la boca cerrada. Despierta de a poco, despierta sin querer despertar escuchando sólo el negro de los colores del día que no deja entrar.

Es un viernes más, se escucha en el fondo de la almohada y una máscara con sonrisa espera sobre el libro de misa y la mesita de noche. Son casi las siete dice el despertador.

Otro viernes desorganizado por caducar.

Otro día en el que Sofía no deja entrar a nadie y tampoco se va a ningún lugar. Otro instante que se pierde en el  refugio absurdo que le ha montado a sus ganas minadas que nadie puede ver. Esas que dicen que van del revés y le averían los cariños que le caminan por debajo de la razón, de la sonrisa, de la blusa y adentro del corazón.

Otro momento de Sofía que se escapa. Que se pierde en el retiro sin matices en el que esconde la cabeza para que no le de el aire, sin luces fluorescentes ni brillantes. Sin salir de abajo de las sábanas, sin pájaros en la cabeza y mariposas en el estómago (...)  y todo por culpa de ese miedo de aparecer de la nada y querer como el corazón le manda para inflarse los deseos con lo que se le dé la gana. 

Maldito pánico (...) Ese pavor que le genera abandonar su altar y cambiar el corazón de sitio.

Sentir lo que me nace sentir, se escucha de nuevo en el fondo de la almohada y este viernes común de repente y de golpe se vuelve más real y menos triste.

Luciana Salvador Serradell

Los ojitos color café que Sofía tanto quiere

Rodney Smith
Tus ojitos color marrón café me llenan de cafeína la razón, le dijo Sofía con el corazón. Con el corazón y la razón, midiendo las palabras para que no se queden cortas. 

Cortísimas. 


Para que no se le achiquen las ganas que tiene de quererlo. Quererlo y tenerlo. De aspirarle sus besos. Todos. De desearle. Venerarlo, adorarlo, estimarlo, prendarse, ansiarlo, anhelarlo, pretenderlo. 


Enamorarse. Enamorarlo. De que se le meta bien dentro. Adentro de la cabeza. Adentro del corazón. 


Luciana Salvador Serradell 


Lo que Emilia hizo cuando quizo

Natalie Dybisz
Emilia decidió que ya era tiempo y pensó en pensarlo una última vez.

Luciana Salvador Serradell






La suerte fortuita de Victoria

Imogen Cunningham
Te invito un segundo al cariño inmenso que te tuve, a este que aveces y si quiero puedo sentir por debajo de las uñas de las manos y que todavía me hace transpirar. Un segundo y nada más para que te des cuenta que te perdiste lo mejor de la mejor, le dijo Victoria a los ojos. Al final él se arrepintió de lo que se perdió ¿Y ella? Se salvó de un gil.

Luciana Salvador Serradell

El fin del ocaso de Natalia

Cindy Sherman
Dame una cuchara grande para revolver este temblor ambulante que tengo cuando dejo de escuchar lo que tengo que decir, le exigió Natalia en la cocina aquella mañana.

Luciana Salvador Serradell

La primavera tardía de Rosa

Cindy Sherman
Un día de primavera Rosa se despertó con el corazón frío como si el invierno no se hubiese ido. Incluso cuando los deseos los tenía por los cielos, a las ganas todavía las tenía atrapadas en guantes de lana. 

Luciana Salvador Serradell




Cuanta melancolía que reina hoy en día, Clara

Mona Kuhn
Clara era la clásica estampa de la contrariedad y aunque era viernes y el segundo día de la primavera, sentía una alteración melancólica en su declaración de principios.

Pobre Clara. ¡Pobre!

Hoy no existe pero tampoco se deja espacio para librar su batalla. Esa que se disputa entre lo que Clara siente y lo que Clara sabe.

Luciana Salvador Serradell
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...