La infección

 

Bienvenidos a la tierra de la maravilla artificial. La exclamación más sincera entre la hipocresía cotidiana, la exaltación justa al estimulo generado porque no siempre el impulso interno desarrolla la motivación necesaria para creer. Las ganas arrebatadas en una pelota que salta y explota. Fue la explosión al compromiso interno de creer en lo único que era cierto. Igual el engendro persiste y atrapa hasta al más erudito que se pintó de color verde la frente. No hay sonidos sinceros, no sale nada de adentro hacia fuera sino que todo viene de afuera y genera lo que hay adentro. Lo interno es producto del contacto externo.
Ni los guantes más calidos de algodón te preservan de la infección mortal que corrompe lo puro. Hasta el primer llanto era todo ideal en una burbuja adentro de otra más grande. Y plop. Explotó y la infección comenzó.

La locura

¿Qué excusa se inventa ahora la vida para no darle lo que necesita? La necesidad mental y el desgarro físico perturban a quien no duerme en paz. No descansa y los nervios se derriten por los músculos de su cuerpo. No hay aire que le alcance para poder respirar en paz. La vida lo tiene atado, destrozado.

Sin embargo se encamina cada día por las mismas calles, y hace las cosas supuestas de los buenos hombres. Su mente se desequilibra y sus ojos mienten al aparentar cordura. Algo lo está consumiendo por dentro. El espacio vacío que la vida le deja lo está llenando con locura. Y así, un día, esa necesidad mental hará un desgarro final para que vuelva la paz.



Luciana Salvador

Pensamientos de junio

Quién no quiere esconderse detrás de esa sombra que se asoma. En un par de crepúsculos estaré nuevamente vendiendo mi alma al diablo para que no duela. El precio será pactado y no habrá duelo. Detrás de la pared dejo el resto. Hay un muro tan grande entre la felicidad y mis estados. Quisiera detener el tiempo, pulirlo. Limpiarlo y descontaminarlo y en papel manteca leer lo que viene después de la última noche.

Y en la misma posición fetal empiezo a arrancarme a arañazos la piel que me vistió la última noche. Solo duele ese momento del desgarro de los recuerdos, el resto es un ánimo tibio que me atasca la sangre. Y dejo de sentir. Y dejo de medir. En posición fetal deshago los enredos mentales que me ataban a todo lo que era eterno y duraba un día. A estas alturas no quiero la suave brisa de la imposibilidad asumida. Me escapo de todas las vidas que tuve hasta ahora, en ninguna estuvo mi lugar. Y el estrés me perturba. Nuevamente la huida forzosa de algo que no lo siento mío. Y en esa misma posición fetal trazo los pasos de un camino nuevo. Volver a nacer después de todo, como el sol que salió a las cinco y el agua que hierve al fuego. Todo se mueve, se eleva en una pompa de gas y se explota. Dura una milésima de segundo en cada porvenir. Y se entierra lo que fue en una fosa de barro fértil. Sé que siempre crece una flor lavanda.



Luciana Salvador

Plastilina moldeable

Y, ¿sí de verdad somos plastilina moldeable? No quiero ser el único caso de análisis psiquiátrico dentro de mi grupo de egresados de Ciencias Políticas; espero que algún otro, de los que ya no se nada de sus vidas, haya llegado también por diferente camino a la misma idea.

La verdad es que últimamente todo se remite en mí al recurrente hecho de salir voluntariamente de los parámetros prefijados por la sociedad. Gráficamente sería desdibujar la frontera de lo que es normal y anormal o atípico, pero de manera voluntaria. Como algo que se desprende de mi esencia misma, “porque tenía que ser así y no de diferente manera”, explicaría al que me pregunte.

De todas maneras, soy conciente que vivo dentro de un sistema marginado por una sociedad que, además carga con el legado de la humanidad. Y de ahí la necesidad inmensa de no poder salirse donde todo es tan fugaz: un precio marcado por el mercado y el capitalismo te termina vistiendo; te da de comer su comida sana y te enseña la comodidad que te es ajena hasta que te la muestran y se apropia de todas tus necesidades.

Y eso de la plastilina moldeable es porque jamás vamos a ser propios. Vengo de un país que toca tangos grises y vota al peronismo, ahora vivo en una de las ciudades más cosmopolitas de Europa. Acá o allá es lo mismo, acá un poco más tranquilo.

Acaso existe un lugar donde cada quien es quien realmente tiene que ser, sin influencias exteriores de medios de comunicación, propaganda e iconos socioculturales. No hay nadie que no sea reflejo de la sociedad en la que vive y somos todo el producto de un mundo prediseñado por movimientos culturales. Y ¿qué es la cultura? Algo que te imponen desde afuera. La cultura de las goteras donde cada quien se tiene que moldear como plastilina para estar a tono con el sistema.

Me da tristeza no encontrar esa tierra de total libertad. No se si no existe, pero todavía tengo tiempo para seguir buscando.



Luciana Salvador

Esos momentos felices

Aunque tenía cinco kilos de más las curvas de su cuerpo la tentaban para que se las manoseara. Quería ir siempre ahí abajo. Estaba obsesionada con tocarse al menos unas 20 veces al día. Lo pensaba y tenía que ir obligada a un lugar vacío a tocarse. Empezaba por las manos. Las acariciaba suave hasta compenetrarse solo en la mano acariciada, la que acariciaba solo servía para eso, para tocarse. Pero la que sentía era la otra. Después subía por los brazos y se iba alternando. Los hombros, y bajaba a sus pechos. Sentía siempre la necesidad de sacarse el corpiño para poder tenerlos por completo en sus manos. Bajaba por el estomago y ya iba sintiendo ganas de ir ahí abajo.

Estaba obsesionada con su pubis. Una manera desquiciante. Todo remitía durante el día a ese hecho. Todo era por eso: tocarse. Una película, un libro, una foto, una idea o cualquier persona.

Tocarse se había transformado en el premio constante a su buena voluntad de mujer soltera. Tenía ganas de mil cosas grupales pero solamente se arremetía a los derechos que le otorgaba a sus dos manos. Era ambidiestra y se tocaba tanto con la derecha como con la izquierda.

Sus 5 kilos de más se transfiguraban en su cabeza a una figura porno que se descoloca la cintura frente a las cámaras. Cerraba los ojos y mordía sus labios. La respiración se le aceleraba y los movimientos del pecho eran cada vez más rápidos. Su mano tenía un movimiento constante y por momentos tan suaves que parecía terminado el acelere. Después volvía al ritmo constante y había alcanzado ese estado levitativo y de sintonía perfecto con el resto de la natura por 2 minutos y 37 segundos.

Cuando había terminado, se componía y traía la cabeza de nuevo al lugar donde se desplomaba. Se acomodaba la ropa y subía las bragas. Había veces que tenía que detenerse un rato a descansar porque sentía calambres en las piernas de tanto abrirlas. Se chupaba los dedos porque le gustaba su olor. Y salía de nuevo al escritorio, al lado de los otros escritorios donde están sus compañeros de trabajo, mucho más feliz que el resto.


Luciana Salvador

La tertulia de Benicio y los insectos

Después de dormir 8 horas seguidas como todos los días se despertó cansado. El reloj pegó su rutinario grito a las 6:35 dejando exactos cinco minutos para calentar el agua para el café. Diez para una ducha y cinco para vestirse. Hacia las siete pasaba el colectivo que lo llevaba, religiosamente, de lunes a viernes si es que no había cortes de ruta, al centro. Mas precisamente a la parada de la 9 de Julio, frente al monumento del Quijote.

Benicio tenía el mismo nombre que su padre, jubilado del ministerio de economía. Y de su abuelo, aunque a ese lo habían conocido más por “Don”. Para el caso, este Benicio, el del 2007, vivía en un departamento de dos ambientes. Tenía una novia que no quería todavía que se mudase a su cama, y cargaba con el peculiar hábito de coleccionar insectos. De todos los tipos.

Benicio hubiese preferido ser biólogo o veterinario, pero eligió la carrera de contador. A sus 37, todavía seguía con la duda que acarreaba desde los 18 en cuanto a si había elegido bien su profesión. Quizás por esta cuestión se permitía algunas extravagancias muy raras y que intenta ocultar frente a sus amigos: una terrible pasión por las hormigas, cucarachas, ácaros, termitas y polillas.

Benicio no solo admiraba esos insectos, sino que empezó a rendirles cierto culto autoinventado. Su departamento era, aunque limpio, una cuna de cucarachas. Y de todos los modelos incluyendo las voladoras. Si aparecía una caminado por la mesa, el se detenía a observarla. Lo obsesionante es que se podía quedar horas y además tomaba apuntes.

Su hobbie ciertamente no cuadraba mucho en la fotografía que se había colgado en una de las paredes de su oficina. Quizas para terminar de convenserse que esta tenía que ser tu vida y no la otra que no eligió. En el retrato estaba Benicio padre con Benicio hijo abrazados, con título en mano. Todavía podía sentir las palmadas de aprobación de su padre y el rechazo que simultáneamente le causa su vida de contador público.

A las 12:55 acomodaba su escritorio y salía a una de las plazas chicas que hay por el centro cerca de la 9 de Julio. Habitualmente almorzaba un sándwich de jamón cocido y queso y ensalada de fruta. Se recostaba una media hora a descansar sobre algún banco o sobre el mismo césped.

Ese día en particular Benicio se sentía raro. Un leve mal estar en la boca del estomago no lo dejaba tranquilo, y ciertas molestias en los músculos del cuello le generaban dolor de cabeza. Decidió mejor dedicar la hora entera del almuerzo a dormir. Camino hasta la plaza y se recostó sobre la gramilla. Estaba a punto de entrar en el trance previo al sueño cuando sintió que una hormiga le subía por uno de los dedos de su mano derecha. No se movió. Prefirió mantenerse inmóvil y dejar que el insecto siguiese su camino sin obstáculos.

Dedo índice, palma de mano derecha, muñeca y después de subir por el brazo y debajo de la camisa, llegó al pecho. Benicio permanecía paralizado ante la sensación del insecto acariciando su cuerpo, se sentía atrapado por los pies marcando un ritmo ágil y rápido sobre su piel.

Benicio mantenía los ojos cerrados cuando la hormiga se frenó. Benicio espero unos segundos para ver si la volvía a sentir. Para cuando llevaba un minuto el bicho empezó a moverse de nuevo. Benicio se sumergió nuevamente en las sensaciones que le venía generaba el insecto. Habían pasado otros 2 minutos cuando la hormiga se detuvo y picó a Benicio. Esa tarde Benicio no volvió a la oficina.

Por la noche la policía notifico al juzgado correspondiente el hallazgo del cuerpo sin vida, en una plaza porteña, de un individuo de alrededor 35 años, indocumentado y bien vestido. La autopsia notificó unos días más tardes que Benicio murió por alergia.

Definitivamente, Benicio era alérgico a las hormigas.



Luciana Salvador

Personalidades egoístas

Asumamos que la frialdad tiene un límite. Que hay supuestos que suponen afecto sin demostrarlo, y otros que conviven con esos supuestos suponiendo un supuesto afecto que no es demostrado.
Supongamos que tantos supuestos tienen un límite que alguien impone porque no aguanta tanto supuesto afecto no demostrado.
Llega un punto donde el cariño se necesita, en el supuesto caso de tener qeu pedir un beso como favor ajeno. Cuando se llega a ese punto tantos supuestos son excusas de una personalidad egoista.



Luciana Salvador

Cuando te conozca

Vamos a ir a lugares que tengo planeados de antes de conocerte. Me voy a vestir para vos y dirás que soy la mujer más linda que conociste; me tomaras de la mano izquierda porque sabes que me podría ir en cualquier momento, y caminaríamos por la Gran Avenida hasta una esquina. Yo me voy a sentir segura y vos el más afortunado.


Luciana Salvador

La excusa

La excusa olvidada la despertó anoche tras una sacudida de tensión que no la dejó volver a dormir. Acurrúcate en tu cama porque te duele haberte olvidado quien sos, le decía la excusa desde adentro de la cabeza.

Era la excusa por la cual no creía en el Papa, no quería ser esposa ni cocinera de almuerzos y cenas. Ni ama de casa. Que la mantenía alejada de la idea del supermercado a la cocina; en reserva de las acotadas libertades y de las explicaciones y los pretextos. Era la excusa que la hacía ser ella y no otra.

Ella después de darse cuenta estaba enfada consigo mismo. Atormentada. Arruinada. Sin tiempo y con todo el silencio de una noche gritándole en los tímpanos: movete, movete, movete… que no te atrape.

El despertador sonó a las 8:40, ella llevaba un rato esperando la mañana. La excusa se había relajado pero seguía adentro.

Ese día no cocinó, pensó en su excusa y se puso a planearla.



Luciana Salvador

Carta a un ex

Carta a un ex

Hola, a veces creo que le das muchas vueltas a lo que tuvimos y no las tiene. Por lo menos no para mí, igual me entretiene leerte. Cada quien hace de lo vivido lo que quiere, esperanza o experiencia. Cada cual elige.

Me gusto esa parte de tu mail donde pones “tu ser tan propio”. ¿Así me veías?. Pareciera ser que en Buenos Aires lo que más tenía era individualidad. “Yo contra el mundo” y “el mundo contra mí”. Y no sé si era tan así. Elegía lo que quería y dejaba lo que no, pero no sabría todavía como definir esa etapa de mi vida.

Ahora las cosas cambiaron. El mundo se me agrandó y lo siento mío por momentos y otras muchas veces ajeno. Y claro está que soy una extraña (me pregunto si todavía mantengo ese individualismo mío).

Josefina Bonaparte

Zapatillas desatadas


Tenía esa idea loca de salir corriendo de su casa con las zapatillas desatadas. Nunca entendí muy bien porque lo hacía si sabía que en algún momento se iba a tropezar.
Se tropezaba siempre. Llegaba a apoyar las manos primero pero igual se lastimaba las rodillas. Cuando llegaba el verano y usaba pantalones bermudas, tenía las rodillas lastimadas. Nunca cicatrizaban porque volvía a lastimarse antes.
Supusimos que la manía se le iba a ir de grande. Para los 32 seguía usando las zapatillas desatadas, a los 47 también. Después no supe más nada de él.
Hoy me enteré que la semana pasada se volvió a tropezar. Salió en la primera plana de un diario de Londres. “Hombre cae al Thames, aún lo están buscando”. Hablé con un amigo que estaba con él cuando cayó, me dijo que llevaba puestas sandalias.

Cuando Marito se hizo mujer

Marito Rubén tenía 45 años, separado y padre de dos niños, cuando decidió hacerse mujer. A finales de los ´70 conoció a Claudia en la universidad, se pusieron de novio y 5 años más tarde se casaron en Luján. Primero nació Pablo y dos años después Manuel por cesárea.
Trabajó hasta la crisis del 2000 en una de las oficinas que tiene el Tesoro Nacional en la calle Maipú. Estuvo desocupado casi un año hasta que entró en una inmobiliaria como encargado contable. En ese período de seis años se separó de Claudia, dejó la casa que compartían en Velez Sarfield y se alquiló un monoambiente en pleno centro porteño, a unas siete cuadras de la oficina.
En la inmobiliaria conoció a Esteban, 24 años más joven y con una tendencia homosexual definida a los 13, cuando tuvo su primera relación sexual con el portero del colegio.
Esteban era oriundo de La Rioja, y había cambiado la provincia por la capital para poder ser sin prejuicios. Primero trabajó en Mac Donalds, estuvo conviviendo con Rodrigo casi dos años y ahora vivía solo, en Belgrano.
Marito no es que había tenido sus dudas, pero fue Claudia quien sin dudas le hizo dudar de sus preferencias sexuales (fue la conclusión del terapista 10 años después). Cuando se casó, Claudia tenía una figura cuyo contorno dibujaba 50 kilos de mujer agraciada. Después del segundo embarazo había engordado exactamente 32 kilos. Intentó bajarlos. El tema para Marito no eran esos kilos de más, sino el desgano que Claudia tenía para con ella, que le había cambiado hasta el humor.
Claudia podía estar 5 días sin bañarse, una semana con la misma ropa interior. Se depilaba las piernas cuando su hermana Inés venía a visitarla, y la obligaba. Tenía el pelo descuidado, no solo desteñido sino con caspa; y Marito creyó ver una vez piojos caminando en la cabeza de su esposa. Prefirió no comentarle nada porque así era la relación, Marito era el sumiso y Claudia la del temperamento fuerte.
Claudia no trabajaba. En realidad nunca trabajó. Se recibió junto con Marito de contadora en la Universidad de La Plata, pero se dedicó a los quehaceres domésticos. Después a sus hijos y ahora a nada. Ni siquiera limpiaba la casa, Marito tuvo que contratar a Estela para que vaya tres veces por semana: los lunes, miércoles y viernes a limpiarla, cocinar y uno de esos días solamente planchaba.
Había sido Claudia quien sacó a patadas a Marito de la casa cuando tuvo uno de esos ataques de mal genio. Pensó que este iba a volver arrastrado como siempre, pero se fue a la casa de un amigo, y no volvió más.
Cuando Esteban invitó a Marito a cenar no habían intenciones de por medio, fue la típica reunión entre dos compañeros de trabajo. El tema fue que esto se hizo continuo y a Marito verdaderamente le gustaba la manera que tenía Esteban de agasajarlo. No estaba acostumbrado a tal buen trato, que bien Marito sabía era delicadeza femenina pero en envase masculino.
Creo que Marito quedó atrapado sin darse cuenta. Todos los lunes cenaban en lo de Esteban, los miércoles iban al cine porque la entrada estaba a mitad de precio, los jueves a clases de salsa en San Telmo, y los viernes Esteban cenaba en el piso de Marito y si se hacía tarde dormía en el sofá.
Cuando Marito se compró un auto nuevo, se fue de viaje con Esteban a Misiones. Marito manejaba, Esteban le cebaba mate y le daba conversación para que no se quede dormido. Primero Misiones, después viajaron a Bariloche, Córdoba, La Puna y el verano pasado se fueron a Cancún con un viaje que se había ganado Esteban en la fiesta de fin de año de la empresa.
Esteban ejercía en la vida de Marito el papel clásico de una mujer enamorada. No se si Esteban lo estaba pero daba esa sensación. Fue recién al año que Marito comenzó terapia recomendado por Irene, la hermana de Claudia con quien mantenía un estrecho contacto. Después de unas 20 horas de terapia Marito se dio cuenta que quería depilarse las piernas y axilas, maquillarse la barba, dejarse el cabello hasta la altura de los hombros, ponerse falda y ser mujer.
Tanto Esteban como Inés lo acompañaron en el cambio. No fue brusco sino que duró unos dos años hasta que Marito dejó de ser Marito y pasó a llamarse Marita. Pablo y Manuel empezaron también a hacer terapia y ninguno de los dos todavía acepta ver a su padre con falda y maquillaje. Esteban decidió volver a La Rioja y montó un restaurante que fue catalogado la semana pasada por el diario Clarín, como uno de los más elegantes de esa provincia. Vive en pareja con Marcelo. Claudia, después de enterarse que Marito se había hecho mujer, entró en una profunda depresión y perdió 40 kilos. Se recuperó y ahora va al gimnasio tres veces por semana y a la peluquería todos los sábados por la tarde. También toma clases de pintura y se depila cada 20 días las piernas, axilas y el cavado.
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