El laberinto de Eva

Eva vive al final de un laberinto maldito color pastel que la mantiene apartada de todo lo que duele, de ella, de quererse tanto. Del grito, del llanto, del aire y la lluvia en los ojos. De los rasguños. También del aire, los suspiros y sobre todo, de su curiosidad. La curiosidad de Eva que es inmensamente grande, que la estampa contra esas paredes pastelosas cuando se descuida, que le provoca taparse la cara cuando llora. Esa misma curiosidad que siempre la contradijo, que la desequilibra desde el bautizo. Que la hace feliz y después infeliz. Que la condena y a la vez, es lo único que la libera. Es que a Eva le duele su curiosidad desde que se escapó de esa rutina forzada y tropezó con el viento. Le secó las lágrimas y le gustó. Le gustó saberse lejos de su laberinto. Se encontró con la libertad de cara, ese simple y complicado poder elegir. Reemplazó la lista de las compras por el de las oportunidades y descartó las posibilidades que le sobran. Por eso la obligaron a levantar ese laberinto color pastel, justo delante de su casa para que la curiosidad no se la vuelva a llevar a donde nadie ha ido jamás. Una pared alta para que no no vea más allá de sus narices, que se conforme con lo que es. Con lo que se supone que todas las Evas tienen que hacer cuando dejan de ser niñas, pero sobre todo ella. Esta Eva a la que se le inventó un paraíso a medida detrás de un laberinto maldito, con cocina moderna y despertador con radio. Con reglas aceptadas, paseos al supermercado y un vestido nuevo cada aniversario para que se olvide de todo. Mientras tanto los años pasan y Eva vive infelizmente feliz una falsa ilusión forzada en un paraíso con Evas sin curiosidad, con besos que recoge de un huerto que no es el suyo. Y carga el cuerpo de una mujer con vestido nuevo cada año y de qué le sirve. No le sirve de nada.

Los problemas de Julieta



Julieta no quiere a nadie más que a él. Y lo quiere tanto que podría llenar el camino de gotitas de amor hasta rodear el infinito punto rojo con un lazo que lleve su nombre bordado en rojo carmesí. En un rojo carmesí que Julieta misma pinta cada día cuando le dice al oído, te amo. Un te amo que el jamás escucha o escuchará. Un sonido que no le es permitido porque para él, Julieta es un imposible tan real como la necesidad de tomar agua cuando tiene sed. Como la espuma que hace la ola cuando choca contra la piedra. Choca, explota y dejá allí su final. Julieta es su principio y su fin. Su día y su noche. Se le metió en el cuerpo un día, le entró por los ojos y le perforó las entrañas el mismo día en que Julieta se enamoró de él adentro de esa habitación. La puerta se abrió pero él jamás pudo dejarla ir y eso que lo intentó. Julieta es un olor que ya no recuerda, es un trozo de dolor con el viaja. Julieta es la forma de su día, las ganas que se inventa, su primer pensamiento y el último antes de dormir. Es su deseo, es la razón por la cual el cielo se vuelve naranja. Es el ruido en su silencio. Es la risa que no escucha, los labios con los que sueña. Julieta es su ilusión más grande, lo que más quiso y lo que más quiere. Y para Julieta, él es su desesperanza más real. Tan real como el abismo que le generan los besos que no puede darle. Y el silencio que habita cuando le dice te amo al oído y él no está para escucharla. El precipicio con el que chocan sus recuerdos, el aire que toman sus pulmones. Su cielo, su sol, su tierra y su mar. Es el grito después de su silencio. Es lo que más quiere, lo que siempre querrá. Y ahí radica el problema de Julieta, un problema personal que no se puede tratar: no quiere a nadie más que a él porque su amor es tan ideal que nunca se acabará, pero él ya no está. Se fue. Por eso Julieta paga caro el peaje que le pone el infinito cada día. Sobre todo cuando viaja a decirle al oído que lo ama y nunca nadie la espera.



Carolina se pierde

El amor para Carolina es como cuando se cae una gota de Mojito en el pantalón recién puesto y da lo mismo. Carolina está más allá de la media que media borracha, y ya no le importa si es ron o agua. Si es tarde o temprano, si está sensata o con la cabeza perdida. Si tiene veintitrés o más de cuarenta y cuatro. Con quién durmió anoche y con quién se acostará hoy, si sube o baja. A Carolina le da lo mismo lo cae en su pantalón porque en la barra del bar donde siempre se sienta, el amor se confunde cuando hay alcohol y tabaco. Cuando el cuerpo se le pone flojo y las lástimas se le resbalan por los hombros y caen al suelo. Alguien siempre se las pisa. Es que de un tiempo aquí Carolina se enamora fácil y su amor tiene siempre el mismo sabor. Sabor a ron, azúcar, lima y menta.

El collar de perlas

Empezó por el cuello. Arrancó las perlas de señora, las mismas que llevaba en la última foto, la del portarretrato en la entrada. Se vio vieja. El collar que le había regalado la hacía anticuada. Las perlitas cayeron al piso, algunas fueron abajo de la cama pero no las recogió. Esta vez no. Después se desnudó frente al espejo, si hubiese podido hasta la misma piel se hubiese arrancado. Descuajado aquella señora de esta mujer, la que ahora se sincera con sus errores. La que aprendió. La que se animó. La que tardó treinta años en tomar fuerza para poder un día romper el collar de perlas que su esposo le había atado al cuello cuando apenas tenía 24.

Carmen se oxida

Carmen llenó su locura de oxido. Se arruga frente al espejo como una pasa de uva desde que él le robó la luz de su habitación. Por amor se volvió loca, él la volvió loca. Carmen se encierra en si misma y llora a oscuras desde hace más de quince años. Tiembla y enciende un cigarrillo. Traga el humo y se encapricha con la ilusión que le fue robada, se emociona con el tiempo que perdió y grita. Grita en la cuarta planta de un piso del Eixample. Escupe su cuerpo todos los estados de ánimos a la vez y llora sin contención. Llora de día y de noche y lo hace siempre sola. Se vuelve a encerrar en el baño y llora en voz alta, lo hace cada vez que recuerda el daño que él le provocó y que nadie puede ver, que nadie debe escuchar. Lo hace unas veinte veces al día y es que de tanto llorar al final Carmen se ha puesto más vieja que loca. La cabeza la tiene blanca y tiñe de castaño, tiene manchas en las manos y la forma de los labios le ha cambiado. Nunca más dejó entrar la luz y se ha oxidado de tanto llorar. Se ha vuelto un animal nocturno, uno de esos que va magullado por la calle con contusiones internas y sin heridas a la visa. Carmen dobla en Balmes y camina por Aragón mirando las figuras en las baldosas. Hoy viste un vestido negro, tiene diez kilos menos y como es costumbre ha salido de noche. Siempre con miedo a las casualidades, a la casualidad de doblar en una esquina y encontrarse con él, reconocerlo al instante y que él no la recuerde. Que no sepa quién es ella. Que no sepa quién fue Carmen.

Soledad se pintó las heridas de verde

Dos cosas le reprochaba, su maquillaje de puta y la manera en que gastaba su vida pero estaba equivocado. Siempre lo estuvo por eso ella tuvo que corregirlo. Soledad no se maquilla, se dibuja sonrisas en la cara con Revlon y no se gasta la vida, sale de su casa en la Av. Callao al 1500 a pasearse las desilusiones. Igual que la que pasea sus los hijos en la plaza Las Heras. Hijos que él no supo darle, que no podrá jamás darle. En la calle, Soledad se despeja la cólera y también la rabia. Durante un par de horas él desaparece y cuando no logra hacerlo desaparecer, saca de su bolso unas pastillas azules y se las traga sin agua. Es que Soledad sufre de los nervios desde el día que se enteró que él mete su virilidad en la puerta de otro hogar, en el barrio de Belgrano. Que se lo entrega a otra que no se llama como ella, que tampoco sufre de tristeza y que tiene dos hijos. Por eso tuvo que corregirlo, por ella, por los hijos que le prometió y por su soledad. Sobre todo por ella. Ella misma. Y lo hizo con lo que él más le reprochaba, con maquillaje, como ella sabía hacerlo. Entonces una tarde mientras dormía le dibujó la misma sonrisa que ella se venía pintando para disimular, pero no usó Revlon lo hizo con una pintura verde. Pigmento Paris Green, confirmó el toxicólogo en el informe policial que indicaba el hallazgo de un cuerpo sin vida en un duplex en Belgrano. Cuando se le comunicó a la viuda, ésta se desplomó. ¿Arsénico?, preguntó. Sí señora pero tranquila, tenemos a la asesina. No se si sabía usted que su marido tenía una amante, fue ella la que lo mató. Suponemos que lo hizo cuando se enteró que iba a dejarla, en un ataque de cólera se vengó con arsénico. No, no sabía que me engañaba. Nunca lo hubiese imaginado.

Ángel de la guarda


Qué demonios haces que me deshaces,
no te encuentro y te veo en todas partes,
sin decirme nada, sin decir por qué.
Caminando con mis pies, respirando en mi nariz,
mirándome a los ojos, besándome la boca.
En esquinas que no vi y en el cielo que perdí,
sin decirme nada, sin decir por qué.

Qué demonios haces que me deshaces,
si eras mi ángel de la guarda.
Y yo aquí anestesiada,
en este infierno que me aguarda.
Sin recordar si te odiaba o te quería,
si soltaste o me solté.
Eras mi cuerpo, mi brújula, mi tiempo,
los ojos en mi cara y la voz de mi garganta.
Eras mi fuego, mi silencio,
la razón con que pensaba,
mi ángel de la guarda.

No te encuentro y te veo en todas partes,
sin decirme nada, sin decir por qué,
si me dejaste caer o te abandoné.
Y yo aquí tocando fondo,
gastándome la vida,
consumiéndome las ganas.
Condensando los recuerdos
para que el fuego no los queme,
hasta que vuelvas a quererme.
Eras mi energía, mi refugio,
la paz en mi conciencia, mi locura de ultratumba,
el aire de mis sueños, el corazón en este cuerpo,
eras mi ángel de la guarda.


Qué demonios haces que me deshaces,
si eras mi cuerpo, mi brújula, mi tiempo,
los ojos en mi cara y la voz de mi garganta.
Eras mi fuego, mi silencio, la razón con que pensaba,
mi energía, mi refugio,
la paz en mi conciencia, mi locura de ultratumba,
el aire de mis sueños, el corazón en este cuerpo.
Si eras mi ángel de la guarda,
por qué soltaste y me dejaste caer sin decirme nada,
sin decir por qué.

Beatriz juega a ser feliz

Beatriz simula cuando las persianas se suben y las cortinas se abren que es la señora de una familia feliz, la esposa de él y la amiga íntima de su compañera de la escuela. Engaña a la verdulera cuando compra zanahorias y limones, finge en la peluquería y falsea la risa en la fila del banco. Beatriz practica ser Beatriz frente al espejo mientras se pone base y maquilla los labios. Imita a la Beatriz que él quiere que ella sea, y lo hace bien por fuerza de golpes. Disimula en la consulta del dentista y encubre esa mancha violácea que lleva en el brazo derecho desde el lunes por la noche. Beatriz representa a otras Beatrices que se pasean por las calles con una sonrisa falsa. Beatriz se disfraza de Beatriz cada mañana, desfigura su realidad frente al espejo con una prenda alegre y una flor en el peinado. Beatriz es una mujer guapa, también cuando llora. Copia las recetes que pasan en la televisión y se ilusiona con el sabor de una cena en otra casa, con otro esposo y lejos de las persianas que se bajan cuando él llega. Beatriz reproduce todas las tardes una vida paralela mientras lee su novela, idea historietas con ventanas abiertas también de noche. Beatriz imagina como sería sacar de adentro a la verdadera Beatriz, a la que tiene miedo de salir cuando las cortinas se cierran, cuando él llega, cuando él le grita, cuando ella esquiva el primer golpe, cuando sale corriendo a la otra habitación, cuando intenta cerrar la puerta con llaves, cuando no puede y el entra, la tira al suelo y la patea hasta que pierde esa flor, la que por la mañana se había puesto en el peinado para desfigurar su realidad frente al espejo que él ahora le va a tirar encima mientras ella llora.Y aunque llore, Beatriz sigue siendo una mujer guapa.

Victoria se enamora del abismo II

Trocitos de mujer que que saltan desde la ventana de un edificio alto y Victoria toda rota cae al abismo. Y el abismo se enamora de ella hasta el infinito punto negro, y también punto rojo y más allá donde casi nadie llega. En lo inmenso, en lo insondable y hasta en lo incomprensible le promete cariño. Como un amor que le roza suave el cuello, le explota en la espina dorsal y la deja quebrada y feliz. Victoria también está exhausta y con sed. Y la mujer se deja caer al abismo. Se enrosca a una ilusión, se abraza a una esperanza, se entrega por primera vez y con los ojos abiertos al precipicio. A Victoria esta vez no le importa que se le aceleré el corazón, tampoco caer al abismo. Victoria se siente más viva que nunca. La profundidad se hace grande y la distancia con lo real cada vez más peligrosa. Ella deja de tener frío, de tener calor, de estar en otro lugar, de estar en otro tiempo y el abismo de tenerle miedo a tenerla y la sujeta fuerte. Victoria le da su cuerpo de mujer en trocitos y el abismo lo recoge con ternura. La recoge.

Victoria se enamora del abismo

Trocitos de mujer que alguien empuja desde la ventana de un edificio alto y Victoria toda rota cae al abismo, y el abismo se enamora de ella hasta el infinito punto negro, y también punto rojo y más allá donde casi nadie llega. En lo inmenso, en lo insondable y hasta en lo incomprensible le promete cariño. Como un amor que le roza suave el cuello, le explota en la espina dorsal y la deja quebrada y feliz. Victoria también está exhausta y con sed. Y la mujer se deja caer al abismo. Se enrosca a una ilusión, se abraza a una esperanza, se entrega por primera vez y con los ojos abiertos al precipicio. A Victoria esta vez no le importa que se le aceleré el corazón, tampoco caer al abismo. Victoria se siente más viva que nunca. La profundidad se hace grande y la distancia con lo real cada vez más peligrosa. Ella deja de tener frío, de tener calor, de estar en otro lugar, de estar en otro tiempo y el abismo de tenerle miedo a tenerla y la sujeta fuerte. Victoria le da su cuerpo de mujer en trocitos y el abismo lo recoge con ternura. La recoge.

Con síntesis de alcaloides

Hay dos tipos de sensaciones que se parecen, dijo el enfermero antes de ajustarla contra la cama. Ella no lo escuchaba y si se lo gritaba al oído, ni siquiera hubiese pestañeado. Incluso si la ajustaba hasta hacerle daño con el cinturón de fuerza, tampoco. No estaba allí, estaba lejos. Muy lejos. Se quedó parada en donde todo sucedió, atascada en el tiempo. Metida en un agujero negro, en uno de esos que te dejan después la mente en blanco. No reaccionó más y eso que hubiese podido evitar lo que vino después pero supongo que lo que sucedió te deja así, en estado de shock. Paralizada. La encontraron inmóvil al lado del cuerpo, parecía dormido y ella como sino lo hubiese matado. Lloraba. Lo quería tanto. Tanto, tanto, que cuando la engañó no es que le rompió el corazón sino que ella tapó la herida con el sentimiento que más se le parece al amor, con odio. Y el odio fue tan fuerte que ella lo confundió con amor y entonces cuando lo mató, sintió que lo hacía por amor. Ella lo mató por amor y la policía no se hubiese dado cuenta si no hubiese confesado. No había sangre, no había signos de asfixia, ni un golpe, ni corte. Tampoco envenenamiento. Jamás se hubiesen dado cuenta que fue ella, como tampoco el juez se dio cuenta que él la había matado primero, que le había roto el corazón y cómo se supone que puede una persona vivir con el corazón roto. No vive, se muere. Ella estaba sentada durante el juicio, estaba ahí pero en realidad estaba tan muerta como él. Incluso más muerta porque su muerte sí que había dolido, le dolió muchísimo porque estaba consciente. Y además fue lenta, lo que tarda un engaño en madurar. Y le dejó marcas, un cuerpo inerte que el juez no vio, como tampoco notaron el síntesis de alcaloides que ella usó. El psiquiatra forense dijo que fue un ataque de enajenación y en las noticias salió que la encerraron en un psiquiátrico en no se dónde. Es que al final todos confundieron todo, el amor con el odio y un corazón roto con locura, repitió el enfermero cuando terminó de ajustarla. Ningún loco en su sano juicio usa síntesis de alcaloides. No estás loca, estás dolida. 

En voz alta

Un lugar verde con tu voz diciendo mi nombre, diciendo mi nombre en voz alta. Sin susurrarlo, no más. Quiero que lo digas, que digas mi nombre en voz alta. Basta de pensarlo, de pensarme, quiero que lo digas, quiero que digas mi nombre. Quiero escuchar como suena en tu boca. Quiero ver como te brillan los ojos cuando me nombras. Cómo se mueve tu boca, cómo se mueven tus ojos cuando dices mi nombre, cómo se te acelera el pulso. Quiero saber qué se cuela por tu cabeza cuando los sacas de adentro. Y cuando lo dices, quiero saber hasta dónde se escucha. Quiero escucharte decir mi nombre en voz alta. Aunque sea una única vez, un único momento.

Linda, libre y loca


Hay una locura, una locura que anda suelta. Una locura como una paja mental que explota en colores diferentes cada vez que toca. Una sensación que termina en dos sensaciones y te deja exhausta, con la boca abierta y la lengua seca. Es como el viaje pendiente que se planea todas las noches, nunca llega pero te lleva. Siempre te lleva y dejas que te lleve lejos como cuando te ves al espejo con peinado nuevo. Como cuando pecas y se siente bien porque finalmente dejas que todo explote. Cuando se te mete canela por la nariz y el sabor te despierta. Ojala que un día te explote la vida. Te explote la sangre, te explote él. Explotes vos. Que explote la cama, las pautas marcadas, los contratos, las inhibiciones. Que peques más porque para mujeres, ni sumisa ni devota, te quiero libre, linda y loca.

Le quedó el cuerpo tajeado

Sucedió. Apareció, sonrió, conquistó, aprovechó, divirtió, tajeó y marchó. Y cuando marchó se lo llevó todo. Todo porque dejó un agujero tan hueco que ahora no se sabe con qué volver a llenar. Y eso que se lo advertí. Se lo dije al oído todas las noches antes de quedarse dormido. Cuidado. Cuidado porque no quería que le pasara a él. No a él. Nunca a él. Pero sucedió tan de prisa. Apareció, le sonrió, lo conquistó y se aprovechó de esa conquista. Tan maldito fue que se divirtió antes de tajear el cuerpo en dos, arrancarlo de adentro y marcharse. Le latía en la mano cuando se lo llevó. Latía fuerte. Para que robárselo así si estaba tan dispuesto a sumir. No lo apreció nunca, se lo dije. Y lo advertí millones de veces. Todas las veces cuando lo escuchaba adentro latir, cuando reía, cuando lloraba y también cuando me sentaba a ordenarlo todo. Cuidado a quién te das. Mucho cuidado. Y me lo robaron. Me lo arrancaron de cuajo en mis narices. Se lo llevaron y vi como se lo llevaban y tonta yo que preferí que fuese así a nada. Y ahora tengo un agujero tan hueco que no late y no se con qué volver a llenar, esta vez no alcanza la falsa ilusión de mañana volver a comenzar.

Yo, aquí y ahora


Estoy aquí y ahora y no podría estar en un lugar mejor que este. Aquí, en algún de la tierra donde mi corazón es mi hogar y mi cabeza anda suelta. Tan suelta que ayer se desmelenó y no logré ordenarla. Ahora soy yo, mi caos y mi cabeza suelta. Mi caos y yo desmelenada, sin más. Y es aquí y conmigo donde solo mis ganas pueden salirse. Salen y se expanden por mis dedos y mis uñas recién y mal pintadas de rojo. Aquí, donde mi cuerpo se deforma y transforma en todas las historias que se asoman y en todas las historias dejo parte de mi cuerpo, como la que tiene hijos. Y es que tuve varios y a todos les puse un título bonito. Estoy aquí y ahora y no podría estar en un lugar mejor que en este envase con dos ventanas, mis ojos marrones, y un cerebro gris que me deja viajar sin GPS a lugares que nunca apareceran en Google Map.

Las sábanas de Helena


Las mujeres hablan de amor y los hombres de sexo pero Helena lo hace de los dos. No tiene pelos en la lengua, tampoco en el pubis. Helena se depila el sexo para tener historias de amor sin enredos. Cuando habla de amor se le estremece algo adentro, Helena pensaba que era su estómago pero el cardiólogo le explicó que es su corazón. Cada vez que habla de amor el corazón de Helena bombea tan fuerte que hace que sufra hipertensión. En cambio cuando habla de sexo lo que se le estremece es la vagina y mucho. Como le sucedía bastante seguido Helena pidió consulta en el médico. La ginecóloga le explicó que no es la vagina lo que se le estremece, sino el clítoris entrando en convulsiones. Helena tiene el clítoris tan directamente conectado a su cabeza que éste puede ver lo que Helena piensa cuando habla de amor, pero sobre todo sentir lo que Helena piensa cuando habla de sexo.
Como Helena se sabe una bocazas pensó que sufría de incontinencia verbal y, habiendo quedado demostrado científicamente que su desenfreno a la hora de pensar y hablar alteraba a su sexo y sobre todo a su corazón, consultó al psicólogo. En la primer visita Helena le explicó que como tiene la azotea sin techo, no filtra. Que puede hablar de amor y de sexo por igual, le explicó sobre su hipertensión y sus convulsiones. Que su corazón y su clítoris están muy conectados a la parte del cerebro donde se almacenan los pensamientos y, que por eso cuando habla puntualmente de sexo o de amor su corazón y su clítoris cobran vida propia. La especialista que era mujer, le recetó sábanas de seda negra, una sola copa y una botella de vino Cabernet Suavignon, velas, Jazz, chocolate amargo, fresas frescas de Aranjuez y una charla privada y sin desenfreno con su cabeza, su corazón y su clítoris, puertas cerradas.

Los amores de Olivia

Que profunda era su cabeza que cuando intentó bucearla, él se terminó ahogando. Igual que el anterior, que se cayó probando volar a la par de sus ganas pero no tenía alas como Olivia. Y el anterior del anterior, que se tropezó con su teatro porque no sabía caminar a oscuras como ella. Hubo uno que intentó comérsela entera porque Olivia siempre huele bien. El primero de todos la encerró en un castillo sin saber que Olivia no vive en ningún lado y, el que vino después la dejó sola en su parque y Olivia se fue a la ciudad a buscar compañía. El séptimo quiso domesticarla y el octavo no intentó nada y Olivia se aburrió. El penúltimo le prometió una ilusión para el año que viene y Olivia es de hoy y de hechos. Y el último, el último de todos se olvidó de acariciarla y a Olivia que le gusta coleccionar besos en la cabeza, se sintió vacía y lo dejó.

Miedos express

Que llegue un día cuando una mandarina no me haga viajar con su olor. Que el café deje de ser un momento. Que la inspiración pase a ser pautada. No sentir la necesidad de la música, dejar de asombrarme con la sal y conseguir eso de poner la mente en blanco.

Conversación privada


Si tuvieses que perdonar mis pecados por donde empezarías. Por mi síndrome de abstinencia o la vulgaridad de mis intentos. O sería en la arrogancia de mi lado animal donde, tal vez, analizarías cuál de todas las penitencias me salvaría. Si no es la arrogancia, es acaso mi sosería o mi apatía porque de un tiempo aquí ya no nos hablamos como lo hacíamos. Y me preguntaba qué pasa si mañana no saliera el sol por ningún lugar. Por cuál de todos mis pecados empezarías a interrogarme, acaso por mi necesidad épica de canalizar mis intenciones de vivir o la prisa con que lo hice.

No soltarla jamás

Esta es la historia de la niña con voz de búho que se enamoró del mar apenas lo vio. El ruido de las olas le cantaron al oído una canción de nana para animarla a dejar la orilla. Nunca había estado cerca del mar tan sola, tan sola. Su sal se transformó en compañía, el reflejo en su espejo y dejó que el agua le acariciara los tobillos cuando el mar prometió no soltarla jamás.
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