Giving you up
We don't have what other have. We don't have long night conversations, not even phone talks. We don't have coffee breaks or good bye kisses. We don't share good night wishes or breakfast hugs. We don´t share a house, we don´t share a city. We don´t share dreams and hopes and illusions. You don´t see me cry and I don´t see you laugh.
Hablando de eso
La música se coló un segundo en mi cabeza y recordé. Te recordé. Te recordé tal cual te quería. Tuviste muchos rostros, muchas voces. Fuiste varios hombres y de cada uno me enamoré. Eras limón, eras algodón, eras colonia y perfume.
Tuviste varios nombres, algunos duraron más que otros. Fuiste alto, estatura media, ojos celestes y también marrones y verdes. Sonreíste con gracia, incluso cada vez que me despedí. Tu música todavía se cuela por segundos en mi cabeza.
Tuviste varios nombres, algunos duraron más que otros. Fuiste alto, estatura media, ojos celestes y también marrones y verdes. Sonreíste con gracia, incluso cada vez que me despedí. Tu música todavía se cuela por segundos en mi cabeza.
Buenos aires
El mundo gira sin respiro. Aquí y allí todo sigue igual. Una luz naranja como la que apareció una vez por la Avenida Alvarez Thomas, hoy se asoma por mi ventana en la calle Panissars. Estoy lejos de Buenos Aires, tan lejos en distancia y tiempo que hace que un tango que nunca escuché se vuelva nostálgico. Hasta el olor de allá me es porteño. Un olor mental. Existe solo en mi cabeza y lo puedo sentir cuando escucho una milonga. Taxis, cines, la Avenida Cabildo y los caudales de la Libertador. Hoy paseo por Barna, más venida a menos y yo más vieja. La crisis la golpea. Y del otro lado del mar respira una ciudad que no me deja olvidarla. Hay luces, esquinas con historia, gente que conozco. Amores que ahora andan con otros amores. Bares, música, mi calle, mi barrio, mi hermana, mi vieja y mi viejo.
Besos anzuelo
Estábamos los dos en la misma esquina, a la misma hora, por los mismos motivos, pero él estaba presente y yo dos meses atrasada. Él quiso tener una segunda vez y me esperó un mes. Estaba parado en la misma esquina cuando llegué y por motivos físicos y cuánticos que desconozco el tiempo se detenía cada vez que quedábamos aunque los dos estábamos a destiempo. Y entonces él probó besarme para traerme a su tiempo, fue por sorpresa, estaba sentado al frente mío, se paró y me besó cuando pasó por mi lado y yo lo besé también para confirmarlo. Y si hubiese sido por esperar hubiésemos logrado combinar tiempos pero no lo hicimos. Tampoco lo sabíamos. No nos esperamos o no nos entendimos. Yo me fui y el se quedó. Cuando volví yo sentí que había llegado a su tiempo pero tenía miedo que él no estuviese en el mío y no quise uno de besos anzuelos. Y la historia sigue que ella sigue buscando esos besos que se parezcan a los de él, y él se casa con otra. Todo muy realista.Sin vos
Tenía una pecera y treces peces. Tenía un océano y sal. Tenía el cielo, la tierra y también el infierno. Tenía mi ego y tus besos. Tenía planes y consignas, dos pasajes y hojas en blanco. Tenía tu sombra y tu olor. Tenía valijas, almohadas, un vestido rojo, cortinas blancas. Tenía velas de vainilla, una alfombra verde y tres pimientos. Tenía sentimientos, tenía sueños, tenía ganas e ilusiones. Y entre tantas cosas que tenía te perdiste.
Me quedé sin la ilusión de la pecera y los tres peces, sin el océano y la sal. Sin cielo, ni tierra, ni infierno. Me quedé sin ego y sin tus besos. Sin planes, ni consignas, ni pasajes y sin hojas en blanco. Sin la ilusión de tu sombra, de tu olor. Ni valijas, ni almohadas, ni vestido rojo, ni cortinas blancas. Ni velas de vainilla, ni alfombra verde y sin pimientos. Me quedé sin sueños. Me quedé sin vos.
Me quedé sin la ilusión de la pecera y los tres peces, sin el océano y la sal. Sin cielo, ni tierra, ni infierno. Me quedé sin ego y sin tus besos. Sin planes, ni consignas, ni pasajes y sin hojas en blanco. Sin la ilusión de tu sombra, de tu olor. Ni valijas, ni almohadas, ni vestido rojo, ni cortinas blancas. Ni velas de vainilla, ni alfombra verde y sin pimientos. Me quedé sin sueños. Me quedé sin vos.
Aveces quiero flotar, flotar y flotar
Se me apalancan los pies. No quieren caminar y atrás viene una ola grande que me asusta. Me rasco la cabeza, miro al cielo y no veo el sol. Intento pensar, vuelvo a mirar mis pies, quiero despegarlos del suelo pero no puedo. Intento pensar pero los nervios no me dejan y me desmayo en cámara lenta mientras mis neuronas hacen un flashback. Caigo lentamente hacia adelante, mis brazos hacia atrás y mientras se me van cerrando los ojos empieza a sonar Metro Station cantando Kelsey en mi cabeza. Mis pies se sueltan del suelo justo antes de tocar el suelo con la nariz y floto. Floto por encima de la ola y veo como lo pinta todo de verde. No entiendo qué pasa. Me cuesta reaccionar, mi corazón despide una señal de alarma pintada en amarillo, “¿dónde estás?”. La señal viaja a la velocidad de la luz por el sistema nervioso y cuando llega a la cabeza todo entra en cortocircuito: Feliz navidad mamá; ¿porqué se mueren las personas?; amigas para siempre; creo que me estoy enamorando; se casó con otra; voy a escribir algo para pensar;… Feliz 33… Y lo entiendo todo y de mis ojos empiezan a brotar litros de lágrimas de aguarrás para borrar lo verde. Quiero irme a casa y pego la vuelta pero no se cómo ir. Bajo el vuelo a un metro de altura del suelo y empiezo a buscarla. El sol empieza a brillar en mi cara y el reflejo verde no me deja ver cuál es la mía y me voy dejando caer. Caer, caer, caer hasta que una mano en un guante azul me sujeta y frena la caída. Levanto la mirada y era él y de su boca sonaba Sail away de David Gray. La señal amarilla se fue apagando poco a poco y apareció otra roja mucho más fuerte que me habilitó fuerzas para flotar mucho más alto. Sujetaba su mano con guante azul y no podía sacarle la vista de encima. Era él y había viajado a por mí, y finalmente sujetado mi mano cuando más lo necesitaba. La señal roja era cada vez más fuerte mientras viajaba por mi sistema nervioso pero cuando llegó a la cabeza lo hizo con la canción Very Good Advice de Robert Smith explotando los agudos… Me sujeté la cabeza con ambas manos para apagar la canción y la canción salió por mis oídos, por mi boca. Yo no quería esa canción. No quería soltarme de la mano del guante azul. Y empece de nuevo a caer en picada y el hombre del guante azul se quedó mirándome desde arriba. Fui cayendo de espaldas hacia el suelo agitando los pies y con las manos en los oídos. Y le gritaba para que me espere, que no se vaya, y se hacía cada vez más pequeño. Antes de caer me desperté de golpe. Tenía el corazón acelerado, la boca seca. Miré a mi alrededor y estaba sola en mi cama. Miré el despertador, eran las tres de la madrugada. No había ninguna canción. No se escuchaba nada. Me acosté de nuevo, me puse en posición fetal e intenté pensar en blanco. Sentí un frío que me subía por la planta de los pies, como si estuviesen mojados. Mojados en color verde.
Interrogantes
¿Qué pasa cuando la fórmula no te cierra? Cuando las cuentas no se resuelven. Cuando todo lo simple se hace complejo y lo complejo desquiciante. ¿Qué pasa cuando las reglas del juego son demasiado bruscas? Qué pasa cuando ya no te interesa. Cuando todo es obligación. Cuando la sombra deja de refrescarte y el Ibuprofeno no empuja.
La nena buena
Yo se que la lujuria que se dibuja en mi cara no es mía, viene de tus entrañas pero si cierro los ojos siempre retumbas por dentro. Si te arranco todo me explota. Es tu aliento, tu sonido, esa mirada que siempre me provoca. Y comienzo a fusionarme con el mundo que hay afuera y te veo. Y de nuevo la lujuria se me dibuja en la cara y la nena buena se pierde y todo me da lo mismo porque prefiero, al menos un par de veces al mes, irme al infierno para encontrarte.
El aficionado
Te vi y me viste. Me acerqué y te fuiste. Me fui y viniste. Cómodo, discreto, aficionado a mis ojos calibre 25. Te sentaste y me invitaste. Acepté y me contagiaste. Divertido y creyente, algo tenía que pasar. No hubo introducción, todo era especial. Aire dulce y sabor a caramelo, fuiste mi alimento. Hacía frío y tenía calor. El olor de tu piel fue suficiente para mil noches de amor sin sobras después de las ocho. Todo fue en cámara lenta, también cuando te fuiste a ninguna parte.
Colores con olores
Existen colores que vienen con olores, como los sonidos con texturas. Es como acariciar el aire cuando es denso, cuando es húmedo y sopla el viento. Y a la tierra mojada cuando desprende transpiración. El color amarillo huele a verano, y el verano tiene el mismo sonido que el amarillo. Si escucho una canción, “Vientos de Cambios”, siento arena en mis pies. Si menciono el blanco, acaricio terciopelo en mi cabeza. Como los nombres, Ana, María, Eugenia, Lorena, Victoria, Patricia, Florencia, Noemí. Sin ninguna explicación lógica, Eugenia me es antipática. Ana es dulce, María es lluvia, Lorena es barro, Victoria es seguridad, Patricia color amarillo, Florencia mi hermana, Noemí arena.
Regina
Hay un punto, un punto pequeñito que crece. Ella lo sabe. Tan pequeñito, tan chiquitito. Y la transforma. Ella cambia. El puntito se estira y ella se estremece. El puntito pequeñito se anima y ella se ve diferente. Con miedo. Mucho miedo. Con alegría. Más mujer. Y el puntito vuelve a crecer y ella lo nota. Y Regina cambia. Su piel se vuelve porcelana, sus pechos fuertes, sus manos suaves, sus pies firmes. Incluso su voz. Sus ánimos tienen nuevos objetivos. Sus locuras se calman. Su futuro ahora es doble. Y el puntito se lleva todo su cielo desde que apareció. Y ella le dedicó sus pasos desde el primer día en que lo sintió y también lágrimas. Y lo acarició con el pensamiento un millón de veces antes de tocarlo. Y le cantó canciones, le adivinó los rasgos y le puso mil nombres antes de elegir Pedrito.
Conexiones y desconexiones
Tengo un corazón desconectado de mi vagina y mi vagina conectada a mi estomago. Tengo dos tetas conectadas a mis pulmones y mis pulmones desconectados de mi cerebro. Tengo ansiedad oral conectada a mi sistema nervioso. Y mi sistema nervioso está conectado a mis riñones y mis riñones desconectados de mis ganas de beber agua. Tengo agua que se conecta con mis piernas y mis piernas desconectadas de mis músculos. Y los músculos se conectan con mi corazón, y mi corazón no conecta con mi cerebro.
Oda al sexo
Push push, ahh
Push, push haa
Push, push, ahh
Push, push haa
Push, push ahh
Push, push, push
Ahh, hha, ahhhhh
La gracia o desgracia (del sexo) está en el acento con el que se entona la última letra de cada una de estas oraciones.
Push, push haa
Push, push, ahh
Push, push haa
Push, push ahh
Push, push, push
Ahh, hha, ahhhhh
La gracia o desgracia (del sexo) está en el acento con el que se entona la última letra de cada una de estas oraciones.
El secreto
Porque voy a contarte esto todavía no lo se. Puede que necesite contárselo a alguien y pueda que seas tú.
Este es el año 2008. Tengo treinta años, vivo en Europa y aún no he nacido. No estoy loca y no soy la única involucrada en esta historia, todos lo estamos aunque unos pocos elegidos la conocen.
Siempre hubo cosas que no se contaron, historias que se saben a medias. Secretos bien guardados que no pueden ser revelados. Pero no todo se puede guardar para siempre. Alguien puede traer el secreto.
Todo empezó en el futuro del 2008, dentro de 543 años. Me llamo Ona, nací el 16 de diciembre de 2521 -continuará-
Este es el año 2008. Tengo treinta años, vivo en Europa y aún no he nacido. No estoy loca y no soy la única involucrada en esta historia, todos lo estamos aunque unos pocos elegidos la conocen.
Siempre hubo cosas que no se contaron, historias que se saben a medias. Secretos bien guardados que no pueden ser revelados. Pero no todo se puede guardar para siempre. Alguien puede traer el secreto.
Todo empezó en el futuro del 2008, dentro de 543 años. Me llamo Ona, nací el 16 de diciembre de 2521 -continuará-
Mi consumismo
Me compré un perro y un gato. Los vendí y me compré tres rosas y dos saquitos de té verde. Los vendí y me compré un cable a tierra y una antena satelital. Los vendí y me compré un par de zapatos y gafas de lejos. Lo vendí y me compré agua mineral y un reloj cucu. Los vendí y me compré un brazo y una pierna. Los vendí y me compré azulejos y un espejo. Y los vendí y me compré un libro y tres candeleros y los vendí también. Y me compré un mantel y una escoba. Y a la escoba la tiré y al mantel lo vendí y me compré un adiós y un bienvenido. Y al adiós lo regalé y al bienvenido lo vendí y me compré un frasco de mermelada. Y a la mermelada la vendí y compré un cepillo de dientes. Y al cepillo de dientes lo vendí también y me compré cuerdas para la guitarra. Y a la guitarra la regalé y a las cuerdas también.
Conversación irónica
-Hola, ¿qué tal?-.Preguntó la ironía colgada de una soga que colgaba de una enredadera que se perdía en la pared de aquella casa. -¿Qué tal?-. Acá voy, con un calor de estrellas que me agota cada vez que intento ser más humana, le respondió la violencia mientras olía hormonas y se encendía un porro de adrenalina. Se estiraba las arrugas de los resentimientos, escupió dos veces bronca y se miró el puño derecho rasguñado. - ¿Qué te pasa que me miras con mala cara?-, le preguntó con la misma ira de siempre mostrando despechó en la manera de acentuar las palabras. La ironía, que en otras ocasiones hubiese sido directa, dudó en responder. Guardó silencio.- ¿Qué te pasa?-. Y entonces respondió que le resultaba satírico que la violencia fuese femenina. Una ironía más con la que convivíamos.
Bésame la boca y toda la frente
Bésame la boca y toda la frente. Bésame mis manos y mis codos. Bésame los pies y las rodillas. Bésame la nuca y el cuello. Bésame el ombligo y la espalda. Bésame las orejas y los ojos. Bésame las piernas y el estomago. Bésame toda la boca. Bésame mis días y mis noches. Bésame este lunes. Bésame en la oscuridad y en plena luz. Bésame las lágrimas y la risa. Bésame los suspiros y ronquidos. Bésame cuando me pierdo y cuando me encuentro. Bésame en los almuerzos, en las cenas y en los desayunos. Bésame por sorpresa. Bésame hoy y bésame mañana. Bésame al teléfono y en un mail. Bésame en la vida. Bésame en la muerte.
La casa
Había pasado años en esa casa. Había viajado a miles de lugares, se había mudado a miles de ciudades y casas diferentes pero siempre estaba ese lugar intacto. Su único lugar de siempre. Un punto inerte en su vida nómada. Cómo iba a fijar un nuevo punto de apoyo para sus recuerdos si esa casa ya no estaba.
Desvió la mirada más allá de las macetas del balcón y sus pupilas se dilataron. Se le cerraron los ojos por la fuerza del sol. Los tenía rojos. Había estado llorando horas previas a las tres de la tarde.
Compuesta, se sentó tranquila a suspirar las consecuencias. A miles de kilómetros quedaba enterrado el único recuerdo que tenía de una parte de su vida que ahora le parecía estar años luz. No quería olvidarlo, no como se hace cuando el tiempo da un paso y las cosas viejas se guardan.
Y entonces cómo se sigue, se preguntó aquellas primeras horas de la mañana. Los recuerdos mentales con el tiempo se terminan desvaneciendo, igual que las caras de los primeros amores, de los amigos de la infancia, de gente que uno ve caminando y promete no olvidar. Pero el tiempo va metiéndose en los puntos que dibujan los recuerdos hasta hacerlos borrosos. De eso tenía miedo, de olvidarse de cómo era.
Tenía todavía todas las esquinas frescas, las mesas, sillones, inclusive ruidos y olores. Pero sabía que por más que tuviese una memoria de elefante con el tiempo se iba a olvidar del olor a kerosene en la cocina o el teléfono gris sobre una mesita pequeña. Los platos y vasos blancos con dibujos de patos naranja.
Desvió la mirada más allá de las macetas del balcón y sus pupilas se dilataron. Se le cerraron los ojos por la fuerza del sol. Los tenía rojos. Había estado llorando horas previas a las tres de la tarde.
Compuesta, se sentó tranquila a suspirar las consecuencias. A miles de kilómetros quedaba enterrado el único recuerdo que tenía de una parte de su vida que ahora le parecía estar años luz. No quería olvidarlo, no como se hace cuando el tiempo da un paso y las cosas viejas se guardan.
Y entonces cómo se sigue, se preguntó aquellas primeras horas de la mañana. Los recuerdos mentales con el tiempo se terminan desvaneciendo, igual que las caras de los primeros amores, de los amigos de la infancia, de gente que uno ve caminando y promete no olvidar. Pero el tiempo va metiéndose en los puntos que dibujan los recuerdos hasta hacerlos borrosos. De eso tenía miedo, de olvidarse de cómo era.
Tenía todavía todas las esquinas frescas, las mesas, sillones, inclusive ruidos y olores. Pero sabía que por más que tuviese una memoria de elefante con el tiempo se iba a olvidar del olor a kerosene en la cocina o el teléfono gris sobre una mesita pequeña. Los platos y vasos blancos con dibujos de patos naranja.
Hoy te secuestro
Tengo un par de fantasmas y unas ganas terribles de arrebatarte de su mundo. Acercarme a ti, saludarte con un beso, taparte los ojos y que huelas algo que te deje dormido. Que te despiertes en una cueva afgana sin luz, lejos de ella, que me dejes regalarte una flor y por un día empezar otra vez sin intentar remediar las causas perdidas, que para eso está ella y ella no está aquí.
Quiero sacarte las ganas y que pruebes todas mis recetas. Comer jabón si es necesario. Cruzar el desierto de Gobi y comer cuzcuz en Marruecos. Juntar arena en Egipto o tomar el agua del Ganges.
Quiero sacarte las ganas y que pruebes todas mis recetas. Comer jabón si es necesario. Cruzar el desierto de Gobi y comer cuzcuz en Marruecos. Juntar arena en Egipto o tomar el agua del Ganges.
Las consecuencias del amor
Las consecuencias del amor, señoras y señores, son contradictorias. Duele, y duele mucho, tanto como las piedras en los riñones o un trasplante de corazón, pero es lo mejor que se puede probar. Acido y dulce. Frio y caliente. Empieza en la boca, baja por la garganta y cuando choca contra el estomago desprende tal adrenalina que uno se olvida de respirar. La epidermis se eriza y el escalofrío baja desde la razón por la columna hasta los pies y te deja sin suelo. Pierdes el equilibrio, te desbocas. Todo cambia. Y entonces te sacude y lo que pasó en ese primer minuto se te pega en la cabeza. Su olor. Su aliento. Su textura. Su voz. Sus ojos. Y hay siempre una canción que se repite y se repite constantemente cuando uno entra en terapia intensiva a punto de morir por el dolor. Sí señoras y señores. Si me preguntan si vale la pena. Lo vale.
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