Cuando Berta lo quemó

Massimiliano Minocri
Se escuchó las llaves abrir la puerta y después el ruido seco de los pasos contra el parquet, era parte de la rutina. En alguna silla del comedor dejó el abrigo y la llamó dos veces. Berta no respondió y fue hasta la cocina a buscarla, siempre está en la cocina. Abrió la puerta que estaba cerrada - raro que este cerrada, pensó - y al hacerlo, después de abrirla, olió a quemado. A algo quemado que no era pan (...) era carne. Carne escocida.

Humo de carne quemada. Reconoció el olor al instante, el ácido que larga lo que se abrasa.

Que le trastornó el estomago, que la irritó, que le llenó los pensamientos de úlceras cuando le faltó el respeto. También cuando empezó a hacerle el amor a medias porque la otra mitad estaba en otro cuarto, en otro lado, con otra mujer -porque hacía tiempo que Berta sabía que había otra mujer-. Era el mismo sabor que apareció cuando en el guión las caricias se cambiaron por golpes y los besos no pasaban de un hola ajeno.

Un hola articulado, forzado y formal, asquerosamente formal. Un hola de él pensado para no levantar la perdiz, y un hola de cirugía a corazón abierto para ella.

Tanta deuda de afecto mientras ella lo esperó en la cama tantas noches. Tanto tiempo perdido.

(...)

Lo que se olía ahora era el mismo olor a ácido que la empezó a corroer cuando no le quedaron más argumentos para fingir que es feliz si hace tiempo que es infeliz. La más infeliz de todas. Por eso lo incendió. Porque necesitaba sentir esa sensación de paz, de liberación.

De ya no alcanzan los bastas.

Y por eso dejó la cocina. La comida en el horno, el delantal en el piso, las comodidades absurdas y todas las acrobacias que aprendió para llegar viva a fin de mes. También el televisor encendido, la novela de las 8 y el noticiero que viene después.

Lo dejó todo y se fue pero fue cauta. Muy cauta. Astuta (...)

La noche anterior Berta lo besó diferente, un beso con veneno que lo despidió. Una caricia brusca que cortó con la hipocresía que la enroscaba a esa vida imperfecta en la que él se desquicia con ella.

En la que se quita la camisa como un autómata porque ayer se le dio la gana, así porque sí, de golpearla de nuevo, y entonces Berta lo quemó.

Era un viernes como hoy cuando lo hizo y en el cuerpo le quedó un sabor a triunfo después de quemarlo todo (…) después de prenderlo fuego.

De buscar kerosén, un mechero y quemar los miedos. Todos sus miedos ahí mismo, en su cocina. Ese exquisito sabor a triunfo que llega después de acabar con las trabas, hasta las más intimas. De darse cuenta que ya no sirve dejarse pegar primero, pero dejarse pegar tampoco.

Un instante

Massimiliano Minocri
Tuvo un instante, una milésima de segundo antes de poner el corazón en punto muerto y dejar desbarrancar el cuerpo hacia ese lugar donde se guarda lo que el azar deja abandonado para nadie. Sin dueño. Un único instante para reconfortarse antes de lo perpetuo, del hueso que cruje cuando deja de moverse y el musculo que se acalambra fijo a la cama, mientras las manos pierden despacio fuerza. Toda la fuerza que se lleva las ganas y con las ganas el deseo, la voluntad, el apetito, el hambre que algo le ocurra.

Que algo inmensamente grande le ocurra hoy después de salir de la cama. Después de vestirse. Después de caminar por la calle, su calle. Después de respirar hondo, después del semáforo.

Fue una milésima de segundo en el que las probabilidades se mezclaron con esta realidad infinita de su cuerpo inerte que consume de día y de noche, en blanco y negro. Un instante que al final fue menos que el momento que podría haber hecho propio.

Suyo.

Una batalla campal por las posibles consecuencias que le valieron madre. Le valieron madre por eso del miedo, el miedo a que a los sueños sean tan poderosos que ni siquiera cumplirlos pueda superar lo que le hacen sentir antes de dormir.



Las dos cajas de Clara

Alison Grippo
Su cabeza es extraña. Adentro tiene dos cajas, una es tonta y la otra no se sabe relajar. La primera quiere con locura pretender quererlo todo, quererlo con el corazón. Con cada bombeo, como querer porque la sangre se lo pide.

Desde adentro. Incluso aveces desde más adentro de lo que hay adentro hasta querer el segundo ilógico que se vuela porque se tiene que ir y las fronteras que se cruzan cuando no se puede volver atrás.

Cuando se decide no volver.

Y en la otra caja guarda a la Clara absurda. La que le hace preguntas a su historia cuando se escucha pensar y no está bien. Es la locura, absolutamente toda la locura absurda que pesa, que le pesa cuando se deja mal llamar por las tonterías del querer y lo que viene después (...) El divorcio de los sentimientos cuando al final siempre sucede.

Entonces se sienta en una esquina de su caja extraña a aplaudir el resultado del primer round que la acaba de romper toda.

La cara, las piernas, el estomago, el ojo derecho, el labio inferior y las ganas. Las ganas de todo.

Se sienta a aplaudirse.

A aplaudirse bruscamente para poder olvidar el error que inevitablemente va a volver a repetir en un par de días por culpa de su afición. Su afición tonta, loca y absurda de querer intentar querer y querer pensar que con el tiempo se puede enseñar a querer.

A quererla.


La coleccionista de besos que se olvidó besar

Franz Fiedler
A los 40 había olvidado mirarse al espejo como cuando tenía 16 años. Que triste puede resultar el desencanto del cuerpo propio por perderse en la rutina que no lleva a ningún lado, pensó.

Más de diez acumulaba sin dejarse descubrir. Sin verse de verdad. Sin cambiar el color del lápiz labial, del rímel. Sin cambiar la raya del peinado o lo que los ojos ven y cómo la ven. Sin pensar todo lo que los labios pueden sentir. Sin permitirse todo lo que le falta todavía vivir.

Sin imaginarse


Sin dejarse sentir. Sin sentir, sobre todo sin sentirse y por eso pensó que después de los 35 y sobre todo a sus 40 las personas no se besan.

¿No se besan?, pensó.

Ni uno. Ni un beso en la frente, menos en la boca, y se tocó la boca frente al espejo y pensó en el momento exacto en que los besos se empiezan a olvidar, en el cuándo se dejan de dar y por qué los olvidó. Por qué los olvidó ella, justo ella.

Y pensó en los supuestos. En todos los supuestos que los años acumulan como si la edad fuese una suposición de besos y caricias simples que se dejan un día de dar porque se dieron cuando eran parte del argumento (...)

Pero tenía que pasar algo y ella no pudo disimular que lo andaba buscando, sobre todo hoy cuando no quiso peinarse con el pelo recogido como siempre. Más vale tarde que nunca, pensó y dejó que el desencanto con su cuerpo se deshiciera en encanto.

Claro (...) Y volvió a sentir esa estática en la piel que había dejado de sentir hace años. Increíble (...) Su estomago se puso duro, tan duro que dolió y el aire se volvió denso. Se vio ahora en el espejo y por fin dejó la mente volar en los enredos de su pelo y sintió ganas de llorar. Muchas ganas de llorar por un beso.

Un beso que la deje sin aire, que la lleve a la luna despacito. Suavecito. Con sabor.

Un beso que la enamore de nuevo de todo lo que pasa cuando se pasan los 40. Un beso que la vuelva a enamorar de ella. De la mujer que había olvidado un día en la rutina de los años y en los supuestos que se comen los argumentos simples que enamoran. Un beso dulce para volver a enamorarse de la mujer que coleccionaba besos cuando los besos son más que caricias.

 
 

Ven aquí

Jennifer Rau
Ven (...)

Ven aquí.

Vamos a vestirnos juntos de amantes y ver como amanece en Venecia desde las ranuras de mi persiana que dan a la Gran Vía. Vamos a atar una historia, la nuestra o la que nos inventemos, a las sábanas de los sábados y domingos, y cuando nos despertemos juntos, juntos y tomados de la mano, saltaremos desde la altura de mi cama al precipicio de no saber que hay después del fin de semana. Después de fin de mes.

Sin saber que hay adentro de los corazones de papel cuando se arrugan y lo que se esconde entre las arrugas cuando se estiran los corazones. Adentro de los mapas con tesoros de piratas y películas, de galeones y ciudades perdidas.

Sin saber que hay en lo más profundo del mar, mi mar, y por debajo de la tierra, tu tierra. Sin saber si es la primera vez que saltamos juntos o la última vez que se ve Venecia desde aquí.

Alicia se hizo grande


Alicia, la del país de las maravillas un día se hizo grande y cumplió 50, y entonces se dio cuenta que el cuento en el que vivía era una fábula larga que la tenía cansada y amargada; y sin embargo su vida, la que ahora tiene 50 años, era mucha más corta de lo que supuso y tuvo necesidad que sea real, por eso dejó de creérselo.

De creerse el cuento.

Y hoy se pasea lejos de las librerías compensando los cambios hormonales de la menopausia con pastillitas de color azul y aveces con el humo saborizado de un narguile.

Esta nueva Alicia, la que se relaja con el humo y que es tan real como las ganas que todos tienen de dar un buen día con ese país de las maravillas, no se come otro verso ahora que está madura, que tiene canas y arrugas, y que hace tiempo dejó de hablarle al Conejo Blanco desde que empezó terapia para graduarse de esta realidad. La realidad donde sus 50 años valen más que los mil cuentos que le puedan llegar a contar.

De quererse


De querernos, pensó antes de escribir. De escribirle.

De querernos...

Si existiese la posibilidad que no existe, te querría con el mismo vigor que tienen las palabras. Con la fuerza que hace que la i siempre lleve un punto para seguir siendo i. Con la coherencia de los acentos por eso de la entonación, tu entonación que es diferente a la mía y la mía que no es de aquí.

De querernos, te querría con la facilidad de la m cuando es miércoles y la naturalidad de la l cuando es lunes, cuando nos besamos, cuando reímos, cuando andamos, respiramos...

Nos miramos...

Si cabiese la posibilidad que no existe, te querría con la misma coherencia que une la g a tu u, la que existe en los puntos finales de los cuentos que alguien ahora escribe. La misma que hace que las hojas se vuelvan verde en primavera, siempre en primavera,  y ocre en otoño, siempre en otoño.

De querernos, si existiese esa posibilidad que no existe, lo haría con la certeza que la letra e le da a la palabra querer y que todo lo que empieza, termina.

Carta a un hijo

Tina Modotti
Los primeros años te vas a enamorar de mí y yo de vos, vamos a ser uno y después dos. Vas a jugar a lo que yo te enseñe cuando aprendas a abrir los ojos (...) abrir las manos (...) la boca.

También vamos a olernos porque a mamá le gusta oler y seguro que a vos también, y así nos reconoceremos siempre aunque la luz este apagada (...) y yo te tenga sobre mi panza con tu cabecita sobre mi pecho (…) oliéndonos, sintiéndonos, siendo uno y dos.

Siendo todo para los dos.

Y aunque ahora no lo crea, vas a comer lo que yo te cocine cuando un día aprenda a cocinar. A pisar la cocina solo por vos, prometo inventarte sabores que te van a despertar la intuición. La misma que te voy a enseñar a utilizar cuando crezcas, te enamores y sea otra o sea otro quien después te vuelva a cocinar.

También vas a vestir de pie a cabeza con todos los colores del planeta. No te faltará ni uno por ese razonamiento lógico que no tiene mamá. Vas a tenerlos todos aunque descombinen, aunque seas un enano o una enana ridícula pero vas a tocar el arco iris todos los días hasta que vos elijas con qué color quedarte.

Vas a reírte a carcajadas cuando te haga cosquillas, cuando me veas, cuando te llene de besos, cuando te muerda las piernas. Y vas a llorar cuando tengas que dormir, pero siempre después de un cuento que me voy a inventar cada noche con tu nombre.

Los primeros años vamos a cruzar la calle tomados de la mano, no se muy bien cómo voy a empezar pero los dos vamos a tener que practicar, y se que en alguna esquina te despistarás y me pedirás ir por tu cuenta. Y me tocará decir que sí, que no te creas el cuento de la buena pipa y que mires a ambos lados antes de cruzar.

Despierta Ana

Rikki Kasso
Una gotita musical alcanzaría para despertarla.

La música de un piano que la recoge de entre las sábanas y se la lleva al mar. Un sonido que la devuelve a la sal. A la sal del océano del mundo y a la de la transpiración del movimiento constante que hace el cuerpo al quererse.

Sobre todo al quererse y quererse abrazar. Abrazarse desnuda frente al espejo del baño para no dejar ni un poquito de su piel sin acariciar. Tampoco esa sonrisa melancólica y el pensamiento forzado por seguir intentando. 

Por eso ojala hoy alguien le encienda una melodía suave en su cabeza, una que le remueva los juicios que la apalancan mientras duerme despierta así despierta. Así se despierta Ana.


Luciana Salvador Serradell





Princesas con coronas de espinas

Mona Kuhn
En lo más profundo del lado oscuro, adentro de su corazón de dragón, esconde una corona de espinas gruesas y en una de las puntas de la corona hay un diamante azul cielo que la enciende cuando hay sol, que la enciende solo a ella. He aquí la historia de las princesas que se esconden debajo del colchón, detrás de las puertas, adentro de los armarios. En una melodía que no suena y en el viento de noche que suena y no se ve.

Que no se ve.

Princesas que abren sus piernas para dejarse querer con el mismo entusiasmo que la luna le echa a la marea. Mujeres que aprenden a susurrar lo exacto que enciende sin sentir lo más mínimo lo que se siente susurrar al oído encenderse.

Prenderse fuego. Quemarse por dentro.

Quemarse desde los labios, la boca, toda la boca. El estomago, más abajo del estomago, el útero y la piel entera cuando se brota en escalofríos que retuercen. Que la retuercen y la explota contra todo.

Contra la cama, las sábanas, las baldosas frías del piso, el tapizado del sofá, la madera de la mesa, los azulejos del baño y las cortinas de la ventana para después volver a sujetarse de la pared para no dejarse caer. Voltearse.

Voltearse de golpe y volver a quemarse y quemarse para siempre volver a tomarse de las manos.



Voy a dejar que te deslices

Rikki Kasso
Eres una pizca de jabón que voy a dejar deslizar. Dejar deslizarte por los pensamientos para que decantes en agua y mojarme. Entonces te voy a dejar tocar mi cabeza cuando seas agua. Solo cuando seas agua y puedas escurrirte entre mis dedos y si te seco, te olvido (...)

Pasa que no pasa nada

Rikki Kasso
- ¿Qué te pasa hoy?
- Me pasa que no me pasa nada. Eso me pasa, no pasa nada.

El tren arranca de nuevo.

- ¿Y si es porque lo estás buscando en el lugar inadecuado?
- ¿En el lugar inadecuado?
- Y sino lo tenes que buscar.
- ¿Dejar de buscar?

El tren frena. Se abren las puertas. Baja y sube gente.

- No puedo dejar de buscar.
- Es verdad, sería dejar pasar todas las posibilidades.
- Sí.

Se cierran las puertas.

- Y si llega cuando tiene que llegar y tarda todo lo que tiene que tardar.

El tren vuelve a arrancar.

Mi oda a Asia

Jacob Aue Sobol
- ¿Puede pasar?
- Sí, claro que puede pasar. A mí me pasó.

(...)
-¿Cómo se siente?
- Como cuando se enamoran dos amantes. Igual.

(...)
- No pude no enamorarme.

Cuando te vi me enamoré. Sabía que pasaría así, lo intuí a kilómetros luz de distancia y por eso te dejé enroscar en mis pies y cabeza apenas te toqué. Nunca me hubiese resistido, lo quería así. Tal cual. Y te quedaste con todos mis gustos como si un rayo hubiese reseteado mi cabeza apenas te pisé y también todo lo que sentía antes. No hubo rincón de mí en el que no entraste y por eso me quería quedar ahí para seguir enamorándome, porque quiero más.

Enamorándome de este lugar acertado que no es el mio pero podría serlo. Serlo naturalmente, como si el cuerpo se hubiese dado cuenta que encontró donde dejarse reposar, dejarse estar. Sentarse y ver pasar a millones de personas. Empaparse de arroz en todas sus formas. Inundarse de ese olor inmundo pero al que se acostumbró. Incluso ahora extraña.

Perderse, sobre todo perderse en el tiempo. Un segundo ahora y dos más tarde miles atrás. Viajar con la mirada, con el olfato, con la necesidad de tocarlo todo, incluso acercarte a la piel para que me acaricies.

Apreciar que cada rostro es diferente, el brillo de los rojos y el amarillo. Los ruidos que aparecen de repente como los sabores, los diferentes dulces de las frutas, el tacto de las algas en la lengua. Una sonrisa y cientos de palabras a su alrededor que no voy a entender nunca.

Y yo sonrío como respuesta.

Hablo con la sonrisa, no se que decir pero si sonrío se ve que lo digo todo.

Me pierdo en sus ojos rasgados y ellos en los míos quizás porque son grandes. Me tocan y siguen hablándome, me invitan a una foto, nos abrazamos.

Los abrazo porque me dejan.

Los toco porque me gustan.

Sonrío de nuevo pero a la cámara. Me pregunto en cuantos álbumes familiares apareceré por no tener los ojos rasgados. Entenderán mi sonrisa, esta que les dedico para decirles que tengo una oda para Asia en mi cabeza, que me da vueltas. Que me marea, que me enreda, que no quiere que me vaya. Que quiere que me quede, que me acaricia los sentidos y todas las posibilidades de una excusa para quedarme ahí, con ellos.

Que podría ahogarme en una taza de té toda una tarde y sentirme en casa mientras imagino que en otra vida, tal vez en otra vida, quizás era de aquí.


El instante en excusa

Rikki Kasso
En un lugar sucediendo ahora.

- ¿Me acompañas a fumar?
- No fumo.
- Yo tampoco (...)

¿Me acompañas?, insiste ella.

Descalza y enamorada (...)

Rikki Kasso
Bailando debajo de las estrellas sobre el césped mojado. Descalza y enamorada. Caminando de la torre del castillo de Rapunzel hasta la estación de tren en Chiyoda. Comprando un ramo de flores blancas y un billete al centro de la tierra sin escala. Un vestido limpio y las manos nerviosas, sale apresurada de un lugar que nadie conoce con un cigarrillo pensativo recién encendido y con la cabeza en otro lugar, pensando ahora en ella. Y cuando se piensa camina por el único jardín encantado que todavía queda y por el pueblo de garifas que lleva un tiempo abandonado. Entra al túnel que une el río salado con el mar dulce, salta montañas altas, cruza aldeas azabaches, habla con los árboles, con las nubes y se olvida de la mala fortuna al tropezarse. Cuando se piensa se enamora del tiempo que no lleva reloj, de la luz del día, de los tal vez y del sabor del agua y del limón. De lo oscuro de la noche, del silencio del ruido. De las cuentas con los dedos. De la última página de un libro, del espacio que el aire infla. De los sueños incondicionales, del instante que acaba de suceder, de la risa al miedo. De sus pies tan pequeños y esos pasos tan grandes. De las estrellas en su cama, de las probabilidades y de la posibilidad verosímil y fundada de que algo espectacular a punto de pasar le pueda suceder.

Gala a la espera

Rikki Kasso
Una desgracia con gracia es querer tenerte como una gala trágica de comedia absurda el no tenerte. Es un espectáculo que me camina por encima de las piernas con cosquillas que intranquilizan. Un soneto que me burla con 14 versos que desprecio, es el vapor que se me hecha encima y los poros que se abren. Lo que hay detrás de las luces, lo que las luces me dejan y no me dejan ver. Todo lo que no puedo retener, lo que quiero conservar. Es lo que sucede antes de las paredes, por debajo de la epidermis, atrás del iris, de la retina. De la retina que se ha vuelto sensible a tu luz, al tiempo que no puedo dejar de contar y las cuentas que empiezan a salir mal cuando el telón no se abre. Cuando los aplausos no se escuchan. Cuando las ganas de tu instante en ese segundo tuyo no llega.

El tabaco dulce se condensa en pensamientos dulces

El humo las invita a reflexionar y por ser prohibido la mente se excita más. El tabaco dulce se condensa en pensamientos dulces. Tanto que las tres se pierden en el último átomo, el último átomo dulce que logran contar antes de entrar en donde no hay Dios sino ellas.

Solo ellas y lo que piensan, lo que hacen y tal cual son. Ese mundo melancólico de las hormonas femeninas y la intensidad con qué los sensaciones se sienten (...)

- ¿Si es justamente por eso?, pregunta Simone.

- Y si es por la melancolía de las hormonas que entendemos la electricidad de las sensaciones de forma diferente, de forma profunda. Delicada, tan delicadamente que no soportaría lo que el viento borra o lo que la tierra tapa.Tan sutil, frágil. Tan sensible, tan delicadamente sensible que podría pintar de verde el sonido de las hojas amarillas cuando vuelan.

Cuando caen.

Cuando mueren.

Prender fuego una mirada, inundar de caricias las palabras dedicadas, llenar de lágrimas todos los anhelos infinitos por los que las mujeres amamos sin medir.

Sin leer las consecuencias.

Sin saber todo lo que puede lastimar, todo lo que va a lastimar.

Y si lastima (...) que más da porque de todos modos vamos a dejarnos atrapar por el humo que deja el viento cuando nos lo ha quemado todo buscando de nuevo ese anhelo por el cual nuestras hormonas sienten la electricidad de las sensaciones de forma diferente.


Rosa Luxemburgo, Simone De Beauvoir y Emma Goldman en la playa, fumando pipa (1930’s.)

Pensamientos circulares

- ¿Crees en el destino?
- No se.
- Yo sí, es un puente (...)


Y si al final el destino es este puente de posibilidades que trazo desde mis deseos hasta cada rincón de tu forma, a cada rincón de tu forma por dentro y por fuera para traerte al mundo de los pensamientos circulares. Al de los míos. A este instante en mi cabeza donde te enredas conmigo y yo me pierdo contigo.

Al que coso antes de dormir para atar tu historia a la mía. Al principio de tu querer dejarte encontrar con el final de mi siempre buscarte. Al momento de las intenciones interestelares enredando tus hilos entre los mío. A las ganas de los nudos que no se pueden deshacer, al desorden de los cuerpos cuando se empiezan a querer.

Y si el destino es esto, unas ganas inmensas que provocan tenerte cuando no logro verte y todo lo que quiero después.

(...) Pensó mientras pensaba en él con los ojos cerrados.

En la parada de su cintura

Caminaban y ella pensaba en él, en acortar la distancia.
(...) Y pensó hacia adentro.
Estaciona tus pensamientos en la parada de mi cintura y antes que te metas adentro de tu caparazón, te soplo por detrás de la oreja con aire frío de invierno. Te volteas y te pido permiso. Permiso para empujarte al centro de mi equilibrio, a esto. A todo esto y a lo que hay un poquito más allá, del otro lado de la línea que dibujan todas las sábanas que podríamos arrugar. A que te estrelles conmigo caminando descalzos por la vida como recompensa.
A lo eterno de este instante placentero que te tiene colocado, que nos coloca. Que me coloca y me pone a tu lado. Al ya no me acuerdo de tener miedo. Al sabor dulce de mis besos que juegan con el amargo de tus recuerdos. Y cuando te mojo los hago pequeñitos hasta hacerlos desaparecer. Desaparecer los miedos que tiene tu razón, aunque al final esto nos dure ese instante.
Desaparecerlos con ese déjate llevar al lugar donde mis besos se hacen dulces. Un momento eterno en la fabrica donde pienso tus caricias, a la nave desde donde remonto los pensamientos que te dedico. Al huracán que empuja las ganas que te tengo. A la fuente de mis hormonas, al mar de todas mis lágrimas, a la cueva de mi risa, al puente de mi locura. A libro de mis ojos.
Al agua que te acaricia y también al aire con el que te inflas, el mismo que te recorre por dentro y me genera envidia. A estas cuatro piernas haciendo una trenza, al suspiro que borra el camino por el que entraste y no saliste. No te voy a dejar salir. A la hora de sacarte la ropa. Ponerte perfume, dibujar cuerpos desnudos y comer. Al pensamiento que te obliga a mi presencia, a golpear en la puerta de mi marea.
Voy hacer desaparecer las malas intenciones que te pintaron gris el corazón con estas otras nobles que te van a dejar la mente en blanco y el caparazón desarmado. Vos enroscado al eje de mi mundo, sin querer ni un instante dejar mi cintura y yo, yo colocada de vos.

Con una fotografía

Se lo dijo con una foto, con ésta. Le dijo (...) Quiero hacerte el amor poniéndote de espaldas y tumbándome sobre tus alas. Darte media vuelta y subir con mis ansias sobre tus dos piernas para deslizarme de a poquito a todos tus momentos. Llevarte hasta el color fluorescente del rojo y estrellarte con un beso que te abra el apetito. Tragarme tu lengua, morderte el cuello. Arañarte. Ponerte blando, ponerte duro. Y de nuevo media vuelta y acostarme sobre tu figura que quizás huela a amor o no, para volar hacia un lugar donde se vive porque sí. Donde los equilibrios de los dos se juntan en la fuerza de un beso, en las ganas inmediatas de tenernos.
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