Pasa que no pasa nada

Rikki Kasso
- ¿Qué te pasa hoy?
- Me pasa que no me pasa nada. Eso me pasa, no pasa nada.

El tren arranca de nuevo.

- ¿Y si es porque lo estás buscando en el lugar inadecuado?
- ¿En el lugar inadecuado?
- Y sino lo tenes que buscar.
- ¿Dejar de buscar?

El tren frena. Se abren las puertas. Baja y sube gente.

- No puedo dejar de buscar.
- Es verdad, sería dejar pasar todas las posibilidades.
- Sí.

Se cierran las puertas.

- Y si llega cuando tiene que llegar y tarda todo lo que tiene que tardar.

El tren vuelve a arrancar.

Mi oda a Asia

Jacob Aue Sobol
- ¿Puede pasar?
- Sí, claro que puede pasar. A mí me pasó.

(...)
-¿Cómo se siente?
- Como cuando se enamoran dos amantes. Igual.

(...)
- No pude no enamorarme.

Cuando te vi me enamoré. Sabía que pasaría así, lo intuí a kilómetros luz de distancia y por eso te dejé enroscar en mis pies y cabeza apenas te toqué. Nunca me hubiese resistido, lo quería así. Tal cual. Y te quedaste con todos mis gustos como si un rayo hubiese reseteado mi cabeza apenas te pisé y también todo lo que sentía antes. No hubo rincón de mí en el que no entraste y por eso me quería quedar ahí para seguir enamorándome, porque quiero más.

Enamorándome de este lugar acertado que no es el mio pero podría serlo. Serlo naturalmente, como si el cuerpo se hubiese dado cuenta que encontró donde dejarse reposar, dejarse estar. Sentarse y ver pasar a millones de personas. Empaparse de arroz en todas sus formas. Inundarse de ese olor inmundo pero al que se acostumbró. Incluso ahora extraña.

Perderse, sobre todo perderse en el tiempo. Un segundo ahora y dos más tarde miles atrás. Viajar con la mirada, con el olfato, con la necesidad de tocarlo todo, incluso acercarte a la piel para que me acaricies.

Apreciar que cada rostro es diferente, el brillo de los rojos y el amarillo. Los ruidos que aparecen de repente como los sabores, los diferentes dulces de las frutas, el tacto de las algas en la lengua. Una sonrisa y cientos de palabras a su alrededor que no voy a entender nunca.

Y yo sonrío como respuesta.

Hablo con la sonrisa, no se que decir pero si sonrío se ve que lo digo todo.

Me pierdo en sus ojos rasgados y ellos en los míos quizás porque son grandes. Me tocan y siguen hablándome, me invitan a una foto, nos abrazamos.

Los abrazo porque me dejan.

Los toco porque me gustan.

Sonrío de nuevo pero a la cámara. Me pregunto en cuantos álbumes familiares apareceré por no tener los ojos rasgados. Entenderán mi sonrisa, esta que les dedico para decirles que tengo una oda para Asia en mi cabeza, que me da vueltas. Que me marea, que me enreda, que no quiere que me vaya. Que quiere que me quede, que me acaricia los sentidos y todas las posibilidades de una excusa para quedarme ahí, con ellos.

Que podría ahogarme en una taza de té toda una tarde y sentirme en casa mientras imagino que en otra vida, tal vez en otra vida, quizás era de aquí.


El instante en excusa

Rikki Kasso
En un lugar sucediendo ahora.

- ¿Me acompañas a fumar?
- No fumo.
- Yo tampoco (...)

¿Me acompañas?, insiste ella.

Descalza y enamorada (...)

Rikki Kasso
Bailando debajo de las estrellas sobre el césped mojado. Descalza y enamorada. Caminando de la torre del castillo de Rapunzel hasta la estación de tren en Chiyoda. Comprando un ramo de flores blancas y un billete al centro de la tierra sin escala. Un vestido limpio y las manos nerviosas, sale apresurada de un lugar que nadie conoce con un cigarrillo pensativo recién encendido y con la cabeza en otro lugar, pensando ahora en ella. Y cuando se piensa camina por el único jardín encantado que todavía queda y por el pueblo de garifas que lleva un tiempo abandonado. Entra al túnel que une el río salado con el mar dulce, salta montañas altas, cruza aldeas azabaches, habla con los árboles, con las nubes y se olvida de la mala fortuna al tropezarse. Cuando se piensa se enamora del tiempo que no lleva reloj, de la luz del día, de los tal vez y del sabor del agua y del limón. De lo oscuro de la noche, del silencio del ruido. De las cuentas con los dedos. De la última página de un libro, del espacio que el aire infla. De los sueños incondicionales, del instante que acaba de suceder, de la risa al miedo. De sus pies tan pequeños y esos pasos tan grandes. De las estrellas en su cama, de las probabilidades y de la posibilidad verosímil y fundada de que algo espectacular a punto de pasar le pueda suceder.

Gala a la espera

Rikki Kasso
Una desgracia con gracia es querer tenerte como una gala trágica de comedia absurda el no tenerte. Es un espectáculo que me camina por encima de las piernas con cosquillas que intranquilizan. Un soneto que me burla con 14 versos que desprecio, es el vapor que se me hecha encima y los poros que se abren. Lo que hay detrás de las luces, lo que las luces me dejan y no me dejan ver. Todo lo que no puedo retener, lo que quiero conservar. Es lo que sucede antes de las paredes, por debajo de la epidermis, atrás del iris, de la retina. De la retina que se ha vuelto sensible a tu luz, al tiempo que no puedo dejar de contar y las cuentas que empiezan a salir mal cuando el telón no se abre. Cuando los aplausos no se escuchan. Cuando las ganas de tu instante en ese segundo tuyo no llega.

El tabaco dulce se condensa en pensamientos dulces

El humo las invita a reflexionar y por ser prohibido la mente se excita más. El tabaco dulce se condensa en pensamientos dulces. Tanto que las tres se pierden en el último átomo, el último átomo dulce que logran contar antes de entrar en donde no hay Dios sino ellas.

Solo ellas y lo que piensan, lo que hacen y tal cual son. Ese mundo melancólico de las hormonas femeninas y la intensidad con qué los sensaciones se sienten (...)

- ¿Si es justamente por eso?, pregunta Simone.

- Y si es por la melancolía de las hormonas que entendemos la electricidad de las sensaciones de forma diferente, de forma profunda. Delicada, tan delicadamente que no soportaría lo que el viento borra o lo que la tierra tapa.Tan sutil, frágil. Tan sensible, tan delicadamente sensible que podría pintar de verde el sonido de las hojas amarillas cuando vuelan.

Cuando caen.

Cuando mueren.

Prender fuego una mirada, inundar de caricias las palabras dedicadas, llenar de lágrimas todos los anhelos infinitos por los que las mujeres amamos sin medir.

Sin leer las consecuencias.

Sin saber todo lo que puede lastimar, todo lo que va a lastimar.

Y si lastima (...) que más da porque de todos modos vamos a dejarnos atrapar por el humo que deja el viento cuando nos lo ha quemado todo buscando de nuevo ese anhelo por el cual nuestras hormonas sienten la electricidad de las sensaciones de forma diferente.


Rosa Luxemburgo, Simone De Beauvoir y Emma Goldman en la playa, fumando pipa (1930’s.)

Pensamientos circulares

- ¿Crees en el destino?
- No se.
- Yo sí, es un puente (...)


Y si al final el destino es este puente de posibilidades que trazo desde mis deseos hasta cada rincón de tu forma, a cada rincón de tu forma por dentro y por fuera para traerte al mundo de los pensamientos circulares. Al de los míos. A este instante en mi cabeza donde te enredas conmigo y yo me pierdo contigo.

Al que coso antes de dormir para atar tu historia a la mía. Al principio de tu querer dejarte encontrar con el final de mi siempre buscarte. Al momento de las intenciones interestelares enredando tus hilos entre los mío. A las ganas de los nudos que no se pueden deshacer, al desorden de los cuerpos cuando se empiezan a querer.

Y si el destino es esto, unas ganas inmensas que provocan tenerte cuando no logro verte y todo lo que quiero después.

(...) Pensó mientras pensaba en él con los ojos cerrados.

En la parada de su cintura

Caminaban y ella pensaba en él, en acortar la distancia.
(...) Y pensó hacia adentro.
Estaciona tus pensamientos en la parada de mi cintura y antes que te metas adentro de tu caparazón, te soplo por detrás de la oreja con aire frío de invierno. Te volteas y te pido permiso. Permiso para empujarte al centro de mi equilibrio, a esto. A todo esto y a lo que hay un poquito más allá, del otro lado de la línea que dibujan todas las sábanas que podríamos arrugar. A que te estrelles conmigo caminando descalzos por la vida como recompensa.
A lo eterno de este instante placentero que te tiene colocado, que nos coloca. Que me coloca y me pone a tu lado. Al ya no me acuerdo de tener miedo. Al sabor dulce de mis besos que juegan con el amargo de tus recuerdos. Y cuando te mojo los hago pequeñitos hasta hacerlos desaparecer. Desaparecer los miedos que tiene tu razón, aunque al final esto nos dure ese instante.
Desaparecerlos con ese déjate llevar al lugar donde mis besos se hacen dulces. Un momento eterno en la fabrica donde pienso tus caricias, a la nave desde donde remonto los pensamientos que te dedico. Al huracán que empuja las ganas que te tengo. A la fuente de mis hormonas, al mar de todas mis lágrimas, a la cueva de mi risa, al puente de mi locura. A libro de mis ojos.
Al agua que te acaricia y también al aire con el que te inflas, el mismo que te recorre por dentro y me genera envidia. A estas cuatro piernas haciendo una trenza, al suspiro que borra el camino por el que entraste y no saliste. No te voy a dejar salir. A la hora de sacarte la ropa. Ponerte perfume, dibujar cuerpos desnudos y comer. Al pensamiento que te obliga a mi presencia, a golpear en la puerta de mi marea.
Voy hacer desaparecer las malas intenciones que te pintaron gris el corazón con estas otras nobles que te van a dejar la mente en blanco y el caparazón desarmado. Vos enroscado al eje de mi mundo, sin querer ni un instante dejar mi cintura y yo, yo colocada de vos.

Con una fotografía

Se lo dijo con una foto, con ésta. Le dijo (...) Quiero hacerte el amor poniéndote de espaldas y tumbándome sobre tus alas. Darte media vuelta y subir con mis ansias sobre tus dos piernas para deslizarme de a poquito a todos tus momentos. Llevarte hasta el color fluorescente del rojo y estrellarte con un beso que te abra el apetito. Tragarme tu lengua, morderte el cuello. Arañarte. Ponerte blando, ponerte duro. Y de nuevo media vuelta y acostarme sobre tu figura que quizás huela a amor o no, para volar hacia un lugar donde se vive porque sí. Donde los equilibrios de los dos se juntan en la fuerza de un beso, en las ganas inmediatas de tenernos.

Como Adán y Eva

Vamos a ser amantes como Adán y Eva porque te voy a sacar una costilla y me haré un cepillo para desenredar los pensamientos que te van a enredar a mi cintura. Seremos amantes de barro y te moldearé con el fuego que yo encienda. Seremos un ser con dos individualidades, un hombre y una mujer, dos animales, dos almas que se cruzan y se hacen energía. Seré tu mascota más sumisa, tú mi esclavo espartano y te sujetaras de mis manos y nos ataremos las cadenas y después también las venas y los corazones se sincronizarán para latir al mismo tiempo, para amarnos con acuerdo. Seremos Adán y Eva especulando amarnos, salpicando con pretextos para volver a tocarnos. Seremos dos amantes desnudos frente a la nada y en la nada plantaremos lo que nos salga del cuerpo hasta que las ganas se frenen, hasta que abras tus ojos. Hasta que me mires fijo. Hasta que te me metas adentro. Hasta que no quieras salir.

Desespera

Es el olor de su sombra que no le llega a los labios, por eso desespera. Por eso no duerme. Por eso no come. Por eso se pone toda nerviosa, por ese olor que se le olvida.


Voy a comerme tus ataduras


Voy a comerme tus ataduras y las que no, me las fumaré. Absolutamente todas, empezando por las que no te dejan despegar y las que te llevan a donde no quieres ir. Voy a empezar despacio, no te vas a dar cuenta. Voy a comerme todas, la que te sujeta los pies y la que te ata las manos. Voy a comerme todos los caparazones que te echaste encima estos últimos años y el resto me lo fumo. Voy a desprenderte de todo lo que te ata y te voy a remontar conmigo a donde se me de la gana. Voy a liberar tu corazón a base de esa confianza que traen los besos, el autoestima de las caricias, la paz de una sonrisa y así despacito, voy a comerme tus ataduras y te dejaré desnudo atado a mi cama sin soga ni cadena, sino con ganas. Unas ganas terribles a querer atarte a mí.


Helena tenía sexo

Helena tenía sexo para evitar la luna llena estrellarse contra el suelo. Jugaba al amor que no le quedaba en el cuerpo, ni una pisca de lo que sintió. Ni la más remota cosquilla, ni el escalofrío más perdido, ni rastros de los orgasmos encantados que una vez se paseaban por su asfalto. Solo era sexo. Sexo seco sin saliva. No había besos ni caricias, solo sexo del resto de un amor que se cayó adentro de un cráter y del cual no volvió a saber. De eso hace ya muchas fuerzas por volver a remontar la luna. Y en el espejo de su mente no había nada de qué hablar solo sexo de un amor que se estrelló adentro de un cráter de una luna que no remontó. De una luna llena que se estrella contra el suelo mientras solo tiene sexo igual que cuando resuelve un crucigrama sola en la cama.


Hadas con mandarinas

Como una Cenicienta sin cuento y sin magia, con carrito de supermercado a 34 grados. Como Blanca Nieves pero sin príncipe ni manzanas, con resaca y zumo de naranja. Como Rapunzel sin torre y con turno en la peluquería así es mi cuento de hadas con mandarinas.


Las mujeres aman diferente, el nuevo libro de Luciana Salvador Serradell

¿Las mujeres aman diferente? ¿Cómo se abre el corazón de Carolina y en qué juegos se enreda el de Victoria? ¿Cómo se cura Lucia y cuánto puede soportar Eva? ¿En qué lugar se perdió Olivia y cuándo fue qué Carmen oxidó?

Carolina, Victoria, Lucia, Eva, Olivia o Carmen son algunas de las protagonistas que cobran vida en el último libro de Luciana Salvador Serradell, Las mujeres aman diferente. Se trata de una antología de cuentos y relatos cortos sobre el mundo del universo femenino, sobre sus miserias más absurdas y que lastiman, el despertar y la búsqueda de la felicidad.

El libro está disponible para su compra en el portal de libros www.lulu.com.
Support independent publishing: Buy this book on Lulu.
De esta manera, Las mujeres aman diferente se suma a la lista de obras literias ya publicadas por Luciana Salvador Serradell, entre las que se encuentran cinco microrrelatos (Editorial Intangible) y que forman parte de la Colección 5`, una recopilación de obras originales e inéditas especialmente concebidas para e-books. Los cuentos publicados son El despecho de Ana; El funeral de Lola; La mala educación de Mariana; Paula se vacía en el espejo; y Alicia no fue invitada.

La bitácora de cuentos y relatos cortos de Luciana Salvador Serradell, Bosque Luciérnagas www.bosquedeluciernagas.blogspot.com, fue premiada como Mejor blog nacional de creación literaria en los II Premios Revista de Letras, el canal de libros de LaVanguardia.es.

Lo ilógico de la piel


Es ilógico, no lógico como los sabores que a la mente le gustan. Así le camina por dentro, como cosquillas irracionales que le llenan la cabeza de sabores, todos los sabores que se pueden escarbar de las ganas que le tiene. Es también irracional, no racional como la presión fuerte que siente en el estomago. Así se le mueve por dentro, como escalofríos que se pasean por la piel erizándola para después encogerla hacia ese deseo que la controla ahora. El del apetito, el capricho y el anotojo que provoca la química de los cuerpos que se atraen como imán. Tan demencial, tan alucinante, tan caótico e igual de increíble como la contracción y la dilatación que hace el corazón cuando empieza a existir.

El cachondeo del amor

Se despertó a las diez y era la primera vez. Ismael cantaba a Ismael y de las sábanas salió oliendo a mermelada de arándanos y fresas, la piel suave y los pulmones llenos de aire. Se lavó la cara sin querer, los dientes también. Un café negro y se sentó frente a la ventana del comedor a volverlo a oler, del otro lado del vidrio se pasea un pez con siete patos. Una nave espacial se da la bienvenida en la acera y hombrecitos de otro lugar pasean en bus. Y el tiempo canalla, el que la dejó con ganas de más, colgó su reloj en ese cuadro de Picasso y se fue de vacaciones a Málaga.

¿Quién dijo que la felicidad no se puede comprar?

Alfred Eisenstaedt
- ¿Quién dijo que la felicidad no se puede comprar?, se preguntó apenas despertó y antes de comenzar la ceremonia comercial.

De haberlo preferido, hubiese sido con almendras pero de todos modos eligió chocolate, dos kilos y medio alcanzarían para llegar al final acompañado de un sabor dulce. Después compró alegría en colores con tonalidades verdes y con rojos y cascadas de naranjas que colgaría al lado de la ventana. Un cuadro hermoso que costó una bestialidad pero emana esa sensación pegadiza que tienen las acuarelas cuando saben describir lo que los ojos quieren ver y lo que el corazón necesita tener. También se llevó perfume a brisa marina para inventarle al olfato una excusa inducidora al cerebro e invitarlo a la tranquilidad del mediterráneo, aunque lleve años solo pisando asfalto. Sábanas suaves que lo arropen en seguridad, toallas de algodón que lo acaricien con amor y masajes capilares para descargar ganas y lo saquen de sí mismo. Zapatos nuevos, camisas y dos pares de pantalones que desorienten a las endorfinas y sirvan de placebo para su adrenalina. Dos horas en el cine y una cita con todos los espectadores y actores aunque vaya solo. Cuotas de azúcar recetadas en dosis de Coca Cola cada dos horas, la posibilidad de un pasaje de avión a algún lugar y un televisor inmenso que le hace compañía, habla y canta. Y después de tomarse ese helado de chocolate, bien al final y antes de irse a la cama, se toma una pastillita mágica que lo pone a dormir en cuestión de segundos para evitarse pensar en la posibilidad, en la pregunta que podría no dejarlo dormir.

No un día cualquiera en la playa

Alfred Eisenstaedt
- Nunca me sentí más viva, dijo.

Unos minutos después se levantó algo de viento, esa brisa marina que sabe acariciar cuando el sol pega de frente. Ella dejó que la abrace y la sensación de estar viva se transformó en un escalofrío lleno de adrenalina que al final la invitó al mejor día de su vida.

Amor con insistencia que Anabel no quiere

Estoy segura que amaste con insistencia. Claro que me di cuenta que lo hiciste, mirame; no te quiero ni ver, le dijo Anabel.

Cuando las ilusiones de Marcela

Sí, se había enamorado una vez de los piolines que movían la circunferencia en la que se subía a surfear las olas de un mar dulce. Y tan enamorada estaba, que de las manos le salieron tantas ganas de tenerlo por tenerlo, acariciarlo por acariciarlo y sus dedos se volvieron enredaderas. Enredaderas que enredaban ilusiones falsas que en primavera daban flores amarillas sin sabor ni olor. Flores de mentira. Flores de juguete, de plástico como las cabezas de las muñecas con las que jugaba a ser mamá y que después rodaban por la habitación. De eso se enamoraba Marcela cuando quería querer, de unas ganas imposibles sin concretar, de algo falso que se inventaba tan perfecto en su cabeza. En su cabeza enamoradiza con antojos propios de su edad, con sueños por atrapar. Con una lista de ilusiones que quizás no se anime nunca a hacerlas realidad, todo por miedo a fracasar.

Los que quiero de Abril

Sabes de qué tengo ganas, de meterme en la teoría de Einstein, la de la relatividad y hacer un pacto con el demonio. Echar las monedas al cielo y si cae cruz, quedarme con todo lo que quiero. Absolutamente todo, desde el principio de todos los principios, hasta el fin de todas las probabilidades. Por eso necesito volver el tiempo atrás, a cuando todavía no había nada y cambiarlo por todo. El aire perfumado por otro más fuerte, hacer que las estrellas hagan cortocircuito y dejar que todas las bestias se estrellen, como cuando caen meteoritos en el fondo de un jardín que no es el mío. Quiero desenroscar mis intestinos y volver a acomodarlos, quiero lágrimas sin sabor para no darme cuenta cuanto duele cuando duele como el demonio. Quiero un minuto de silencio, una entrevista con la naturaleza y una cena con el fuego. Quiero más agua fresca antes de la fiebre, quiero más hojas verdes antes de peinarme. Quiero un camino largo con faroles a una casa en la montaña, y en la montaña quiero un árbol y en el árbol, libros. También ventanas sin cortinas, un chorro a presión y una parra. Quiero una explicación más sincera cuando mi cara desencaja, quiero escalofríos que se vuelvan carcajada y carcajadas que viajen más rápido que el sonido. Una nube azul, azulísima al lado de otra blanca, blanquísima. Quiero un gen que me haga ver en la oscuridad y otro para hablar chino. Una tela de araña para antes de caerme y alas de mosquito para cuando ya me caí. También un café con leche, tres media lunas y quiero cinco oportunidades más, por sino puedo con la única que estoy pidiendo.

Los seré de Eugenia

Seré la cuba de agua fría que te despierta, el cuadrado imperfecto que te arrincona y el círculo deforme que te corre. Seré la gelatina aguada que te empalaga, la tierra mojada que te atrapa, el disco rayado que no te deja dormir y el almohadón descocido que no quieres tirar. Seré la enredadera que se te enreda, la electricidad que te sacude. El calcetín que te ajusta y el otro que te gusta, seré el plato vacío después de llenarte y el postre al que no dejarías de entregarte. Seré el ruido que te paraliza y la vocal de la primer letra al despertar. Seré el país al que viajarías, el color que más te gusta y el sabor que siempre eliges. Seré la sal de tu salero y el azúcar de tu café. También la mano que te pellizca y la otra que te acaricia. La baldosa floja que te moja, la silla en la que te sientas y el pensamiento que te transporta. Seré la huella de tu suela y la sombra de tu silueta. Seré el aire después del suspiro, la última gota que te rebalsa. Seré el tiempo en tu reloj y el destiempo en tu olvido. Seré tu que será. Seré tu que se yo…

El altar de Jazmín

Locura. Locura era lo que sintió Jazmín por él. De la sana, la que no se mezcla con la oscuridad incluso cuando se apaga la luz en la habitación. Se desnudaron, se besaron y se acariciaron. En ese orden y al revés, de nuevo y otra vez. Lo hicieron hasta el día siguiente y el que vino después, y si hubiese cabido la posibilidad, durante mil noches más. Por eso ella le dedicó un altar bonito a orillas del mar con velas de jazmín, con lucecitas de colores y con aroma a sal, por los días que duró pero sobre todo, por todas las posibilidades que él le dejó, por la Jazmín que se despertó.

Eva viaja a la luna

El interrogatorio en migraciones era el mismo pero por alguna razón las preguntas le sonaban diferentes a Eva, o acaso era este viaje a la luna que la tenía tambaleando en la ambigüedad, entre sentirse rara o llena de felicidad. Si ya había viajado al espacio más de 30 veces, la primera vez en una misión secreta en 1986, justo después del mundial, en julio, entonces por qué migraciones la ponía hoy nerviosa. El tipo de bigote gordo y corbata ajustada ni siquiera levantaba la mirada para poner el sello que te deja salir de la tierra, tampoco prestaría atención a Eva, mucho menos a ese calor sofocante que la quemaba por dentro. Tragó saliva y sintió como un sabor metálico lo inundaba todo, se llevó la mano izquierda al cuello y la sintió fría y transpirada, se aseguró de tener el pasaporte en un sobre, justo debajo del brazo izquierdo. ¿A la luna?, pensó. ¿Por qué me pone tan nerviosa viajar a la luna si ya he ido y vuelto más veces que ninguna otra persona? Entonces lo supo, es la única que sabe cómo volar al espacio directamente desde Talcahuano y Alberti, en pleno centro de Buenos Aires y hace tiempo que no se da ese gusto por eso de andar con los pies demasiado sobre la tierra, el de viajar a la luna de vez en cuando.

Las galletitas de agua de Orfelia

Orfelia come una galletita de agua que hace ruido cuando la muerde. Mientras tanto una gotita intenta escaparse de la canilla justo después del último subidón y del que viene después. La pava espera un hervor nupcial y la taza ya está cargada con ese saquito de té verde pendiente de todas las mañanas y las dos cucharaditas de azúcar que siempre engordan cuando empieza el otoño. Orfelia vuelve a untar de mermelada roja otra galletita de agua, de nuevo mastica y hace ruido cuando la muerde. El mismo pero diferente que hacen las hojas que se caen y raspan la vereda. El de las plantas en otoño y el mismo que hace la cabeza cuando no entiende y suena a algo que se rompe. Algo que cae desde lo más alto, que se alza al vuelo y de todas formas cae al suelo. A una galletita de agua que siempre que se come, se rompe. Es que la cabeza de Orfelia cuando no entiende, suena a un mordisco seco.

Invitala a un café

Fue encender fuego una cometa en el aire. Su cometa. Colgado del vuelo desde hace un par de meses toca el cielo con las manos cuando lo hace, cuando la encuentra de casualidad caminando sola por la calle. La ve, le sonrié, lo intenta. Y cuando lo hace, cuando lo intenta, le grita en silencio y con todas sus fuerzas que es por ella por quien se remonta hasta las nubes de Córdoba y más alto. Y de tan alto hace semanas que ha pasado las nubes y se ha empezado a quemar con el sol. Se prende fuego en silencio cada vez que la ve doblar en cualquier esquina, le sonrié de nuevo y no se anima. Entonces se incendia todo por dentro y ella no lo sabe. No sabe que por ella se le queman las tripas, las ganas, su mirada, las palabras que no salen, los sentimientos que crecen sin querer y queriendo, y sobre todo se le quema esa sonrisa que le viene dedicando y el corazón. Ese corazón que se eleva hasta el cielo cada vez que la ve y se quema con fuego cuando no puede decirle despacio y al oído que es por ella por quien vuela. Vuela, se quema y se deja caer. Vuela, se quema y se deja caer... vuela, se quema y se deja caer. Caer cuando no intenta llevársela en su cometa. Caer porque las ganas van pesando cada día más, esas que no se saca. Caer porque el miedo lo ata a una piedra de humo pesada, gigante e inmensa que solo existe en su cabeza. Caer cuando intenta arrancarse esa ansiedad que no puede. Caer porque no se anima a empezar el vuelo con ella, empezar con un café.

Olivia, sirena de neón

Olivia es una encantadora sirena de neón que se equivocó con eso del corazón sin condiciones y ahora deambula abandonada, sin querer volver a ser ella. Una sirena de neón peculiar. Particular. Encantadora. Cautivadora. Muñeca de trapo con vestido destrozado, el adorno más bonito que se rompe en la mudanza. Una sonrisa que se hace pequeña con la despedida. Esa sed que nunca se calma, la alegría que se vuelve falsa y lo falso que se hace amigo. Un viaje a otra galaxia en cohete espacial que no sabe a regresar. Esa estrella que deja de brillar. La radio que deja de sonar, una promesa que es mentira. Promesas, promesas y promesas. Hay algunos que hacen de las promesas un oficio. Otros un arte, el arte de prometerlo todo, incluso la luna si es posible. Una luna que se ahoga en una taza de café con leche y se hace media luna. El ventilador que mueve aire caliente, el tren que se pierde como el arroz que se pasa. Ella era esa sirena de neón, la que vivía en una pecera de vidrio con piedritas de color que se han vuelto grises a mediados de diciembre, pocos días antes de navidad. Y desde enero el agua no la oxigena y en febrero las burbujas han dejado de calmarla. Sirena de neón que en marzo seguirá igual deambulando, abandonada de todo lo que solía ser. De Olivia, de su corazón sin condiciones por haber sido incondicionalmente ella.

Copiar a Teresa

Quieta, quieta como la estatua de Colón que hay después de la Rambla, así se quedó pensando lo que empezó a tramar. Y no fue por los canales complejos en los que las mujeres se mueven cuando están dolidas, lo de ella era algo profundo, profundo de verdad y menos dramático. Lo que le sucedió fue demasiado crudo como para poder esquivar la realidad eligiendo el guion de una de esas novelas que pasan por la televisión después del almuerzo. Su venganza no fue una cuestión femenina que se canaliza en un ataque de histeria con el que dejarse explotar, su venganza fue grande. Inmensamente grande y bella. Seguramente que también la hubieses aplaudido. Ovacionado y copiado. Copiar es lo que ahora toca. Copiar a Teresa.
Imitar la venganza de Teresa. Una venganza santa que la santifica por encima del motivo y lo abarca todo hasta llegar a la humanidad. Bravo Teresa, mil veces bravo.
Ves, no fue un impulso de mujer, es algo más complejo y por eso estaba quieta como la estatua de Colón pensando por dónde empezar. Hilando todo para que suceda sin error, sin evidencias a la vista. Sin más dolor que el que toca ahora, el dolor que se lleva al que tiene toda la culpa.
Sin sangre, sin gas, sin asfixias, tenía que hacerlo diferente, ganarle a la lupa del médico de turno pero no sabía cómo. Tampoco cómo entrar sin exponerse, sin saltar a la vista que ella no reza, ni siquiera sabe por dónde empezar a persignarse o como hacerle a las cuentas del rosario. Y todo lo tuvo que tramar sola. La Teresa que trabaja de asistente social en un centro de menores en un pueblo pequeño al que llega el tren, y que tiene siete pacientes que no tienen más de 28 años y 3 de ellos se han confesado. No fue el cura, el que lo hizo es el que limpia después.
Llegó temprano y se quedó esperando el tiempo que duró la misa del domingo. Eran las siete cuando todo terminó, dio una vuelta por el lugar hasta que se encontró con él de frente. Le sonrió, ella respondió y le cedió el paso. El quedó de espaldas a ella, abrió el bolso y sacó una jeringa con un líquido rojo, rojo carmesí. Volvió hacia él y le clavó la aguja en el cuello. No había nadie para ver, nunca hay nadie después de misa por eso él hacía lo que quería con ellos.
La primera reacción es la pérdida de sensación en las piernas y en los dedos, le dijo y él cayó al suelo, la miró fijo sin entender. Sin entender a la mujer fuerte y grande que lo miraba de arriba. Ojos verdes, piel aceituna y con más de 50 años. Una mujer con las cosas claras, con las ideas frescas, con el corazón bien caliente. Tan caliente como para hacer lo que otros no se atreven. Una mujer protectora se leyó en las noticias.
Ahora tendrás un shock anafiláctico y después la contraindicación de una sobredosis dice muerte, fue lo último que Teresa le dijo. Lo último que el escuchó porque después se murió. Tal cual, el médico dio su parte a la policía y el caso quedó cerrado a no ser por la carta que llegó dos días después al editor del diario del pueblo. Nada es lo que se aparenta, leyó. Las palabras abusos de menores estaban subrayadas en rojo y también cómo lo hizo por si otros no sabían cómo curar lo que la sociedad enferma: una sobredosis de B12, la misma vitamina que ella se inyecta todos los meses para evitar un ataque de histeria en su sistema nervioso. Uno de esos ataques que tienen las mujeres cuando la realidad le genera ansiedad, incluso después de una tetera de tila.

¿Cuál portada elijo?

Quiero que me digas cuál te gusta más. ¿Cuál de estas dos tapas te convenció primero? 

Lo llevo a votación y que la mayoría lo decida porque no se cuál de las dos portadas elegir... Es un proyecto pequeño, una antología de un par de cuentos para publicarse antes de San Valentín para San Valentín, historias del corazón y esas cosas cursis que últimamente me encanta describir. Historias sobre cómo las mujeres quieren y dejan de querer para volver a querer. 

Están estas dos portadas y debo elegir una. ¿Cuál te gusta más? ¿Mirando hacia arriba o mirando de frente? Igual estos dos bocetos son un montaje rápido, después se montará mejor. ¿Cuál elijo?





Natalia se fugó

Se fugó dejando las ventanas abiertas y la puerta de atrás también. Se fue buscando un lugar en el mundo, un rincón que le fuese tan propio como el color marrón de sus ojos grandes. Como las marcas que tiene en las manos, un lugar en el mundo tan igual a ella donde sus pies pequeños pudiesen anclar. Se fue porque siempre se van los que no encuentran aquí, los que no saben que buscan. Se fue perdida para perderse más en un lugar diferente. Perderse a orillas del mar, perderse en una montaña, perderse en un castillo, perderse en otros idiomas con otras voces, con otros ritmos. Perderse para buscar su lugar en el mundo y cuando creyó haberlo encontrado, Natalia se dio cuenta que no buscaba un lugar, busca una persona.

Quedas libre Adel

Erase una vez una niña flaca como una lombriz que se hizo mujer. Una de esas mujeres que tienen paciencia de tortuga y sonrisa contagiosa, y también vicios. Esos vicios que no son más que malas costumbres, hábitos adquiridos y después bien aprendidos, practicados y repasados. Una y otra vez frente al espejo, en la cocina y en el comedor. Adel estaba bien ilustrada en el tema, así era. Así es mientras un acordeón robado suena en algún lugar por debajo de su balcón, la melodía le suena. La reconoce pero no le pertenece, ya no hay responsabilidades. Quedas libre Adel, libre una vez más. Después se duerme pensando en las estrellas que no aparecen hoy, son las cuatro de la tarde de un jueves de enero del dos mil y pico. De nuevo son las ganas las que se evaporan. Las ganas que el vicio vuelve a dormir mientras Adel buscan un lugar donde huir.

Mi presentación oficial en la Colección 5'

Y un día tenía que pasar y sucedió... La Editorial Intangible, más precisamente su editor, Aharon Quincoces Lorén, me propuso lo que todo novel escritor sueña, escribir cinco relatos cortos para su posterior publicación en la Colección 5´. Se trata de una colección de libros electrónicos especialmente pensados para ser leídos en teléfonos móviles o smartphones. La Colección 5' da cabida a textos breves o ultrabreves, de distintos cortes y líneas narrativas pero con un denominador común: un tiempo de lectura que oscila de 30'' a 5'. De esto ya hace un par de meses pero hoy hago oficial su publicación en mi blog.

Comparto esta alegría personal copiando la nota de prensa que en su momento se escribió y los cinco relatos cortos que se publicaron:
                                                                      El despecho de Ana
                                                                      El funeral de Lola
                                                                      La mala educación de Mariana
                                                                      Paula se vacía en el espejo
                                                                      Alicia no fue invitada


Una nueva escritora en la Colección 5': 5 inéditos microrrelatos que dan voz a un universo femenino universal

Luciana Salvador Serradell, un nombre nuevo que se abrirá brecha en el mundo del microrrelato por sus dotes de síntesis y su capacidad narrativa, que se manifiesta en su plenitud relatándonos y no bosquejando, la complejidad, las angustias, las alegrías y perplejidades de todos los mundos del universo femenino o lo que es lo mismo, de las mujeres que han sido, son y previsiblemente serán. Los 5 microrrelatos de Luciana Salvador Serradell con los que se incrementa la Colección 5', exploran 5 posibles miserias y alegrías humanas que en las piel de la mujer cobran nuevos sentidos y diverso significado, revelando manifiestas diferencias, engaños, abusos e hipocresías cotidianas grabadas sobre la piel de Ana, por ejemplo.

Luciana Salvador Serradell, joven escritora argentina afincada en la metrópolis multicultural que es hoy Barcelona, ejerce como periodista, colaborando en diferentes medios gráficos y online en Argentina y España.

Sus 5 microrrelatos están a la venta con precios que oscilan entre 0.15 € y 0.30 €.

Con esta última incorporación ya son 7 los autores incluidos en esta colección y 24 los relatos, a los que seguirán en breve nuevas obras y autores.

La Colección 5' se dirige a un lector digital compulsivo y dotado de lectores de pequeñas dimensiones, fundamentalmente smartphones.

Todo esto y más en www.editorialintangible.com
Twitter: es_intangible
Facebook: Editorial Intangible.

Aharon Quincoces Lorén,
Editor
editor@editorialintangible.com


Martina se conecta y desconecta

El corazón de Martina está desconectado de su vagina y tiene su vagina conectada al estomago. Tiene dos tetas conectadas a sus pulmones y sus pulmones desconectados de su cerebro. Martina sufre de ansiedad oral. Ansiedad oral que la tiene conectada a su sistema nervioso. Y su sistema nervioso está conectado a sus riñones y sus riñones desconectados de sus ganas de beber agua. Martina tiene agua que se conecta con sus piernas y sus piernas desconectadas de sus músculos. Y los músculos se conectan con su corazón. Y su corazón no conecta con su cerebro.

Los fe de erratas de Laura

Laura se para bajo el marco de la puerta y la sostiene con todas sus fuerzas para que no se le caiga la casa encima. Y de la fuerza que hace se le corta la respiración, el corazón se le sube a la boca y le late demasiado cerca de la cabeza. Demasiado cerca de los pensamientos sin remedio, los que ponen a Laura del revés y contra el paredón. Los que estropean la razón y desarman el corazón. Los que duelen y no se sabe donde duelen y se mastican también cuando se duerme. Los que arruinan lo querido, lo que Laura más quería. Los que cambian la cara, los que no se deben tener. Y la casa se le viene abajo, la casa que Laura quería. La que quería hasta que dejo de sentirse una idiota para sentirse completamente idiota. Y con las dos manos sostiene lo insostenible y hace fuerza para volver a tragarse el corazón que se le escapa. Que se le va por la puerta que se abre cuando se dan las despedidas. Se va por todas las fe de erratas en las que Laura se excusa cuando intenta soñar un rato.

Besos para Muriel (II)

Durante más dos años, casi cuatro, pensó que después de los 30 y a los 40, los besos ya no se dan. Ni uno.Tampoco en la frente. Que se olvidan. Hace tiempo que a Muriel no la besan. Ni en los labios, ni en las manos. Tampoco en la frente ni el cuello, por eso pensó que los había olvidado. Que los besos se olvidan cuando uno se hace grande, pero algo tenía que pasar y Muriel al final no pudo disimular que lo andaba buscando. Una necesidad tan natural, tan femenina. Tan real, la de mezclar los fuidos y volver a sentir. Volver a por todos los besos que le eran debidos, desde el primero hasta el último y repetirlos hasta que la boca duela. Por eso Muriel salió a buscarlo. Sintió la estática en la piel. El estomago duro. El aire denso. La cabeza en la luna y ganas de llorar. Ganas de llorar por un beso. Un beso que la deje sin aire. Que la lleve a la luna despacito. Suavecito. Con sabor. Un beso que la enamore de nuevo, que se vuelva a enamorar de ella. De su cuerpo, de sus caderas, de su espalda. De sus ojos y la forma de sus pestañas. De la Muriel que se había olvidado. De la mujer que colecciona besos cuando son los besos más que caricias.

Orquídeas para Raquel

Quería subirse a su espalda, que él la voltee de prisa y se suba a la de ella para tocar la luna con los pies. Volar la cabeza. Escaparse del tiempo. Sujetarse las manos. Besarse. Morderse, morderse hasta los huesos. Que le dibuje toda una galaxia nueva uniendo con su dedo índice los lunares que Raquel tiene en su espalda. Quería hablar de ella, del espacio infinito que hay entre ella y la felicidad. Sobre las fronteras que tuvo que cruzar y a donde no quiere regresar, sobre los olores, sobre los abismos que siente cuando se siente mujer. Sobre el sol que siempre sale, la ambigüedad de las situaciones. Sobre los milagros y el milagro de encontrarse. Sobre pensarse, imaginarse. Sobre él y sobre ella. Quería hablar de todo y de nada con tal de encontrar un motivo que no lo deje ir. Una razón para que él se quede. Es que Raquel solo quería mostrarle su jardín secreto, el que nadie conoce y al que se llega acariciando sus piernas. Regalarle margaritas y orquídeas. Volver a acariciarlo y que la acaricie. Pero lo besó muy de prisa y él se asustó. E igual que el resto, no supo ver. No vio que Raquel no busca motivos de más, solo se quiere volver a a enamorar.

Besos para Marta

Durante más de dos años, casi cuatro, pensó que después de los 30 y a los 40 ya no se dan besos. Ni uno. Ni en la frente. Que se olvidan. Pero tenía que pasar algo y Marta no pudo disimular que lo andaba buscando. Sintió la estática en la piel y también la de él. El estomago duro. El aire denso. La cabeza en la luna y ganas de llorar. Ganas de llorar por un beso. Un beso que la deje sin aire. Que la lleve a la luna despacito. Suavecito. Con sabor. Un beso que la enamore de nuevo, que se vuelva a enamorar de ella. De la Marta que había olvidado, de la mujer que colecciona besos cuando los besos son más que caricias.


Eso quería Matilde


Amar. Amar sobrepasando todo lo que es querer, sobrepasando la piel y lo que hay por debajo de los huesos. Llegar hasta el aire que la infla y de adentro hacia afuera volver a amar. Eso quería Matilde, amar hasta quedarse sin aire. Vacía pero sintiéndose viva. Morderse los labios y volver a respirar hondo. Donar por amor todas sus ganas y también las caricias, las que venía acumulando desde hace años. Eso buscaba Matilde, obsesionada con el amor. Con regalar sus besos a cambio de la inconsciencia de querer con el cuerpo entero y todos los puntos de la cabeza, aunque sea una vez. Una única vez. Y entonces escupir todos los fluidos para dejarse atar a los los riesgos. A los inconvenientes de amar con locura y con todas las fuerzas. Matilde se moría por eso, por probarlo. Por hundirse en las sensaciones que quiebren, que lo rompen todo. Que acaban con los ojos y la manera de ver. Con las piernas y la manera de andar. Con la boca y la manera de amar. Por eso saltó, para dejarse caer al precipicio pero se confundió. Confundió abismo con amor.

Las costuras de Lucia


Lucia se coció las costuras del corazón, todos los agujeros por donde se salía. Se coció para no volver a perderle, para que no se le saliera de nuevo todo lo que guarda por dentro. También para no perderse. Se dio forma nueva, una diferente que tiene puntada doble e hilo rojo, un rojo obscuro. Se lo coció porque así es mejor, porque no se puede ir por la vida siendo puro corazón.

Pepa sale de cacería

En las noches salvajes de luna llena, en esas noches cuando todos los lobos salen a comer, Pepa se pinta de barro para taparse el olor. Ese olor a mujer que para algunos quita permiso femenino. Ese olor que dicen que los tienta. Por eso sale vestida de estatua desde los pies a la cabeza, una estatua viviente con una escopeta y una red. Una escopeta que espanta lobos con licencias. Con demasiadas licencias por el mero hecho de estar hambrientos. Y una red para rescatar a las que salen sin saber. Sin saber que hay lobos malos con intenciones falsas, que se visten de civil y que se esconden por allí.

Los sabores de Matilde

Todas las tardes mientras Matilde lo espera, le crujen los dientes. A las cinco se sienta frente al televisor para ver la novela que hace tiempo ya no sigue por culpa de la ventana que no la deja en paz. Se arregla en el espejo del pasillo el peinado y viste de nuevo orgullosa aquel delantal rosa que él le compró en ofertas, hace ya seis años de eso y él no recuerda. Enciende el aparato, sube el volumen, se desliza en los almohadones del sofá que huelen a primavera y finge que está todo perfecto en la casa de la esposa que espera. Así, Matilde poco a poco aprende a ocultar lo que por dentro le duele y le duele cada vez más. Tanto, que el psicólogo en la segunda consulta le dijo que eran problemas en su inconsciente, y como Matilde se siente consciente en este horrible arte de lastimar, dejó visitarlo. Es que a Matilde lo que le duele, le duele de verdad, en el consciente. Por debajo de la blusa y detrás del pecho, y es tan real como su boca vacía mientras mastica algo que le es imposible saborear. De un tiempo aquí él no llega a casa a las seis y no le sonríe a la ventana, ni le acaricia el peinado, ni le toca por debajo de la ropa. Matilde ha dejado de ver la novela y anda con cuidado cuando le sirve la cena para no descubrirlo. Mientras tanto intenta encontrar en la cena los sabores que en la cama ya se han acabado. Trata pero no lo logra y todo le empieza a afectar. Desde el par de sillas en la cocina hasta los jinetes de la apocalípsis; también el delantal y la sonrisa que no está. También este amor que siente y la tiene tan atada a la cocina.

Algo pasó con Carla

Carla se despertó ayer a las siete de la mañana y aunque repitió la rutina que sigue de lunes a viernes, una sobredosis de ingesta de cafeína le provocó una alteración explosiva que la sacó de su lugar. Primero fue en la corriente sanguínea, la sangre se le aceleró más de la cuenta y siete segundos después, las glándulas suprarrenales se le dispararon con una propulsión capaz de imprimir la aceleración de la adrenalina a niveles nunca antes registrados en los riñones de Carla. Tal fue la potencia de aquella propulsión simple y a base de cafeína, que Carla increíblemente se electrocutó con la taza de café justo después del último sorbo y antes de apoyarla sobre la mesa de la cocina. Nadie se percató de lo sucedido excepto por Carla, quien impresionada abrió más de lo que habitualmente abre los ojos y respiró con profundidad, evitando y sin saberlo un posible ataque de pánico. Aunque su cara permanecía inmutable frente a la taza de porcelana, por debajo de sus pupilas dilatadas otra era la procesión que estaba teniendo lugar. Centímetros por debajo de la cabeza de Carla y detrás de la corteza pre frontal, el golpe de energía provocó en sus neurotransmisores un cortocircuito tal, que afectó a todo su sistema nervioso, devolviéndole sin contraindicaciones las ganas a moverse. Un hecho inaudito y con consecuencias revolucionarias para la tranquila vida de Carla, a quien desde ayer el cuerpo le pide a gritos ocupar un lugar distinto del que ocupa. Sin embargo no fue hasta esta mañana y después de dar vuelta y vuelta en la cama, que tomó su decisión. Bien podría haber elegido empezar a desayunar café descafeinado, pero algo pasó con Carla. Su última transacción bancaria dejó en números rojos su cuenta, su jefe no tuvo tiempo de reclamos y nadie en el barrio le volvió a ver el pelo excepto por sus amigos que todavía no se lo creen. No fue hasta tres meses después de lo sucedido cuando recibieron una postal de Carla, que finalmente se reveló lo sucedido: He montado una pequeña cafetería y el azar me trajo a Djibouti. Pensar que todo comenzó en mi cocina. La rutina me ha quedado chica, decidí romper con todos los buenos hábitos adquiridos y buscarme algunos malos y grandes vicios resplandecientes.

Premios Bitacoras 2011. ¡¡¡Gracias por tu voto!!!

Votar en los Premios Bitacoras.comEsta vez te invito a que participéis también en la votación de los mejores blogs. En 2011 los Premios Bitacoras.com celebran su 7ª edición, premiando a los mejores blogs hispanos. Existen muchas categorías, entre ellas el Premio Mejor fotoblog y Premio Mejor blog personal, y otras más, pero quizás son estas dos en las que encaja mejor Bosque de Luciérnagas.


Puedes votar directamente pulsando en el link o bien manualmente.
http://bitacoras.com/premios11/votar/f0fca7f9d923d57a8b10f49796cfa075ff8231f1

Muchas Gracias a tod@s (de verdad). Gracias por leerme.

El cisne negro de María

La envidia es un cisne negro que duerme desde abril en un cuadro chino falso. En uno que colgó María en la pared más amplia de su comedor color carmín y azul. Le costó un sueldo y medio, podría haberlo comprado en cuotas pero pagó en efectivo. María siempre compra así lo que quiere, cueste lo que cueste. El cuadro del cisne lo quería por su negro azabache, tan oscuro como el pelo largo que la envuelve todas las noches hasta que el ruido irreflexivo de un reloj la despierta. Cuando la despierta la deja sin nada de todo lo que María quiere. Sin las caricias de terciopelo, las plumas y todo el oro. También sin su sueño olor Chanel, le quita su alucinación de un cuerpo acabado por el punto final de la perfección. Se lleva sus proyectos, el de un castillo tan grande que roce el paraíso y la utopía de su mundo color miel. La deja sin la fantasía de la aceptación social en el rincón más burgués de todos. Le arranca su ideal de María, por eso se despierta con la boca seca, con ambas manos cerradas y las uñas marcando la presión que ejerce cada noche sobre las palmas. María cierra los puños tan fuertemente para que no se le escape todo eso que al final no tiene. Por eso el sabor de su saliva que es más ácida que de costumbre. Poco a poco algo la está corrocionando por dentro, algo se está comiendo a María de adentro hacia afuera. El doctor no puede dar con el diagnostico pero María sabe que es la envidia. La misma que colgó en su salón y el motivo por el cual ella se viste en sueños de cisne negro. El más elegante de todos los cisnes, el que no se puede ver de noche y al que le brillan los ojos como a María. El cisne también tiene la garganta seca. Traga la misma saliva ácida que María hasta que un reloj rompe el encanto. Sin embargo hoy a las doce todo se vuelve a repetir porque siempre ha sido así. En el reino de la envida, María es reina.

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La razón del vestido de helio de Luciana

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Luciana encontró esa razón, por eso la viste vistiendo un florero de globos de helio desde que está alegre y una diadema enredadera en la cabeza cuando anda elocuente. Hace ángulos de 90 grados cuando baila y tiene pecas en la nariz, muchas pecas que ya no se quiere cubrir. Ahora sabe a donde ir y camina por las nubes de abril a abril, no trabaja y está feliz. Va saltando de charco en charco cuando llueve, y se pinta a rayas con tiza verde y lila cuando hay brisa. Cuando la brisa sopla fuerte y la despeina. Le despeina el peinado acaramelado de los sábados y también esas estructuras tan cuadradas de las cuales se sujetaba cuando estaba perdida. Perdida pensando que se le iban a morir las ganas si dejaba pasar otro día en la ciudad. Por eso se dejó volar, para no dejar ninguna verdad por buscar y por eso anda feliz. Feliz, tan feliz desde que ya no pisa aquí, desde que ha dado con ese mundo perfecto al que nunca nadie ha entrado jamás. En dónde la música tiene color y los colores son números. Ese mundo circular lleno de sietes y elefantes, de letras con vida. Oraciones que van y vienen en el sentido contrario a la rotación. En dónde la luz sale naranja y se vuelve arco iris cuando a Luciana se le da la gana y no hay rectas, ni recetas. Y los índices y estadísticas se hunden en un mar de sal que lo hace todo simple. Nunca hay última vez, ni necesidad de contar las cosas buenas con los tres dedos de la mano derecha. Los dedos no alcanzan. Por eso está feliz con esos globos de helio y la diadema enredadera en la cabeza. Va tirando oraciones a la mar, va y viene, aquí y allá aunque le digan que a los treinta y cuatro hay que poner los pies sobre la tierra. Poner los pies sobre la tierra y la cabeza atada a un gancho para que no salga volando, y todo eso antes de que sea demasiado tarde. ¿Tarde?, si así es feliz. Luciana es así y no hay nada que cambiar. Feliz porque hay tanta gente perdida por el mundo y ella sabe a dónde ir. Ese lugar al que nunca nadie ha entrado. Es un ruido que ahora suena en su cabeza. Suena a gaitas, a pianos y la atrapa. El reloj va a su tiempo, hay amigos, amores y una lista de cuentas pendientes a punto de saldar. Al final tiene eso que la atrapa tanto y la libera, y es así de simple. En la vida de Luciana las cosas suceden así nomás.

El paraíso terrenal de Gretel

Tan. Tan inocente era Gretel que al final se ganó el cielo más grande. Ese que todas quieren. Tan grande que no tiene tiempo suficiente para contar los metros cuadrados que se ganó, los que ahora habita. Eso le pasó a Gretel. La que caminó torpemente por la calle Panissars todas las mañanas y a los veinticuatro viajó sola por primera vez en metro. La que leyó todos los libros con dibujos que había en la biblioteca. La que no tuvo pena cuando no pudo más, ni vergüenza para pedir ayuda. La que regaló besos que valían más que todo el oro acumulado en un banco Suizo. La que no pretendía en la fila del supermercado y se partía de risa cuando algo le hacía cosquillas en algún rincón lejano al que nadie pudo entrar, ni el doctor. La que tenía miedo cuando la luz se apagaba y jugaba a que algún día, algún día todos serían como las Gretels que ella conocía.

Adiós a la princesa de Leticia

Se despertó antes de las siete y se sacudió las ratas. Se preparó un café cargado, tomó una ducha y se vistió con la ropa de siempre pero sin antifaz y sin espejo. Ese día no era para ser princesa. Salió por la puerta grande con una bandera blanca y el mástil herido. Había decidido darle tregua a todas las batallas, retirar lo dicho y empezar a respirar de cero. Dejar de tapar los agujeros con Paracetamol, los alborotos de la soledad y las ciudades en paz. Ya no más empantanarse con los recuerdos, empezar a caminar sola y mandar al diablo el diablo y el resto al carajo. Esquivar leones y las escupidas que van contra el viento. Igual que despedirse de la mala sangre y los intratables desquiciados. De los monigotes, los imbéciles y de su vanidad. De las brujas y las que te sirven cianuro con el té. Todo porque Leticia se despertó con ganas de poner la cabeza al mando y el corazón en segundo plano.
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