Los sabores de Matilde

Todas las tardes mientras Matilde lo espera, le crujen los dientes. A las cinco se sienta frente al televisor para ver la novela que hace tiempo ya no sigue por culpa de la ventana que no la deja en paz. Se arregla en el espejo del pasillo el peinado y viste de nuevo orgullosa aquel delantal rosa que él le compró en ofertas, hace ya seis años de eso y él no recuerda. Enciende el aparato, sube el volumen, se desliza en los almohadones del sofá que huelen a primavera y finge que está todo perfecto en la casa de la esposa que espera. Así, Matilde poco a poco aprende a ocultar lo que por dentro le duele y le duele cada vez más. Tanto, que el psicólogo en la segunda consulta le dijo que eran problemas en su inconsciente, y como Matilde se siente consciente en este horrible arte de lastimar, dejó visitarlo. Es que a Matilde lo que le duele, le duele de verdad, en el consciente. Por debajo de la blusa y detrás del pecho, y es tan real como su boca vacía mientras mastica algo que le es imposible saborear. De un tiempo aquí él no llega a casa a las seis y no le sonríe a la ventana, ni le acaricia el peinado, ni le toca por debajo de la ropa. Matilde ha dejado de ver la novela y anda con cuidado cuando le sirve la cena para no descubrirlo. Mientras tanto intenta encontrar en la cena los sabores que en la cama ya se han acabado. Trata pero no lo logra y todo le empieza a afectar. Desde el par de sillas en la cocina hasta los jinetes de la apocalípsis; también el delantal y la sonrisa que no está. También este amor que siente y la tiene tan atada a la cocina.

Algo pasó con Carla

Carla se despertó ayer a las siete de la mañana y aunque repitió la rutina que sigue de lunes a viernes, una sobredosis de ingesta de cafeína le provocó una alteración explosiva que la sacó de su lugar. Primero fue en la corriente sanguínea, la sangre se le aceleró más de la cuenta y siete segundos después, las glándulas suprarrenales se le dispararon con una propulsión capaz de imprimir la aceleración de la adrenalina a niveles nunca antes registrados en los riñones de Carla. Tal fue la potencia de aquella propulsión simple y a base de cafeína, que Carla increíblemente se electrocutó con la taza de café justo después del último sorbo y antes de apoyarla sobre la mesa de la cocina. Nadie se percató de lo sucedido excepto por Carla, quien impresionada abrió más de lo que habitualmente abre los ojos y respiró con profundidad, evitando y sin saberlo un posible ataque de pánico. Aunque su cara permanecía inmutable frente a la taza de porcelana, por debajo de sus pupilas dilatadas otra era la procesión que estaba teniendo lugar. Centímetros por debajo de la cabeza de Carla y detrás de la corteza pre frontal, el golpe de energía provocó en sus neurotransmisores un cortocircuito tal, que afectó a todo su sistema nervioso, devolviéndole sin contraindicaciones las ganas a moverse. Un hecho inaudito y con consecuencias revolucionarias para la tranquila vida de Carla, a quien desde ayer el cuerpo le pide a gritos ocupar un lugar distinto del que ocupa. Sin embargo no fue hasta esta mañana y después de dar vuelta y vuelta en la cama, que tomó su decisión. Bien podría haber elegido empezar a desayunar café descafeinado, pero algo pasó con Carla. Su última transacción bancaria dejó en números rojos su cuenta, su jefe no tuvo tiempo de reclamos y nadie en el barrio le volvió a ver el pelo excepto por sus amigos que todavía no se lo creen. No fue hasta tres meses después de lo sucedido cuando recibieron una postal de Carla, que finalmente se reveló lo sucedido: He montado una pequeña cafetería y el azar me trajo a Djibouti. Pensar que todo comenzó en mi cocina. La rutina me ha quedado chica, decidí romper con todos los buenos hábitos adquiridos y buscarme algunos malos y grandes vicios resplandecientes.

Premios Bitacoras 2011. ¡¡¡Gracias por tu voto!!!

Votar en los Premios Bitacoras.comEsta vez te invito a que participéis también en la votación de los mejores blogs. En 2011 los Premios Bitacoras.com celebran su 7ª edición, premiando a los mejores blogs hispanos. Existen muchas categorías, entre ellas el Premio Mejor fotoblog y Premio Mejor blog personal, y otras más, pero quizás son estas dos en las que encaja mejor Bosque de Luciérnagas.


Puedes votar directamente pulsando en el link o bien manualmente.
http://bitacoras.com/premios11/votar/f0fca7f9d923d57a8b10f49796cfa075ff8231f1

Muchas Gracias a tod@s (de verdad). Gracias por leerme.

El cisne negro de María

La envidia es un cisne negro que duerme desde abril en un cuadro chino falso. En uno que colgó María en la pared más amplia de su comedor color carmín y azul. Le costó un sueldo y medio, podría haberlo comprado en cuotas pero pagó en efectivo. María siempre compra así lo que quiere, cueste lo que cueste. El cuadro del cisne lo quería por su negro azabache, tan oscuro como el pelo largo que la envuelve todas las noches hasta que el ruido irreflexivo de un reloj la despierta. Cuando la despierta la deja sin nada de todo lo que María quiere. Sin las caricias de terciopelo, las plumas y todo el oro. También sin su sueño olor Chanel, le quita su alucinación de un cuerpo acabado por el punto final de la perfección. Se lleva sus proyectos, el de un castillo tan grande que roce el paraíso y la utopía de su mundo color miel. La deja sin la fantasía de la aceptación social en el rincón más burgués de todos. Le arranca su ideal de María, por eso se despierta con la boca seca, con ambas manos cerradas y las uñas marcando la presión que ejerce cada noche sobre las palmas. María cierra los puños tan fuertemente para que no se le escape todo eso que al final no tiene. Por eso el sabor de su saliva que es más ácida que de costumbre. Poco a poco algo la está corrocionando por dentro, algo se está comiendo a María de adentro hacia afuera. El doctor no puede dar con el diagnostico pero María sabe que es la envidia. La misma que colgó en su salón y el motivo por el cual ella se viste en sueños de cisne negro. El más elegante de todos los cisnes, el que no se puede ver de noche y al que le brillan los ojos como a María. El cisne también tiene la garganta seca. Traga la misma saliva ácida que María hasta que un reloj rompe el encanto. Sin embargo hoy a las doce todo se vuelve a repetir porque siempre ha sido así. En el reino de la envida, María es reina.

Premios Bitacoras 2011. ¡¡¡Gracias por tu voto!!!

Votar en los Premios Bitacoras.comEsta vez te invito a que participéis también en la votación de los mejores blogs. En 2011 los Premios Bitacoras.com celebran su 7ª edición, premiando a los mejores blogs hispanos. Existen muchas categorías, entre ellas el Premio Mejor fotoblog y Premio Mejor blog personal, y otras más, pero quizás son estas dos en las que encaja mejor Bosque de Luciérnagas.

Puedes votar directamente pulsando en el link o bien manualmente.
http://bitacoras.com/premios11/votar/f0fca7f9d923d57a8b10f49796cfa075ff8231f1

Muchas Gracias a tod@s (de verdad). Gracias por leerme.

La razón del vestido de helio de Luciana

www.albertovega.com/foto/galeria
Luciana encontró esa razón, por eso la viste vistiendo un florero de globos de helio desde que está alegre y una diadema enredadera en la cabeza cuando anda elocuente. Hace ángulos de 90 grados cuando baila y tiene pecas en la nariz, muchas pecas que ya no se quiere cubrir. Ahora sabe a donde ir y camina por las nubes de abril a abril, no trabaja y está feliz. Va saltando de charco en charco cuando llueve, y se pinta a rayas con tiza verde y lila cuando hay brisa. Cuando la brisa sopla fuerte y la despeina. Le despeina el peinado acaramelado de los sábados y también esas estructuras tan cuadradas de las cuales se sujetaba cuando estaba perdida. Perdida pensando que se le iban a morir las ganas si dejaba pasar otro día en la ciudad. Por eso se dejó volar, para no dejar ninguna verdad por buscar y por eso anda feliz. Feliz, tan feliz desde que ya no pisa aquí, desde que ha dado con ese mundo perfecto al que nunca nadie ha entrado jamás. En dónde la música tiene color y los colores son números. Ese mundo circular lleno de sietes y elefantes, de letras con vida. Oraciones que van y vienen en el sentido contrario a la rotación. En dónde la luz sale naranja y se vuelve arco iris cuando a Luciana se le da la gana y no hay rectas, ni recetas. Y los índices y estadísticas se hunden en un mar de sal que lo hace todo simple. Nunca hay última vez, ni necesidad de contar las cosas buenas con los tres dedos de la mano derecha. Los dedos no alcanzan. Por eso está feliz con esos globos de helio y la diadema enredadera en la cabeza. Va tirando oraciones a la mar, va y viene, aquí y allá aunque le digan que a los treinta y cuatro hay que poner los pies sobre la tierra. Poner los pies sobre la tierra y la cabeza atada a un gancho para que no salga volando, y todo eso antes de que sea demasiado tarde. ¿Tarde?, si así es feliz. Luciana es así y no hay nada que cambiar. Feliz porque hay tanta gente perdida por el mundo y ella sabe a dónde ir. Ese lugar al que nunca nadie ha entrado. Es un ruido que ahora suena en su cabeza. Suena a gaitas, a pianos y la atrapa. El reloj va a su tiempo, hay amigos, amores y una lista de cuentas pendientes a punto de saldar. Al final tiene eso que la atrapa tanto y la libera, y es así de simple. En la vida de Luciana las cosas suceden así nomás.

El paraíso terrenal de Gretel

Tan. Tan inocente era Gretel que al final se ganó el cielo más grande. Ese que todas quieren. Tan grande que no tiene tiempo suficiente para contar los metros cuadrados que se ganó, los que ahora habita. Eso le pasó a Gretel. La que caminó torpemente por la calle Panissars todas las mañanas y a los veinticuatro viajó sola por primera vez en metro. La que leyó todos los libros con dibujos que había en la biblioteca. La que no tuvo pena cuando no pudo más, ni vergüenza para pedir ayuda. La que regaló besos que valían más que todo el oro acumulado en un banco Suizo. La que no pretendía en la fila del supermercado y se partía de risa cuando algo le hacía cosquillas en algún rincón lejano al que nadie pudo entrar, ni el doctor. La que tenía miedo cuando la luz se apagaba y jugaba a que algún día, algún día todos serían como las Gretels que ella conocía.

Adiós a la princesa de Leticia

Se despertó antes de las siete y se sacudió las ratas. Se preparó un café cargado, tomó una ducha y se vistió con la ropa de siempre pero sin antifaz y sin espejo. Ese día no era para ser princesa. Salió por la puerta grande con una bandera blanca y el mástil herido. Había decidido darle tregua a todas las batallas, retirar lo dicho y empezar a respirar de cero. Dejar de tapar los agujeros con Paracetamol, los alborotos de la soledad y las ciudades en paz. Ya no más empantanarse con los recuerdos, empezar a caminar sola y mandar al diablo el diablo y el resto al carajo. Esquivar leones y las escupidas que van contra el viento. Igual que despedirse de la mala sangre y los intratables desquiciados. De los monigotes, los imbéciles y de su vanidad. De las brujas y las que te sirven cianuro con el té. Todo porque Leticia se despertó con ganas de poner la cabeza al mando y el corazón en segundo plano.

La calle de Anahí

La guitarra suena en la otra habitación. No la quiere escuchar, tampoco quiere estar ahí. Se quiere ir lejos, no sabe a donde pero se quiere ir. Salir de ahí, volver a Brasil. Comprar algo y quedarse a vivir. Tener hijos y hacer las coas que hacen las mujeres después de los treinta. También buscarse un oficio, otro porque el que tiene ahora no le gusta. En realidad nunca le gustó pero no había otra cosa. Además lo tuvo que aprender rápido, tres lecciones a la fuerza y un guantazo en la cara. Esperar en algún punto de la Rambla y animar a que algún guiri desanimado muerda el anzuelo, que la muerda a ella. Esperar parece fácil pero no lo es. No es como esperar el metro en Diagonal, es otro tipo de esperar. Con un ojo está buscando una presa, siempre de lejos el chulo la observa. Observando si cumple con su cuota del día. La observa como una mercancía, como una de esas que traen de China y venden por nada, así la tratan. Y no importa en qué día del mes está o si es navidad. Con el otro ojo observa todo lo que no va a tener, también el respeto que le hace falta. Eso es lo que más le duele, la falta de respeto con que la tratan, el respeto que le sacaron junto con el pasaporte apenas abandonó el aeropuerto. También se llevaron los planes que tenía, ese que decía que estudiaría en la universidad mientras cuidaba los hijos de otra, de una señora con dinero que quería una niña jovencita. Y después volver a Río con reales suficientes como para montar algo bonito. Por eso dicen que parece fácil esperar pero no lo es. Un ojo la cuida mientras el otro se da cuenta cada noche que está un centímetro más lejos de sus sueños, y eso que solo tiene veintisiete. Que sus sueños no son grandes. Sus sueños son pequeños, pequeños pero bonitos. Volver a tener ese respeto que ahora hecha en falta, el que le han robado e irse de aquí. Irse lejos y aunque tenga que mentir para darse una oportunidad. Mentir que no es puta y solo decir que se llama Anahí.

Cuando Bárbara quiere

Cuando las mujeres quieren, cuando lo hacen con locura como lo hace Bárbara, su mundo se les hace grande y pequeño. Ese mundo inmenso que cabe entre sus piernas cuando terminan de parir, cuando terminan de curar, cuando empiezan a cocinar. Cuando salta al precipicio y se deja enroscar por la magia, esa magia que solo las mujeres sienten. Cuando de un armario descuelga un vestido vivo para volverse a enamorar, para querer hasta el límite del arco iris y un sin fin de veces más desde el principio y hasta el final. Desde el parto que la hizo hija y el otro que la acaba de hacer madre. Por eso tiene ahora la panza vacía y el corazón grande, los pechos llenos y los ojos pequeños, dolió. Todos los partos duelen pero cuando las mujeres quieren, cuando lo hacen con locura como lo hace Bárbara, su mundo se les hace grande y pequeño y siempre hay magia. Magia aquí, magia allí, en el campo y en la ciudad. Anoche en el de Bárbara, hubo dos veces magia. Así sucede cuando las mujeres quieren.

Carmela necesita volver a cazar estrellas

Al final del día Carmela se sienta en el borde de la cama. No enciende las luces, tampoco lee. A oscuras fuma un cigarrillo. Demasiado tranquila, demasiado quieta. No hay ningún ruido en la habitación, tampoco en la calle. Los cuadernos están cerrados y los álbumes de fotografías apilados en algún lado. No hay bienvenidos, ni una cuota de vida loca. Tampoco billetes de la lotería, ni copas, ni pasajes de avión. Mucho menos magia, eso ya se evaporó hace tiempo porque ahora solo sobrevive en un cementerio de sueños. Sobrevive en este silencio que es total, silencio por dentro y por fuera. Tampoco hay ecos. Ni siquiera reza. Nada de nada suena en la vida de Carmela, por eso se apaga inalterablemente todos los días a las ocho de la noche. A las ocho, sin más.
Se queda quieta, quieta como un cadáver aunque haya sol, llueva manzanas o de la tierra broten muñecas. Si apenas mira hacia el cielo cuando cierra la ventana de su habitación, hace tiempo que dejó de pedir deseos. Un deseo audaz a todas esas estrellas que dejó pasar por apoyar demasiado temprano la cabeza en la almohada. Por no animarse a quererse un poco más.
Un poquito más le hubiese alcanzado porque Carmela se está apagando antes de cuenta, se apaga detrás de esos ojos que desprenden tristeza. Aburridos, consumidos. Está vacía a no ser por el humo del cigarrillo que ahora aspira. Y eso que solo tiene setenta año, un auto nuevo y casa con piscina. Dos hijas y un ex esposo. Y también cuentas pendientes. Esa lista de cuentas pendientes para con ella que no salda. Que tiene miedo de sacar de la mesita de noche, encender la luz y leerlas en voz alta. Gritarla a los cuatro vientos y que se le acelere el pulso. 
Entonces por pavor a las consecuencias ella y nada más que ella, decide apagarse a las ocho. Ella se lo hace en ese cementerio que edificó para dar lástima. Se vacía llenando con amargura cualquier posibilidad de felicidad. No se permite ser feliz, disfrutar de las pequeñas cosas y de las grandes metas, aunque sea una a la vez pero siempre a paso firme. No asume con ánimo la única responsabilidad que lo cambiaría todo. Ese maldito compromiso al que le tiene miedo, tanto miedo. El compromiso a jugársela por la felicidad. Un todo a todo con ella misma. Feliz, volverse feliz hasta el punto de no tener más ganas de dormir. Feliz aunque sea un mero estado de ánimo pasajero. Feliz fumándose ese cigarrillo observando las estrellas, lo haría entonces sin tragarse el humo después de pedir ese deseo.

Cuando Sara pise santos


Un día se hará justicia cuando se despierte de madrugada a limpiar sus pensamientos y no lo encuentre hurgando en sus ganas con las manos sucias. Pisará santos, clavará cuadros y finalmente podrá decirle adiós a su nombre. A su maldito nombre que no ha dejado de repetir ni un día desde que se le clavó tan adentro, como una pluma que duele en vez de hacer cosquillas. En esta vida seguro que Sara se lo saca de adentro. Una madrugada de la próxima semana o en mil años, pero en esta vida seguro. Entonces todos sus días, todas sus horas se habrán borrado de los recuerdos que ahora habitan en ella. Y cuando alguien diga su nombre, ese maldito nombre que no logra escupir, cabe la posibilidad que Sara vuelva a sentir esas cosquillas de nuevo.

El laberinto de Eva

Eva vive al final de un laberinto maldito color pastel que la mantiene apartada de todo lo que duele, de ella, de quererse tanto. Del grito, del llanto, del aire y la lluvia en los ojos. De los rasguños. También del aire, los suspiros y sobre todo, de su curiosidad. La curiosidad de Eva que es inmensamente grande, que la estampa contra esas paredes pastelosas cuando se descuida, que le provoca taparse la cara cuando llora. Esa misma curiosidad que siempre la contradijo, que la desequilibra desde el bautizo. Que la hace feliz y después infeliz. Que la condena y a la vez, es lo único que la libera. Es que a Eva le duele su curiosidad desde que se escapó de esa rutina forzada y tropezó con el viento. Le secó las lágrimas y le gustó. Le gustó saberse lejos de su laberinto. Se encontró con la libertad de cara, ese simple y complicado poder elegir. Reemplazó la lista de las compras por el de las oportunidades y descartó las posibilidades que le sobran. Por eso la obligaron a levantar ese laberinto color pastel, justo delante de su casa para que la curiosidad no se la vuelva a llevar a donde nadie ha ido jamás. Una pared alta para que no no vea más allá de sus narices, que se conforme con lo que es. Con lo que se supone que todas las Evas tienen que hacer cuando dejan de ser niñas, pero sobre todo ella. Esta Eva a la que se le inventó un paraíso a medida detrás de un laberinto maldito, con cocina moderna y despertador con radio. Con reglas aceptadas, paseos al supermercado y un vestido nuevo cada aniversario para que se olvide de todo. Mientras tanto los años pasan y Eva vive infelizmente feliz una falsa ilusión forzada en un paraíso con Evas sin curiosidad, con besos que recoge de un huerto que no es el suyo. Y carga el cuerpo de una mujer con vestido nuevo cada año y de qué le sirve. No le sirve de nada.

Los problemas de Julieta



Julieta no quiere a nadie más que a él. Y lo quiere tanto que podría llenar el camino de gotitas de amor hasta rodear el infinito punto rojo con un lazo que lleve su nombre bordado en rojo carmesí. En un rojo carmesí que Julieta misma pinta cada día cuando le dice al oído, te amo. Un te amo que el jamás escucha o escuchará. Un sonido que no le es permitido porque para él, Julieta es un imposible tan real como la necesidad de tomar agua cuando tiene sed. Como la espuma que hace la ola cuando choca contra la piedra. Choca, explota y dejá allí su final. Julieta es su principio y su fin. Su día y su noche. Se le metió en el cuerpo un día, le entró por los ojos y le perforó las entrañas el mismo día en que Julieta se enamoró de él adentro de esa habitación. La puerta se abrió pero él jamás pudo dejarla ir y eso que lo intentó. Julieta es un olor que ya no recuerda, es un trozo de dolor con el viaja. Julieta es la forma de su día, las ganas que se inventa, su primer pensamiento y el último antes de dormir. Es su deseo, es la razón por la cual el cielo se vuelve naranja. Es el ruido en su silencio. Es la risa que no escucha, los labios con los que sueña. Julieta es su ilusión más grande, lo que más quiso y lo que más quiere. Y para Julieta, él es su desesperanza más real. Tan real como el abismo que le generan los besos que no puede darle. Y el silencio que habita cuando le dice te amo al oído y él no está para escucharla. El precipicio con el que chocan sus recuerdos, el aire que toman sus pulmones. Su cielo, su sol, su tierra y su mar. Es el grito después de su silencio. Es lo que más quiere, lo que siempre querrá. Y ahí radica el problema de Julieta, un problema personal que no se puede tratar: no quiere a nadie más que a él porque su amor es tan ideal que nunca se acabará, pero él ya no está. Se fue. Por eso Julieta paga caro el peaje que le pone el infinito cada día. Sobre todo cuando viaja a decirle al oído que lo ama y nunca nadie la espera.



Carolina se pierde

El amor para Carolina es como cuando se cae una gota de Mojito en el pantalón recién puesto y da lo mismo. Carolina está más allá de la media que media borracha, y ya no le importa si es ron o agua. Si es tarde o temprano, si está sensata o con la cabeza perdida. Si tiene veintitrés o más de cuarenta y cuatro. Con quién durmió anoche y con quién se acostará hoy, si sube o baja. A Carolina le da lo mismo lo cae en su pantalón porque en la barra del bar donde siempre se sienta, el amor se confunde cuando hay alcohol y tabaco. Cuando el cuerpo se le pone flojo y las lástimas se le resbalan por los hombros y caen al suelo. Alguien siempre se las pisa. Es que de un tiempo aquí Carolina se enamora fácil y su amor tiene siempre el mismo sabor. Sabor a ron, azúcar, lima y menta.

El collar de perlas

Empezó por el cuello. Arrancó las perlas de señora, las mismas que llevaba en la última foto, la del portarretrato en la entrada. Se vio vieja. El collar que le había regalado la hacía anticuada. Las perlitas cayeron al piso, algunas fueron abajo de la cama pero no las recogió. Esta vez no. Después se desnudó frente al espejo, si hubiese podido hasta la misma piel se hubiese arrancado. Descuajado aquella señora de esta mujer, la que ahora se sincera con sus errores. La que aprendió. La que se animó. La que tardó treinta años en tomar fuerza para poder un día romper el collar de perlas que su esposo le había atado al cuello cuando apenas tenía 24.

Carmen se oxida

Carmen llenó su locura de oxido. Se arruga frente al espejo como una pasa de uva desde que él le robó la luz de su habitación. Por amor se volvió loca, él la volvió loca. Carmen se encierra en si misma y llora a oscuras desde hace más de quince años. Tiembla y enciende un cigarrillo. Traga el humo y se encapricha con la ilusión que le fue robada, se emociona con el tiempo que perdió y grita. Grita en la cuarta planta de un piso del Eixample. Escupe su cuerpo todos los estados de ánimos a la vez y llora sin contención. Llora de día y de noche y lo hace siempre sola. Se vuelve a encerrar en el baño y llora en voz alta, lo hace cada vez que recuerda el daño que él le provocó y que nadie puede ver, que nadie debe escuchar. Lo hace unas veinte veces al día y es que de tanto llorar al final Carmen se ha puesto más vieja que loca. La cabeza la tiene blanca y tiñe de castaño, tiene manchas en las manos y la forma de los labios le ha cambiado. Nunca más dejó entrar la luz y se ha oxidado de tanto llorar. Se ha vuelto un animal nocturno, uno de esos que va magullado por la calle con contusiones internas y sin heridas a la visa. Carmen dobla en Balmes y camina por Aragón mirando las figuras en las baldosas. Hoy viste un vestido negro, tiene diez kilos menos y como es costumbre ha salido de noche. Siempre con miedo a las casualidades, a la casualidad de doblar en una esquina y encontrarse con él, reconocerlo al instante y que él no la recuerde. Que no sepa quién es ella. Que no sepa quién fue Carmen.

Soledad se pintó las heridas de verde

Dos cosas le reprochaba, su maquillaje de puta y la manera en que gastaba su vida pero estaba equivocado. Siempre lo estuvo por eso ella tuvo que corregirlo. Soledad no se maquilla, se dibuja sonrisas en la cara con Revlon y no se gasta la vida, sale de su casa en la Av. Callao al 1500 a pasearse las desilusiones. Igual que la que pasea sus los hijos en la plaza Las Heras. Hijos que él no supo darle, que no podrá jamás darle. En la calle, Soledad se despeja la cólera y también la rabia. Durante un par de horas él desaparece y cuando no logra hacerlo desaparecer, saca de su bolso unas pastillas azules y se las traga sin agua. Es que Soledad sufre de los nervios desde el día que se enteró que él mete su virilidad en la puerta de otro hogar, en el barrio de Belgrano. Que se lo entrega a otra que no se llama como ella, que tampoco sufre de tristeza y que tiene dos hijos. Por eso tuvo que corregirlo, por ella, por los hijos que le prometió y por su soledad. Sobre todo por ella. Ella misma. Y lo hizo con lo que él más le reprochaba, con maquillaje, como ella sabía hacerlo. Entonces una tarde mientras dormía le dibujó la misma sonrisa que ella se venía pintando para disimular, pero no usó Revlon lo hizo con una pintura verde. Pigmento Paris Green, confirmó el toxicólogo en el informe policial que indicaba el hallazgo de un cuerpo sin vida en un duplex en Belgrano. Cuando se le comunicó a la viuda, ésta se desplomó. ¿Arsénico?, preguntó. Sí señora pero tranquila, tenemos a la asesina. No se si sabía usted que su marido tenía una amante, fue ella la que lo mató. Suponemos que lo hizo cuando se enteró que iba a dejarla, en un ataque de cólera se vengó con arsénico. No, no sabía que me engañaba. Nunca lo hubiese imaginado.

Ángel de la guarda


Qué demonios haces que me deshaces,
no te encuentro y te veo en todas partes,
sin decirme nada, sin decir por qué.
Caminando con mis pies, respirando en mi nariz,
mirándome a los ojos, besándome la boca.
En esquinas que no vi y en el cielo que perdí,
sin decirme nada, sin decir por qué.

Qué demonios haces que me deshaces,
si eras mi ángel de la guarda.
Y yo aquí anestesiada,
en este infierno que me aguarda.
Sin recordar si te odiaba o te quería,
si soltaste o me solté.
Eras mi cuerpo, mi brújula, mi tiempo,
los ojos en mi cara y la voz de mi garganta.
Eras mi fuego, mi silencio,
la razón con que pensaba,
mi ángel de la guarda.

No te encuentro y te veo en todas partes,
sin decirme nada, sin decir por qué,
si me dejaste caer o te abandoné.
Y yo aquí tocando fondo,
gastándome la vida,
consumiéndome las ganas.
Condensando los recuerdos
para que el fuego no los queme,
hasta que vuelvas a quererme.
Eras mi energía, mi refugio,
la paz en mi conciencia, mi locura de ultratumba,
el aire de mis sueños, el corazón en este cuerpo,
eras mi ángel de la guarda.


Qué demonios haces que me deshaces,
si eras mi cuerpo, mi brújula, mi tiempo,
los ojos en mi cara y la voz de mi garganta.
Eras mi fuego, mi silencio, la razón con que pensaba,
mi energía, mi refugio,
la paz en mi conciencia, mi locura de ultratumba,
el aire de mis sueños, el corazón en este cuerpo.
Si eras mi ángel de la guarda,
por qué soltaste y me dejaste caer sin decirme nada,
sin decir por qué.

Beatriz juega a ser feliz

Beatriz simula cuando las persianas se suben y las cortinas se abren que es la señora de una familia feliz, la esposa de él y la amiga íntima de su compañera de la escuela. Engaña a la verdulera cuando compra zanahorias y limones, finge en la peluquería y falsea la risa en la fila del banco. Beatriz practica ser Beatriz frente al espejo mientras se pone base y maquilla los labios. Imita a la Beatriz que él quiere que ella sea, y lo hace bien por fuerza de golpes. Disimula en la consulta del dentista y encubre esa mancha violácea que lleva en el brazo derecho desde el lunes por la noche. Beatriz representa a otras Beatrices que se pasean por las calles con una sonrisa falsa. Beatriz se disfraza de Beatriz cada mañana, desfigura su realidad frente al espejo con una prenda alegre y una flor en el peinado. Beatriz es una mujer guapa, también cuando llora. Copia las recetes que pasan en la televisión y se ilusiona con el sabor de una cena en otra casa, con otro esposo y lejos de las persianas que se bajan cuando él llega. Beatriz reproduce todas las tardes una vida paralela mientras lee su novela, idea historietas con ventanas abiertas también de noche. Beatriz imagina como sería sacar de adentro a la verdadera Beatriz, a la que tiene miedo de salir cuando las cortinas se cierran, cuando él llega, cuando él le grita, cuando ella esquiva el primer golpe, cuando sale corriendo a la otra habitación, cuando intenta cerrar la puerta con llaves, cuando no puede y el entra, la tira al suelo y la patea hasta que pierde esa flor, la que por la mañana se había puesto en el peinado para desfigurar su realidad frente al espejo que él ahora le va a tirar encima mientras ella llora.Y aunque llore, Beatriz sigue siendo una mujer guapa.

Victoria se enamora del abismo II

Trocitos de mujer que que saltan desde la ventana de un edificio alto y Victoria toda rota cae al abismo. Y el abismo se enamora de ella hasta el infinito punto negro, y también punto rojo y más allá donde casi nadie llega. En lo inmenso, en lo insondable y hasta en lo incomprensible le promete cariño. Como un amor que le roza suave el cuello, le explota en la espina dorsal y la deja quebrada y feliz. Victoria también está exhausta y con sed. Y la mujer se deja caer al abismo. Se enrosca a una ilusión, se abraza a una esperanza, se entrega por primera vez y con los ojos abiertos al precipicio. A Victoria esta vez no le importa que se le aceleré el corazón, tampoco caer al abismo. Victoria se siente más viva que nunca. La profundidad se hace grande y la distancia con lo real cada vez más peligrosa. Ella deja de tener frío, de tener calor, de estar en otro lugar, de estar en otro tiempo y el abismo de tenerle miedo a tenerla y la sujeta fuerte. Victoria le da su cuerpo de mujer en trocitos y el abismo lo recoge con ternura. La recoge.

Victoria se enamora del abismo

Trocitos de mujer que alguien empuja desde la ventana de un edificio alto y Victoria toda rota cae al abismo, y el abismo se enamora de ella hasta el infinito punto negro, y también punto rojo y más allá donde casi nadie llega. En lo inmenso, en lo insondable y hasta en lo incomprensible le promete cariño. Como un amor que le roza suave el cuello, le explota en la espina dorsal y la deja quebrada y feliz. Victoria también está exhausta y con sed. Y la mujer se deja caer al abismo. Se enrosca a una ilusión, se abraza a una esperanza, se entrega por primera vez y con los ojos abiertos al precipicio. A Victoria esta vez no le importa que se le aceleré el corazón, tampoco caer al abismo. Victoria se siente más viva que nunca. La profundidad se hace grande y la distancia con lo real cada vez más peligrosa. Ella deja de tener frío, de tener calor, de estar en otro lugar, de estar en otro tiempo y el abismo de tenerle miedo a tenerla y la sujeta fuerte. Victoria le da su cuerpo de mujer en trocitos y el abismo lo recoge con ternura. La recoge.

Con síntesis de alcaloides

Hay dos tipos de sensaciones que se parecen, dijo el enfermero antes de ajustarla contra la cama. Ella no lo escuchaba y si se lo gritaba al oído, ni siquiera hubiese pestañeado. Incluso si la ajustaba hasta hacerle daño con el cinturón de fuerza, tampoco. No estaba allí, estaba lejos. Muy lejos. Se quedó parada en donde todo sucedió, atascada en el tiempo. Metida en un agujero negro, en uno de esos que te dejan después la mente en blanco. No reaccionó más y eso que hubiese podido evitar lo que vino después pero supongo que lo que sucedió te deja así, en estado de shock. Paralizada. La encontraron inmóvil al lado del cuerpo, parecía dormido y ella como sino lo hubiese matado. Lloraba. Lo quería tanto. Tanto, tanto, que cuando la engañó no es que le rompió el corazón sino que ella tapó la herida con el sentimiento que más se le parece al amor, con odio. Y el odio fue tan fuerte que ella lo confundió con amor y entonces cuando lo mató, sintió que lo hacía por amor. Ella lo mató por amor y la policía no se hubiese dado cuenta si no hubiese confesado. No había sangre, no había signos de asfixia, ni un golpe, ni corte. Tampoco envenenamiento. Jamás se hubiesen dado cuenta que fue ella, como tampoco el juez se dio cuenta que él la había matado primero, que le había roto el corazón y cómo se supone que puede una persona vivir con el corazón roto. No vive, se muere. Ella estaba sentada durante el juicio, estaba ahí pero en realidad estaba tan muerta como él. Incluso más muerta porque su muerte sí que había dolido, le dolió muchísimo porque estaba consciente. Y además fue lenta, lo que tarda un engaño en madurar. Y le dejó marcas, un cuerpo inerte que el juez no vio, como tampoco notaron el síntesis de alcaloides que ella usó. El psiquiatra forense dijo que fue un ataque de enajenación y en las noticias salió que la encerraron en un psiquiátrico en no se dónde. Es que al final todos confundieron todo, el amor con el odio y un corazón roto con locura, repitió el enfermero cuando terminó de ajustarla. Ningún loco en su sano juicio usa síntesis de alcaloides. No estás loca, estás dolida. 

En voz alta

Un lugar verde con tu voz diciendo mi nombre, diciendo mi nombre en voz alta. Sin susurrarlo, no más. Quiero que lo digas, que digas mi nombre en voz alta. Basta de pensarlo, de pensarme, quiero que lo digas, quiero que digas mi nombre. Quiero escuchar como suena en tu boca. Quiero ver como te brillan los ojos cuando me nombras. Cómo se mueve tu boca, cómo se mueven tus ojos cuando dices mi nombre, cómo se te acelera el pulso. Quiero saber qué se cuela por tu cabeza cuando los sacas de adentro. Y cuando lo dices, quiero saber hasta dónde se escucha. Quiero escucharte decir mi nombre en voz alta. Aunque sea una única vez, un único momento.

Linda, libre y loca


Hay una locura, una locura que anda suelta. Una locura como una paja mental que explota en colores diferentes cada vez que toca. Una sensación que termina en dos sensaciones y te deja exhausta, con la boca abierta y la lengua seca. Es como el viaje pendiente que se planea todas las noches, nunca llega pero te lleva. Siempre te lleva y dejas que te lleve lejos como cuando te ves al espejo con peinado nuevo. Como cuando pecas y se siente bien porque finalmente dejas que todo explote. Cuando se te mete canela por la nariz y el sabor te despierta. Ojala que un día te explote la vida. Te explote la sangre, te explote él. Explotes vos. Que explote la cama, las pautas marcadas, los contratos, las inhibiciones. Que peques más porque para mujeres, ni sumisa ni devota, te quiero libre, linda y loca.

Le quedó el cuerpo tajeado

Sucedió. Apareció, sonrió, conquistó, aprovechó, divirtió, tajeó y marchó. Y cuando marchó se lo llevó todo. Todo porque dejó un agujero tan hueco que ahora no se sabe con qué volver a llenar. Y eso que se lo advertí. Se lo dije al oído todas las noches antes de quedarse dormido. Cuidado. Cuidado porque no quería que le pasara a él. No a él. Nunca a él. Pero sucedió tan de prisa. Apareció, le sonrió, lo conquistó y se aprovechó de esa conquista. Tan maldito fue que se divirtió antes de tajear el cuerpo en dos, arrancarlo de adentro y marcharse. Le latía en la mano cuando se lo llevó. Latía fuerte. Para que robárselo así si estaba tan dispuesto a sumir. No lo apreció nunca, se lo dije. Y lo advertí millones de veces. Todas las veces cuando lo escuchaba adentro latir, cuando reía, cuando lloraba y también cuando me sentaba a ordenarlo todo. Cuidado a quién te das. Mucho cuidado. Y me lo robaron. Me lo arrancaron de cuajo en mis narices. Se lo llevaron y vi como se lo llevaban y tonta yo que preferí que fuese así a nada. Y ahora tengo un agujero tan hueco que no late y no se con qué volver a llenar, esta vez no alcanza la falsa ilusión de mañana volver a comenzar.

Yo, aquí y ahora


Estoy aquí y ahora y no podría estar en un lugar mejor que este. Aquí, en algún de la tierra donde mi corazón es mi hogar y mi cabeza anda suelta. Tan suelta que ayer se desmelenó y no logré ordenarla. Ahora soy yo, mi caos y mi cabeza suelta. Mi caos y yo desmelenada, sin más. Y es aquí y conmigo donde solo mis ganas pueden salirse. Salen y se expanden por mis dedos y mis uñas recién y mal pintadas de rojo. Aquí, donde mi cuerpo se deforma y transforma en todas las historias que se asoman y en todas las historias dejo parte de mi cuerpo, como la que tiene hijos. Y es que tuve varios y a todos les puse un título bonito. Estoy aquí y ahora y no podría estar en un lugar mejor que en este envase con dos ventanas, mis ojos marrones, y un cerebro gris que me deja viajar sin GPS a lugares que nunca apareceran en Google Map.

Las sábanas de Helena


Las mujeres hablan de amor y los hombres de sexo pero Helena lo hace de los dos. No tiene pelos en la lengua, tampoco en el pubis. Helena se depila el sexo para tener historias de amor sin enredos. Cuando habla de amor se le estremece algo adentro, Helena pensaba que era su estómago pero el cardiólogo le explicó que es su corazón. Cada vez que habla de amor el corazón de Helena bombea tan fuerte que hace que sufra hipertensión. En cambio cuando habla de sexo lo que se le estremece es la vagina y mucho. Como le sucedía bastante seguido Helena pidió consulta en el médico. La ginecóloga le explicó que no es la vagina lo que se le estremece, sino el clítoris entrando en convulsiones. Helena tiene el clítoris tan directamente conectado a su cabeza que éste puede ver lo que Helena piensa cuando habla de amor, pero sobre todo sentir lo que Helena piensa cuando habla de sexo.
Como Helena se sabe una bocazas pensó que sufría de incontinencia verbal y, habiendo quedado demostrado científicamente que su desenfreno a la hora de pensar y hablar alteraba a su sexo y sobre todo a su corazón, consultó al psicólogo. En la primer visita Helena le explicó que como tiene la azotea sin techo, no filtra. Que puede hablar de amor y de sexo por igual, le explicó sobre su hipertensión y sus convulsiones. Que su corazón y su clítoris están muy conectados a la parte del cerebro donde se almacenan los pensamientos y, que por eso cuando habla puntualmente de sexo o de amor su corazón y su clítoris cobran vida propia. La especialista que era mujer, le recetó sábanas de seda negra, una sola copa y una botella de vino Cabernet Suavignon, velas, Jazz, chocolate amargo, fresas frescas de Aranjuez y una charla privada y sin desenfreno con su cabeza, su corazón y su clítoris, puertas cerradas.

Los amores de Olivia

Que profunda era su cabeza que cuando intentó bucearla, él se terminó ahogando. Igual que el anterior, que se cayó probando volar a la par de sus ganas pero no tenía alas como Olivia. Y el anterior del anterior, que se tropezó con su teatro porque no sabía caminar a oscuras como ella. Hubo uno que intentó comérsela entera porque Olivia siempre huele bien. El primero de todos la encerró en un castillo sin saber que Olivia no vive en ningún lado y, el que vino después la dejó sola en su parque y Olivia se fue a la ciudad a buscar compañía. El séptimo quiso domesticarla y el octavo no intentó nada y Olivia se aburrió. El penúltimo le prometió una ilusión para el año que viene y Olivia es de hoy y de hechos. Y el último, el último de todos se olvidó de acariciarla y a Olivia que le gusta coleccionar besos en la cabeza, se sintió vacía y lo dejó.

Miedos express

Que llegue un día cuando una mandarina no me haga viajar con su olor. Que el café deje de ser un momento. Que la inspiración pase a ser pautada. No sentir la necesidad de la música, dejar de asombrarme con la sal y conseguir eso de poner la mente en blanco.

Conversación privada


Si tuvieses que perdonar mis pecados por donde empezarías. Por mi síndrome de abstinencia o la vulgaridad de mis intentos. O sería en la arrogancia de mi lado animal donde, tal vez, analizarías cuál de todas las penitencias me salvaría. Si no es la arrogancia, es acaso mi sosería o mi apatía porque de un tiempo aquí ya no nos hablamos como lo hacíamos. Y me preguntaba qué pasa si mañana no saliera el sol por ningún lugar. Por cuál de todos mis pecados empezarías a interrogarme, acaso por mi necesidad épica de canalizar mis intenciones de vivir o la prisa con que lo hice.

No soltarla jamás

Esta es la historia de la niña con voz de búho que se enamoró del mar apenas lo vio. El ruido de las olas le cantaron al oído una canción de nana para animarla a dejar la orilla. Nunca había estado cerca del mar tan sola, tan sola. Su sal se transformó en compañía, el reflejo en su espejo y dejó que el agua le acariciara los tobillos cuando el mar prometió no soltarla jamás.

Te quería


De verdad te quería. Te quería muchísimo. Con locura. Con demasiada locura. Te quería las 24 horas, de lunes a lunes y especialmente los domingos. Te quería incluso cuando dormía, era ahí cuando te tenía. Pero cómo podía seguir viviendo si la pasión empezaba a quemar. Me estaba quemando por dentro. De verdad te quería, te quería tanto que me prendí fuego. Se me quemó el corazón. Te quería. Ahora ya no te puedo querer más, no tengo con qué.

La depresión del potaje


Cuando esta mañana se despertó el ama de casa que no vive en la mía, encontró tal alborto mobiliario causado por el desorden de un lago en el medio del comedor. Un lago, un verdadero lago salado atravesando el paso hasta la cocina. Demasiado temprano en hora y fecha para saltar al agua, dar las primeras brazadas y alcanzar la cocina. No era hasta junio que nadaba en el mar, pero además de ama de casa era capitana, capitana de la nave familiar y excelente nadadora contramarea, en las buenas y en las malas.
Catorce kilómetros fueron los que nadó, es lo que contaría el plomero más tarde a la vecina del piso de abajo. Si hubiese ocurrido en septiembre o en noviembre no los cruzaba a nado, abría las ventanas, encendía los cuatro ventiladores y dejaba secar. Pero era casi marzo y no escatimó en ayuda, aún cuando el agua estaba fría y a los siete minutos se le acalambró la pierna derecha.
Primero aparecieron un par de garbanzos flotando, el par pasó a ser toneladas emergiendo. Toneladas de garbanzos. Se le hacía pesado bracear y a medida que se aproximaba a la costa de la cocina, entre los garbanzos aparecieron también alubias y lentejas. Cientos de ellas, tantas que esta vez temió haber llegado tarde. Aceleró el cuerpo y, con la adrenalina funcionando en máxima se le activaron los pensamientos y entre todos los que más habían eran los malos. Se lamentó haberlo dejado solo en el fondo de la alacena, que ingenua se vio pensando que el Prozac lo arreglaría.
Cuando piso suelo firme se sacudió las legumbres con cuidado y corrió hasta que el sudor se volvió muy frío y los pulmones le pidieron un respiro. Volvió a correr y cuando lo vio se tiró sobre él y con todas las fuerzas de Sansón lo revivió. Entonces juntó sus garbanzos, sus lentejas y también sus alubias; cuando terminó lo acarició con ternura hasta volver a darle forma. Despacio salió del coma en el que estaba, abrió los ojos acristalados por haber llorado un lago de agua salada y pidió perdón a la ama de casa por no haber tomado su antidepresivo. Siempre es así en la cocina con el potaje, la primavera le sienta triste y el verano termina por deprimirlo.

Los II Premios Revista de Letras

¿Acaso se puede tocar el cielo con las manos? No se. Pero ayer sentí algo así cuando dijeron que Bosque de Luciérnagas había ganado el II Premio Revista de Letras al Mejor blog nacional de creación literaria. Lo cierto es que no me lo esperaba porque los otros cuatro blogs con los que competía son verdaderas obras literarias, yo aposté por ellos. Y me emocioné. Me emocioné muchísimo y no se muy bien que dije cuando tuve que agradecer el premio porque tuve un flashback de sensaciones.

Estoy contenta y quiero compartir este sentimiento con quienes se hicieron aficionados a mis relatos cortos y decidieron votarme. Escribir me llena de placer, pero es increíble la sensación de saber que te leen. Muchas Gracias.

También quiero agradecer a la Revista de Letras por abrir puertas a novel escritores que se presentan en sociedad a través de un blog. No es fácil esto de la literatura, las editoriales, publicar un libro... y concursos así son un gran aliciente. Invito a escritores con blogs a no perderse esta oportunidad el año que viene.

Me gustaría felicitar a los ganadores de las otras categorías: Javier Avilés, que obtuvo el Nacional de Crítica Literaria con su bitácora El lamento de Portnoy; Natalia González se llevó el Premio Internacional de Creación y/o Crítica a el Internacional con Un esqueleto en el escritorio;y Javier Celaya, se llevó el Premio Especial de Divulgación por su labor como director de dosdoce.com

También quisiera hacer una mención especial a aquellos blogs con los que compartí nominación. Yo aposté por ustedes, los felicito por sus blogs.

- El doctor Frankenstein, supongo, de Jesus Esnaola Moraza
- Cuentos de barro, de Antonio Báez Rodríguez
- El blog oculto del Caboclo, de José Mª González-Serna Sánchez
- Loulou revisited, de Inmaculada C. Pérez Parra

No me importa

No me importa si tengo que seguirte hasta el final de la cueva para encontrarte. Si tengo que llorar y deshidratarme, perder el apetito, cambiar de piel, chocarme contra paredes y saltar desde precipicios. No me importa si tengo que seguir viaje, si tengo que escavar agujeros en la playa, si tengo que poner carteles en los baños, si tengo que sufrir ataques de nervios y sentirme perdida.
No me importa si me dejas sin oxígeno, si me mareas, si juegas a esconderte, si te inventas cada vez que pienso que te encuentro. No me importa si tengo que vender mi cabeza, si tengo que pintarme de colores, si tengo que perder la voz. Si piensan que estoy loca, que soy un caos, que ando perdida, que no se qué es lo que quiero. No me importa si lo pierdo todo, si tengo que donar sangre o escalar montañas. No me importa si tengo que caminar hasta dar con el mundo cuadrado si es ahí donde te escondes. Quiero dar conmigo.

Arranque de locura

Me discrimina el ruido que hace hoy mi corazón. Late tan fuerte que hago fuerza para que no se me salga y procuro que nadie se de cuenta de todo lo que duele. Me duele. Procuraré no odiarte tanto, pero no hagamos promesas con este sentimiento. La imagino tan imbécil aunque sea la mujer más lucida sobre la faz de la tierra, pero no me importa. Para mi siempre será una imbécil más. Procuraré no pisarla en la calle pero no prometo más. Y no me responsabilizo de los sicarios que contraté, ni de su secuestro que planificaré.

Revista Gente

Hay gente que sueña, otras que viajen en metro y otras en avión. Hay gente que desayuna cereales, los que leen las noticias en Internet y los que prefieren el papel. Hay gente que vive en el quinto piso, que vive en el tercero y quienes viven en el sexto. Hay gente vieja que camina y gente joven que no se anima. Hay gente que es vegetariana, otros que lo intentan y los que jamás se lo plantearían. Los que miran televisión, los que escuchan la radio y los que se ven en YouTube. Hay gente que quiere hijos, otros que quieren que sus hijos tengan hijos y los hijos que no quieren tener hijos. Hay gente que se casa de blanco, otros que se divorcian y otros conviven. Están los de derecha, los de izquierda, los que no votan. Los que hacen dieta y los que venden dietas. Los que rezan, los que profesan. Los cantantes y los fans. Los que creen y los que dicen mentiras a los que quieren creer.

Necesidad de mutar

Mutar a un color, igual que cuando la enredadera tapó la pared. Tenía esa necesidad tan visceral y natural que genera el cambio cuando se hace sentir. No pudo planificarlo, hubiese querido pero no le dio tiempo.
Su transformación fue de adentro hacia afuera. Primero en la cabeza, la visión de las cosas, los sentimientos, las sensaciones. Algo hormonal, explicó él. Y después fue toda su materia, y la materia que rodea a su materia, su cama, su cocina, el comedor, la casa entera, la calle donde vive, el barrio, la ciudad, el país y todos los paisajes enteros que quería ver. Hubiese querido planificarlo, elegir el color con más tiempo pero el cambio no se hace esperar. Pasa cuando tiene que pasar y duele todo lo que el cuerpo tiene que cambiar.

La señorita perfecta que no es

No es una guerra de sexos, es cuestión de género. La disputa entre ser y no ser. Entre perfecta e imperfecta. El juego ese que ubica a las señoritas perfectas en primera fila con sus narices y columnas rectas, sacando pecho, oliendo a perfume, con el delineado del ojo impecable, dientes blancos de publicidad y de la mano de él. Mientras el resto, las otras que salen del trabajo tarde también los viernes de cumpleaños, les toca esperar el metro y se peinan en el reflejo del vidrio, terminan paradas al final de la sala. Apoyadas bajo el marco de la puerta de entrada aguantando eso de ir solas.
Esto de la señorita perfecta y la imperfecta se nos da cuando la naturaleza que nos agracia, decide el melodrama de cada una. La señorita perfecta nace perfecta. Las otras no y he aquí el corazón trágico de las hormonas femeninas hasta que cada una asume la señorita perfecta que no es y se vuelve perfecta a su manera.

La dueña del florero de margaritas

Hubiese preferido una de esas cartas formales, esas que tienen fecha, saludo cordial y sobre con estampilla. También hubiese preferido lo de contar los meses hasta el aniversario, lo del vestido y la casa con tres habitaciones. La cama compartida, la cena, los fines de semana y su canción. Tachar los días hasta las vacaciones de verano, las compras en coche, el congelador repleto y tres manteles para elegir. Hubiese preferido ser la dueña del suavizante, la de la ropa interior en el grifo de la ducha y la que colecciona la vajilla de porcelana. Hubiese preferido ser la que espera la telenovela de las tres de la tarde, la deportista del planchado, la guardiana del termómetro y la que sacude el colchón. También hubiese preferido ser la protagonista en su álbum de fotografías, en el comedor de su casa, en los contactos de su móvil y la dueña del florero de margaritas que nunca le compró.

Alerta climática

Sepa usted disculpar en estos días la impertinencia de la ironía. La sonrisa del extranjero y la malicia de la vergüenza.

La historia de una gana

Hay una gana. Una gana que suena a Chopin en Palonaise Fantasie. Nace en el estomago en uno de esos espasmos que te deja tieso y con la mirada perdida, sube a la cabeza y la comprime. Le saca todo el aire, la deja en blanco, y cuando la gana se siente asfixiada en la cabeza desprende relámpagos de electricidad desde el estomago hacia la cabeza en un ida y vuelta. Es un truco de supervivencia. Un truco para despertarme, para que pueda escuchar a Chopin en mi cabeza sin que haya música. Para que recuerde que hay algo que me mueve aunque no lo vea, como la música en Chopin. Que ese algo es mi electricidad. Lo que hace que me mueva. Que al final no hay más que eso, una gana. Una sola gana que le puede dar sentido al resto. Una gana armónica para mi cabeza caótica.

Sucede

El cielo dibuja goteras y lo pinta todo gris, como si supiese que el corazón hoy no se siente bien, tampoco mal, pero anda enredado. El espíritu no sale de la pausa y los pensamientos, esos que pesan mucho, andan desfasados. Sino se lustra ahora, no se lustra más. Es lo que pasa cuando el desequilibrio es perfecto, resbalarse, dejarse caer y olvidarse de la culpa que tienen las adicciones del corazón. Una insinuación perfecta de su inconsciente más lastimado para despedirse de sus delirios. Era hora de dejar ir las ilusiones.

Bipolaridad femenina

Las mujeres tenemos una bipolaridad consentida, que se manifiesta de forma relativa e inconciente cuando nos miramos al espejo. Los químicos cerebrales se congestionan de forma tal que, teniendo cada día de la semana la misma cara con las mismas ojeras, nos sentimos un lunes lindas y el martes feas. He aquí la laboriosa tarea de las hormonas femeninas.

Imprudencias de habitación

Se presentía que después del invierno algo pasaría. Siempre sucede cuando el frío se va. Fue la maldita humedad, la más vieja de todas las cosas que hay en esta habitación de la calle Panissars, la que el primer lunes de primavera lo intuyó. Fue por la forma en que la brisa entró. Atolondrada, tan atolondrada como cuando el amor está al llegar. Y después fue la cama, que aunque está siempre a treinta centímetros de la realidad, nunca es menos de día. Fue la segunda en darse cuenta cuando el martes a las ocho y veintitrés una luz naranja y demasiado rosa, que no incluía el menú de esa mañana, le sacó el sueño. La lista siguió con el cuadro de las flores, la luz de la mesa de noche, un bolso taiwanes y mis pantuflas. Se intuía que después del invierno algo sucedería, fue el juego a las escondidas y las pequeñas coincidencias. Ella siempre detrás del cristal. Tan obvio, tan premeditable, tan hermosamente fácil. Y entonces fue en el día de las licencias, un domingo, el segundo de la primavera del 2010 en Catalunya, cuando las bisagras se movieron. No fue una imprudencia, siempre algo pasa cuando el frío se va y se abren las ventanas. Y ahí, ante todos y sin reparos ni apuros, con la calma de las ganas atadas, el sol le hizo el amor a la cortina de mi habitación.

Razonamiento femenino

Ando con problemas de realidad, como si estuviese fuera de foco. Sí, desenfocada. Me siento desenfocada. No que quiera ser el foco pero me vendría bien estar algo más enfocada. No me hallo. No me veo. Mira, ¿cómo me ves?. Ves que estoy desenfocada. No se si es el vestido que no combina con estos tacones horrendos o soy yo que directamente no cuadro con la escena. El pelo, estas piernas. No es mi día. ¿Qué es lo que no entendés? ¡Acercate más! Ves que es como si no estuviese. Hoy, o no estoy o estoy fuera de foco. Claro que no me entendés, no me entendés porque no me ves. Dejá. No, no voy a salir. ¿Cómo porqué? No ves que ando con problemas de realidad, como si estuviese fuera de foco.

Problemas de pareja

El divorcio abunda en el cajón de los calcetines mientras los dientes practican canibalismo con las uñas. La cana déspota sobresale del resto, la lengua quiere mudar boca, las rodillas se apuntaron a terapia y el picante le ha declarado la guerra al hígado.
La nariz se siente fuera de lugar en la cara y la teta grande ha dejado de asumir las responsabilidades de la teta pequeña. La vejiga ha sido víctima de un desplante de riñones, y para males, el aparato reproductor está de huelga hasta que el interés vuelva.
Las pestañas se han quedado en la calle por los celos de las cejas, y sin pre aviso el tímpano ha sido desahuciado por la oreja. La columna quiere demandar a la cabeza, el corazón ha firmado un usufructo a favor del cerebro, y las piernas, por el bien de ambas,han decidido caminos diferentes. Los glúteos no pueden verse la cara, el abdomen se ha cansado de la arrogancia del ombligo y los pies, los pies se dieron cuenta que nunca han estado a la par. El cuello se ha cansado de los souvenirs de los labios, los hombros de los cuernos de los brazos y la cabeza de las caricias de los dedos. La frente está disconforme con la actitud de la nuca, los pómulos dejaron de coquetear con el mentón, y los ojos, los ojos ya no lo ven igual. El derecho se ha hecho del PP y el izquierdo ahora vota al PSEO.

Las contradicciones de un tango caminando por Barcelona

Una vez un amigo me preguntó qué siente el inmigrante. Ojala me hubiesen brotado raíces de ceibo en mis dos pies talle 37 para evitarme las ganas de seguir caminando y atravesar solita la Pampa con 20 kilos, un cuadro y un pasaje de ida. Incluso sentí ese día que podía comerme el mundo sin respirar. Al final todos nos imaginamos así, fuertes el día que decidimos ser inmigrantes. Ahora, años después, me pregunto quién soy. Puedo elegir y no es fácil y es fácil a la misma vez. Soy una contradicción constante con acento revelador aquí y allá.
Al final es una curiosidad lo que te hace seguir viaje, la posibilidad de inventarte una nueva biografía que sino la controlas te deja sin tierra. Extranjero aquí y extranjero en Buenos Aires. Pero los sentimientos también se globalizan, se amoldan. Se transforman y se desvirtúan.  El inmigrante quiere de otra forma. Carga muchos días con el peso del amor a la distancia, ese melodrama es su elección. Yo lo elijo. Puede ser que nos guste e inspire la melancolía que brota cuando no se tiene lo que se quiere. Me refiero a la familia, los amigos y mis calles.
Hoy Buenos Aires me retumba a la distancia como un tango atrapado en un eco mientras camino por Passeig de Gràcia. Un sonido que me es mío, nadie más lo entendería. Tan mío aunque pasee por París, alquile casa en Barcelona, trabaje en Madrid o tenga hijos en Ginebra. En mi cabeza Buenos Aires vive todos los días así, en vagas melodías de acordeón que doblan en cada una y todas las esquinas de mi recuerdo. No importa el tiempo que pase. Y si las ciudades en las que habito me piensan insolente tienen sus motivos porque de todas todavía elijo Buenos Aires para dejarme sucumbir.

Gajes de sonámbulo

7:35 am. Suena el despertador. ¿Qué es lo que huele?, ella. Él abre los ojos, se incorpora, respira hondo. Mis sobacos, son mis sobacos. Coño, me bañé anoche, murmura. Volvió a pasar, dice ella. Sí, responde él.

Asesinato en primera persona de un periodista

-Sí, algo así como la proposición subordinada adverbial que expresa la finalidad del verbo principal: yo periodista. Tiene sentido. Primero fue la angustia, le atacó por la cabeza. Un caso raro que solo se diagnostica en periodistas, dijo el doctor, y lo mandó a terapia los martes a las tres y media, sesiones de cuarenta y cinco minutos. La evaluación conductivista fue algo así como un temor opresivo sin causa precisa, pero como estaba angustiado tampoco entendió mucho. -¿Sin causa precisa?, estúpido.
Se ve que la angustia cerebral se transformó en una constante aplastante, incluso después de dos rayas diarias de cocaína y veintiséis semanas de terapia. Antes de ese día, de la mañana en que la señora que limpia se encontró lo que se encontró, llevaba cinco días de insomnio, tal vez seis. Angustia e insomnio, en ese orden dijo el doctor. Lo afirmó dos veces, lo reafirmó. Pero la almohada todavía estaba mojada con un líquido viscoso, como cuando se duerme profundamente con la boca abierta y la baba cae. Estaba mojada del lado izquierdo. Finalmente durmió.
Conjeturas: -Estúpido. En un momento de conciencia retomó aquel pensamiento volátil entre la causa no precisa y la certeza de querer dar un golpe final, los hechos lo desvelan. Darlo o recibirlo. La escena: una patada fuerte en sus testículos de abajo hacia arriba, en el caso de dejar de escribir para él; o, la otra opción, recibir otro puñetazo recto en el estomago la próxima vez que le volvía a pagar por escribir la noticia como él quería leerla. En ese momento lo del insomnio quedó zanjado, diecisiete años durmiendo, evidentemente no tenía sueño. Los mismos diecisiete de experiencia que registra su currículo en aquel sucucho vendiendo sus comas, puntos finales y titulares a un fulano burgués que se dice políticamente correcto.  Eso no hace falta que lo apuntes. Supongo que eso del conductivismo tuvo su efecto aquella noche con lo de dar el golpe final.
No es que estaba todo manchado de sangre, las paredes o el piso. Fue peculiar aquella mañana, en estos sucesos el ambiente se siente tenso, el aire pesado, pero aquí estaba todo calmo. No calmo de suspense sino esa calma que llega con el alivio. Estaba recogido, había cenado, se había duchado. Encendió el ordenador, escribió un rato y puso música. Se tomó un té y supongo que después se desnudó. La hora tal vez era las dos de la madrugada o antes. Cuando entró la señora se lo encontró en la cama tapado hasta la cintura, se lo veía tranquilo. Cuando lo llamó y no respondió encendió la luz del velador, vio la sangre en las sábanas y salió corriendo. Vomitó, pero esos vómitos obvios del momento y llamó a la ambulancia.
Es raro decir esto pero tenía buena cara, incluso buen cuerpo si exceptuamos lo de las manos. Estaban en una caja de cartón sin cerrar sobre la mesa de noche. El corte de la izquierda es más preciso, fue de un solo golpe seco. En cambio la mano derecha tiene varias heridas, creo fue un corte más forzado. Estamos investigando, hay indicios que se usó la puerta del baño para amputar la mano izquierda después de cortar la derecha. -¿Los motivos? Estamos investigando. Creemos que guarda estrecha relación con su actividad profesional. La víctima era periodista y asumo que la amputación de ambas manos fue un saldo de cuentas personal. ¿Quién le cortaría las manos a un periodista? Alguien que no quiere que escriba más. Es secreto de sumario pero sí, dejó una nota.

Nominaciones a los II Premios Revista de Letras

Que emoción fuerte que Bosque de Luciérnagas sea uno de los nominados en la categoría Mejor blog nacional de creación literaria en los II Premios Revista de Letras.

Es una de esas emociones fuertes que ya transformó la candidatura en un premio en sí mismo. La competencia es increíble, estoy alucinando con los otros blogs que compiten y estoy contenta que Bosque de Luciérnagas este a la misma altura. Recomiendo leer y comenzar a seguir El  doctor Frankenstein, supongo, de Jesus Esnaola Moraza; Cuentos de barro, de Antonio Báez Rodríguez; El blog oculto del Caboclo, de José Mª González-Serna Sánchez; y Loulou revisited, de Inmaculada C. Pérez Parra.

Ciertamente estoy FELIZ y GRACIAS!!!!

¡Tu voto me vendría muy bien!
Una vez publicados los nominados toca al público votar el blog que más le guste. El plazo para poder registrar los votos finaliza el 2 de marzo de 2011 (inclusive). Si te parece que Bosque de Luciérnagas merece tu voto, puedes votar en este enlace: http://www.revistadeletras.net/votaciones/


¡Wowwwwwwwwwwww.... que subidón de adrenalina!. Gracias Revista de Letras y a los que me leen (muchas gracias a ellos).

Luciana




¿Remedio calificado?

La vieja argumentaba del otro lado de la puerta que el amor era el remedio calificado para esa dolencia cardíaca que la tenía tumbada moral, física y psicológicamente. ¿El amor?, preguntó como acto reflejo. Prefiero una sobredosis de Ibuprofeno antes que un chute de amor, le respondió. Esa tarde se gastó 278 euros en ropa... el placebo ideal después de tragar dos pastillitas de 600 gramos de Ibuprofeno.

Mala suerte en el amor

El amor me busca y no te encuentro. En el camino pone otras palabras y se que él no siente lo que tu sentirías, pero él está y tu no apareces. No llegas a mí. Te pones lejos y no te encuentro y el amor tampoco a mí. Y me duele todo, desde la mañana hasta la espuma del jabón.
Tus ojos que no me ven que mis manos van solas. Entro y salgo. Viajo y vuelvo. Voy y vengo y no te encuentro. No llegas nunca a mí y el amor insiste en buscarme y yo que no tengo la suerte de encontrarte.

Otro pensamiento reciclado en Buenos Aires

Barcelona me exprime cuando me arrebato de excesos pensando en la ciudad que brilla del otro lado del Atlántico, sobre el Río de la Plata. Como otras personas, curto mil historias y yo de verdad no he sido una cuentista ideal.

La gente en Buenos Aires

No es Buenos Aires lo que me gusta, es su gente. Abrazarse ahí mismo si hace falta o besarse sentados en el cordón de la vereda. Me gustan los flujos que caminan por la vereda, doblan en Reconquista, y acompañan a dos enamorados que no pueden dejar de tocarse.
Buenos Aires tiene un aire que mezcla aromas, su perfume, el de ella y el de él. El único compromiso es el de cruzar miradas y ahí donde te encuentro, te beso. Y se besan sin tocarse en un colectivo que sale de Retiro hasta Belgrano. Y es como una orgía de miradas y me encanta. En Buenos Aires todos hacen el amor 20 veces al día con 20 desconocidos mientras esperan el subte en Cabildo o el tren en Colegiales.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...