Eva viaja a la luna
Las galletitas de agua de Orfelia
Orfelia come una galletita de agua que
hace ruido cuando la muerde. Mientras tanto una gotita intenta
escaparse de la canilla justo después del último subidón y del que
viene después. La pava espera un hervor nupcial y la taza ya está
cargada con ese saquito de té verde pendiente de todas las mañanas y las dos cucharaditas de
azúcar que siempre engordan cuando empieza el otoño. Orfelia vuelve a untar de mermelada roja otra galletita de
agua, de nuevo mastica y hace ruido cuando la muerde. El mismo pero
diferente que hacen las hojas que se caen y raspan la vereda. El de las plantas en otoño y el mismo que hace la cabeza cuando no entiende y suena a algo que se rompe. Algo que cae desde lo más alto, que se
alza al vuelo y de todas formas cae al suelo. A una galletita de agua que siempre que se come, se rompe. Es que la cabeza de Orfelia cuando no entiende, suena a un mordisco seco.
Invitala a un café
Fue encender fuego una cometa en el
aire. Su cometa. Colgado del vuelo desde hace un par de meses toca el
cielo con las manos cuando lo hace, cuando la encuentra de casualidad
caminando sola por la calle. La ve, le sonrié, lo intenta. Y cuando lo hace, cuando lo intenta, le grita en silencio y
con todas sus fuerzas que es por ella por quien se remonta hasta las
nubes de Córdoba y más alto. Y de tan alto hace semanas que ha pasado las nubes y se
ha empezado a quemar con el sol. Se prende fuego en silencio cada vez
que la ve doblar en cualquier esquina, le sonrié de nuevo y no se anima. Entonces se incendia todo
por dentro y ella no lo sabe. No sabe que por ella se le queman las tripas, las ganas, su
mirada, las palabras que no salen, los sentimientos que crecen sin
querer y queriendo, y sobre todo se le quema esa sonrisa que le viene dedicando y el corazón. Ese corazón
que se eleva hasta el cielo cada vez que la ve y se quema con fuego
cuando no puede decirle despacio y al oído que es por ella por quien
vuela. Vuela, se quema y se deja caer. Vuela, se quema y se deja
caer... vuela, se quema y se deja caer. Caer cuando no intenta
llevársela en su cometa. Caer porque las ganas van pesando cada día
más, esas que no se saca. Caer porque el miedo lo ata a una piedra
de humo pesada, gigante e inmensa que solo existe en su cabeza. Caer
cuando intenta arrancarse esa ansiedad que no puede. Caer porque no se anima a
empezar el vuelo con ella, empezar con un café.
Olivia, sirena de neón
Copiar a Teresa
Quieta, quieta como la estatua de Colón que hay después de la Rambla, así se quedó pensando lo que empezó a tramar. Y no fue por los canales complejos en los que las mujeres se mueven cuando están dolidas, lo de ella era algo profundo, profundo de verdad y menos dramático. Lo que le sucedió fue demasiado crudo como para poder esquivar la realidad eligiendo el guion de una de esas novelas que pasan por la televisión después del almuerzo. Su venganza no fue una cuestión femenina que se canaliza en un ataque de histeria con el que dejarse explotar, su venganza fue grande. Inmensamente grande y bella. Seguramente que también la hubieses aplaudido. Ovacionado y copiado. Copiar es lo que ahora toca. Copiar a Teresa.
Imitar la venganza de Teresa. Una venganza santa que la santifica por encima del motivo y lo abarca todo hasta llegar a la humanidad. Bravo Teresa, mil veces bravo.
Ves, no fue un impulso de mujer, es algo más complejo y por eso estaba quieta como la estatua de Colón pensando por dónde empezar. Hilando todo para que suceda sin error, sin evidencias a la vista. Sin más dolor que el que toca ahora, el dolor que se lleva al que tiene toda la culpa.
Sin sangre, sin gas, sin asfixias, tenía que hacerlo diferente, ganarle a la lupa del médico de turno pero no sabía cómo. Tampoco cómo entrar sin exponerse, sin saltar a la vista que ella no reza, ni siquiera sabe por dónde empezar a persignarse o como hacerle a las cuentas del rosario. Y todo lo tuvo que tramar sola. La Teresa que trabaja de asistente social en un centro de menores en un pueblo pequeño al que llega el tren, y que tiene siete pacientes que no tienen más de 28 años y 3 de ellos se han confesado. No fue el cura, el que lo hizo es el que limpia después.
Llegó temprano y se quedó esperando el tiempo que duró la misa del domingo. Eran las siete cuando todo terminó, dio una vuelta por el lugar hasta que se encontró con él de frente. Le sonrió, ella respondió y le cedió el paso. El quedó de espaldas a ella, abrió el bolso y sacó una jeringa con un líquido rojo, rojo carmesí. Volvió hacia él y le clavó la aguja en el cuello. No había nadie para ver, nunca hay nadie después de misa por eso él hacía lo que quería con ellos.
La primera reacción es la pérdida de sensación en las piernas y en los dedos, le dijo y él cayó al suelo, la miró fijo sin entender. Sin entender a la mujer fuerte y grande que lo miraba de arriba. Ojos verdes, piel aceituna y con más de 50 años. Una mujer con las cosas claras, con las ideas frescas, con el corazón bien caliente. Tan caliente como para hacer lo que otros no se atreven. Una mujer protectora se leyó en las noticias.
Ahora tendrás un shock anafiláctico y después la contraindicación de una sobredosis dice muerte, fue lo último que Teresa le dijo. Lo último que el escuchó porque después se murió. Tal cual, el médico dio su parte a la policía y el caso quedó cerrado a no ser por la carta que llegó dos días después al editor del diario del pueblo. Nada es lo que se aparenta, leyó. Las palabras abusos de menores estaban subrayadas en rojo y también cómo lo hizo por si otros no sabían cómo curar lo que la sociedad enferma: una sobredosis de B12, la misma vitamina que ella se inyecta todos los meses para evitar un ataque de histeria en su sistema nervioso. Uno de esos ataques que tienen las mujeres cuando la realidad le genera ansiedad, incluso después de una tetera de tila.
Imitar la venganza de Teresa. Una venganza santa que la santifica por encima del motivo y lo abarca todo hasta llegar a la humanidad. Bravo Teresa, mil veces bravo.
Ves, no fue un impulso de mujer, es algo más complejo y por eso estaba quieta como la estatua de Colón pensando por dónde empezar. Hilando todo para que suceda sin error, sin evidencias a la vista. Sin más dolor que el que toca ahora, el dolor que se lleva al que tiene toda la culpa.
Sin sangre, sin gas, sin asfixias, tenía que hacerlo diferente, ganarle a la lupa del médico de turno pero no sabía cómo. Tampoco cómo entrar sin exponerse, sin saltar a la vista que ella no reza, ni siquiera sabe por dónde empezar a persignarse o como hacerle a las cuentas del rosario. Y todo lo tuvo que tramar sola. La Teresa que trabaja de asistente social en un centro de menores en un pueblo pequeño al que llega el tren, y que tiene siete pacientes que no tienen más de 28 años y 3 de ellos se han confesado. No fue el cura, el que lo hizo es el que limpia después.
Llegó temprano y se quedó esperando el tiempo que duró la misa del domingo. Eran las siete cuando todo terminó, dio una vuelta por el lugar hasta que se encontró con él de frente. Le sonrió, ella respondió y le cedió el paso. El quedó de espaldas a ella, abrió el bolso y sacó una jeringa con un líquido rojo, rojo carmesí. Volvió hacia él y le clavó la aguja en el cuello. No había nadie para ver, nunca hay nadie después de misa por eso él hacía lo que quería con ellos.
La primera reacción es la pérdida de sensación en las piernas y en los dedos, le dijo y él cayó al suelo, la miró fijo sin entender. Sin entender a la mujer fuerte y grande que lo miraba de arriba. Ojos verdes, piel aceituna y con más de 50 años. Una mujer con las cosas claras, con las ideas frescas, con el corazón bien caliente. Tan caliente como para hacer lo que otros no se atreven. Una mujer protectora se leyó en las noticias.
Ahora tendrás un shock anafiláctico y después la contraindicación de una sobredosis dice muerte, fue lo último que Teresa le dijo. Lo último que el escuchó porque después se murió. Tal cual, el médico dio su parte a la policía y el caso quedó cerrado a no ser por la carta que llegó dos días después al editor del diario del pueblo. Nada es lo que se aparenta, leyó. Las palabras abusos de menores estaban subrayadas en rojo y también cómo lo hizo por si otros no sabían cómo curar lo que la sociedad enferma: una sobredosis de B12, la misma vitamina que ella se inyecta todos los meses para evitar un ataque de histeria en su sistema nervioso. Uno de esos ataques que tienen las mujeres cuando la realidad le genera ansiedad, incluso después de una tetera de tila.
¿Cuál portada elijo?
Quiero que me digas cuál te gusta más. ¿Cuál de estas dos tapas te convenció primero?
Lo llevo a votación y que la mayoría
lo decida porque no se cuál de las dos portadas elegir... Es un
proyecto pequeño, una antología de un par de cuentos para
publicarse antes de San Valentín para San Valentín, historias del
corazón y esas cosas cursis que últimamente me encanta describir.
Historias sobre cómo las mujeres quieren y dejan de querer para
volver a querer.
Están estas dos portadas y debo elegir
una. ¿Cuál te gusta más? ¿Mirando hacia arriba o mirando de frente? Igual estos dos bocetos son un montaje
rápido, después se montará mejor. ¿Cuál elijo?
Natalia se fugó
Se fugó dejando las ventanas abiertas y la puerta de atrás también. Se fue buscando un lugar en el mundo, un rincón que le fuese tan propio como el color marrón de sus ojos grandes. Como las marcas que tiene en las manos, un lugar en el mundo tan igual a ella donde sus pies pequeños pudiesen anclar. Se fue porque siempre se van los que no encuentran aquí, los que no saben que buscan. Se fue perdida para perderse más en un lugar diferente. Perderse a orillas del mar, perderse en una montaña, perderse en un castillo, perderse en otros idiomas con otras voces, con otros ritmos. Perderse para buscar su lugar en el mundo y cuando creyó haberlo encontrado, Natalia se dio cuenta que no buscaba un lugar, busca una persona.
Quedas libre Adel
Mi presentación oficial en la Colección 5'
Y un día tenía que pasar y sucedió... La Editorial Intangible, más precisamente su editor, Aharon Quincoces Lorén, me propuso lo que todo novel escritor sueña, escribir cinco relatos cortos para su posterior publicación en la Colección 5´. Se trata de una colección de libros electrónicos especialmente pensados para ser leídos en teléfonos móviles o smartphones. La
Colección 5' da cabida a textos breves o ultrabreves, de distintos
cortes y líneas narrativas pero con un denominador común: un tiempo de
lectura que oscila de 30'' a 5'. De esto ya hace un par de meses pero hoy hago oficial su publicación en mi blog.
Comparto esta alegría personal copiando la nota de prensa que en su momento se escribió y los cinco relatos cortos que se publicaron:
El despecho de Ana
El funeral de Lola
La mala educación de Mariana
Paula se vacía en el espejo
Alicia no fue invitada
Una nueva escritora en la Colección 5': 5 inéditos microrrelatos que dan voz a un universo femenino universal
Luciana Salvador Serradell, un nombre nuevo que se abrirá brecha en el mundo del microrrelato por sus dotes de síntesis y su capacidad narrativa, que se manifiesta en su plenitud relatándonos y no bosquejando, la complejidad, las angustias, las alegrías y perplejidades de todos los mundos del universo femenino o lo que es lo mismo, de las mujeres que han sido, son y previsiblemente serán. Los 5 microrrelatos de Luciana Salvador Serradell con los que se incrementa la Colección 5', exploran 5 posibles miserias y alegrías humanas que en las piel de la mujer cobran nuevos sentidos y diverso significado, revelando manifiestas diferencias, engaños, abusos e hipocresías cotidianas grabadas sobre la piel de Ana, por ejemplo.
Luciana Salvador Serradell, joven escritora argentina afincada en la metrópolis multicultural que es hoy Barcelona, ejerce como periodista, colaborando en diferentes medios gráficos y online en Argentina y España.
Sus 5 microrrelatos están a la venta con precios que oscilan entre 0.15 € y 0.30 €.
Con esta última incorporación ya son 7 los autores incluidos en esta colección y 24 los relatos, a los que seguirán en breve nuevas obras y autores.
La Colección 5' se dirige a un lector digital compulsivo y dotado de lectores de pequeñas dimensiones, fundamentalmente smartphones.
Todo esto y más en www.editorialintangible.com
Twitter: es_intangible
Facebook: Editorial Intangible.
Aharon Quincoces Lorén,
Editor
editor@editorialintangible.com
Comparto esta alegría personal copiando la nota de prensa que en su momento se escribió y los cinco relatos cortos que se publicaron:
El despecho de Ana
El funeral de Lola
La mala educación de Mariana
Paula se vacía en el espejo
Alicia no fue invitada
Una nueva escritora en la Colección 5': 5 inéditos microrrelatos que dan voz a un universo femenino universalLuciana Salvador Serradell, un nombre nuevo que se abrirá brecha en el mundo del microrrelato por sus dotes de síntesis y su capacidad narrativa, que se manifiesta en su plenitud relatándonos y no bosquejando, la complejidad, las angustias, las alegrías y perplejidades de todos los mundos del universo femenino o lo que es lo mismo, de las mujeres que han sido, son y previsiblemente serán. Los 5 microrrelatos de Luciana Salvador Serradell con los que se incrementa la Colección 5', exploran 5 posibles miserias y alegrías humanas que en las piel de la mujer cobran nuevos sentidos y diverso significado, revelando manifiestas diferencias, engaños, abusos e hipocresías cotidianas grabadas sobre la piel de Ana, por ejemplo.
Luciana Salvador Serradell, joven escritora argentina afincada en la metrópolis multicultural que es hoy Barcelona, ejerce como periodista, colaborando en diferentes medios gráficos y online en Argentina y España.
Sus 5 microrrelatos están a la venta con precios que oscilan entre 0.15 € y 0.30 €.
Con esta última incorporación ya son 7 los autores incluidos en esta colección y 24 los relatos, a los que seguirán en breve nuevas obras y autores.
La Colección 5' se dirige a un lector digital compulsivo y dotado de lectores de pequeñas dimensiones, fundamentalmente smartphones.
Todo esto y más en www.editorialintangible.com
Twitter: es_intangible
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Aharon Quincoces Lorén,
Editor
editor@editorialintangible.com
Martina se conecta y desconecta
El corazón de Martina está desconectado de su vagina y tiene su vagina conectada al estomago. Tiene dos tetas conectadas a sus pulmones y sus pulmones desconectados de su cerebro. Martina sufre de ansiedad oral. Ansiedad oral que la tiene conectada a su sistema nervioso. Y su sistema nervioso está conectado a sus riñones y sus riñones desconectados de sus ganas de beber agua. Martina tiene agua que se conecta con sus piernas y sus piernas desconectadas de sus músculos. Y los músculos se conectan con su corazón. Y su corazón no conecta con su cerebro.
Los fe de erratas de Laura
Laura se para bajo el marco de la
puerta y la sostiene con todas sus fuerzas para que no se le caiga la
casa encima. Y de la fuerza que hace se le corta la respiración, el
corazón se le sube a la boca y le late demasiado cerca de la cabeza.
Demasiado cerca de los pensamientos sin remedio, los que ponen
a Laura del revés y contra el paredón. Los que estropean la razón
y desarman el corazón. Los que duelen y no se sabe donde duelen y
se mastican también cuando se duerme. Los que arruinan lo querido, lo que Laura más quería.
Los que cambian la cara, los que no se deben tener. Y la casa se le
viene abajo, la casa que Laura quería. La que quería hasta que dejo
de sentirse una idiota para sentirse completamente idiota. Y con las
dos manos sostiene lo insostenible y hace fuerza para volver a
tragarse el corazón que se le escapa. Que se le va por la puerta que
se abre cuando se dan las despedidas. Se va por todas las fe de
erratas en las que Laura se excusa cuando intenta soñar un
rato.
Besos para Muriel (II)
Durante
más dos años, casi cuatro, pensó que después de los 30 y a los 40, los
besos ya no se dan. Ni uno.Tampoco en la frente. Que se olvidan. Hace
tiempo que a Muriel no la besan. Ni en los labios, ni en las manos. Tampoco
en la frente ni el cuello, por eso pensó que los había olvidado. Que
los besos se olvidan cuando uno se hace grande, pero algo tenía que pasar
y Muriel al final no pudo disimular que lo andaba buscando. Una
necesidad tan natural, tan femenina. Tan real, la de mezclar los fuidos y
volver a sentir. Volver a por todos los besos que le eran debidos,
desde el primero hasta el último y repetirlos hasta que la boca duela.
Por eso Muriel salió a buscarlo. Sintió la estática en la piel. El
estomago duro. El aire denso. La cabeza en la luna y ganas de llorar.
Ganas de llorar por un beso. Un beso que la deje sin aire.
Que la lleve a la luna despacito. Suavecito. Con sabor. Un beso que la
enamore de nuevo, que se vuelva a enamorar de ella. De su cuerpo, de sus
caderas, de su espalda. De sus ojos y la forma de sus pestañas. De la
Muriel que se había olvidado. De la mujer que colecciona besos cuando
son los besos más que caricias.
Orquídeas para Raquel
Quería subirse a su espalda, que él
la voltee de prisa y se suba a la de ella para tocar la luna con los
pies. Volar la cabeza. Escaparse del tiempo. Sujetarse las manos.
Besarse. Morderse, morderse hasta los huesos. Que le dibuje toda una
galaxia nueva uniendo con su dedo índice los lunares que Raquel
tiene en su espalda. Quería hablar de ella, del espacio infinito que
hay entre ella y la felicidad. Sobre las fronteras que tuvo que
cruzar y a donde no quiere regresar, sobre los olores, sobre los
abismos que siente cuando se siente mujer. Sobre el sol que siempre
sale, la ambigüedad de las situaciones. Sobre los milagros y el
milagro de encontrarse. Sobre pensarse, imaginarse. Sobre él y sobre
ella. Quería hablar de todo y de nada con tal de encontrar un motivo que
no lo deje ir. Una razón para que él se quede. Es que Raquel solo
quería mostrarle su jardín secreto, el que nadie conoce y al que se
llega acariciando sus piernas. Regalarle margaritas y orquídeas. Volver a acariciarlo y que la acaricie. Pero
lo besó muy de prisa y él se asustó. E igual que el resto, no supo ver. No vio que Raquel
no busca motivos de más, solo se quiere volver a a enamorar.
Besos para Marta
Durante más de dos años, casi cuatro,
pensó que después de los 30 y a los 40 ya no se dan besos. Ni uno. Ni en la
frente. Que se olvidan. Pero tenía que pasar algo y Marta no pudo
disimular que lo andaba buscando. Sintió la estática en la piel y
también la de él. El estomago duro. El aire denso. La cabeza en la
luna y ganas de llorar. Ganas de llorar por un beso. Un beso que la
deje sin aire. Que la lleve a la luna despacito. Suavecito. Con
sabor. Un beso que la enamore de nuevo, que se vuelva a enamorar de
ella. De la Marta que había olvidado, de la mujer que colecciona
besos cuando los besos son más que caricias.
Eso quería Matilde
Amar. Amar sobrepasando todo lo que es
querer, sobrepasando la piel y lo que hay por debajo de los huesos.
Llegar hasta el aire que la infla y de adentro hacia afuera volver a
amar. Eso quería Matilde, amar hasta quedarse sin aire. Vacía pero
sintiéndose viva. Morderse los labios y volver a respirar hondo.
Donar por amor todas sus ganas y también las caricias, las que venía
acumulando desde hace años. Eso buscaba Matilde, obsesionada
con el amor. Con regalar sus besos a cambio de la inconsciencia de
querer con el cuerpo entero y todos los puntos de la cabeza, aunque
sea una vez. Una única vez. Y entonces escupir todos los fluidos
para dejarse atar a los los riesgos. A los inconvenientes de amar con
locura y con todas las fuerzas. Matilde se moría por eso, por
probarlo. Por hundirse en las sensaciones que quiebren, que lo rompen
todo. Que acaban con los ojos y la manera de ver. Con las piernas y
la manera de andar. Con la boca y la manera de amar. Por eso saltó,
para dejarse caer al precipicio pero se confundió. Confundió
abismo con amor.
Las costuras de Lucia
Lucia se coció las costuras del corazón, todos los agujeros por donde se salía. Se coció para no volver a perderle, para que no se le saliera de nuevo todo lo que guarda por dentro. También para no perderse. Se dio forma nueva, una diferente que tiene puntada doble e hilo rojo, un rojo obscuro. Se lo coció porque así es mejor, porque no se puede ir por la vida siendo puro corazón.
Pepa sale de cacería
En las noches salvajes de luna llena, en esas noches cuando todos los lobos salen a comer, Pepa se pinta de barro para taparse el olor. Ese olor a mujer que para algunos quita permiso femenino. Ese olor que dicen que los tienta. Por eso sale vestida de estatua desde los pies a la cabeza, una estatua viviente con una escopeta y una red. Una escopeta que espanta lobos con licencias. Con demasiadas licencias por el mero hecho de estar hambrientos. Y una red para rescatar a las que salen sin saber. Sin saber que hay lobos malos con intenciones falsas, que se visten de civil y que se esconden por allí.
Los sabores de Matilde
Todas las tardes mientras Matilde lo espera, le crujen los dientes. A las cinco se sienta frente al televisor para ver la novela que hace tiempo ya no sigue por culpa de la ventana que no la deja en paz. Se arregla en el espejo del pasillo el peinado y viste de nuevo orgullosa aquel delantal rosa que él le compró en ofertas, hace ya seis años de eso y él no recuerda. Enciende el aparato, sube el volumen, se desliza en los almohadones del sofá que huelen a primavera y finge que está todo perfecto en la casa de la esposa que espera. Así, Matilde poco a poco aprende a ocultar lo que por dentro le duele y le duele cada vez más. Tanto, que el psicólogo en la segunda consulta le dijo que eran problemas en su inconsciente, y como Matilde se siente consciente en este horrible arte de lastimar, dejó visitarlo. Es que a Matilde lo que le duele, le duele de verdad, en el consciente. Por debajo de la blusa y detrás del pecho, y es tan real como su boca vacía mientras mastica algo que le es imposible saborear. De un tiempo aquí él no llega a casa a las seis y no le sonríe a la ventana, ni le acaricia el peinado, ni le toca por debajo de la ropa. Matilde ha dejado de ver la novela y anda con cuidado cuando le sirve la cena para no descubrirlo. Mientras tanto intenta encontrar en la cena los sabores que en la cama ya se han acabado. Trata pero no lo logra y todo le empieza a afectar. Desde el par de sillas en la cocina hasta los jinetes de la apocalípsis; también el delantal y la sonrisa que no está. También este amor que siente y la tiene tan atada a la cocina.
Algo pasó con Carla
Carla se despertó ayer a las siete de la mañana y aunque repitió la rutina que sigue de lunes a viernes, una sobredosis de ingesta de cafeína le provocó una alteración explosiva que la sacó de su lugar. Primero fue en la corriente sanguínea, la sangre se le aceleró más de la cuenta y siete segundos después, las glándulas suprarrenales se le dispararon con una propulsión capaz de imprimir la aceleración de la adrenalina a niveles nunca antes registrados en los riñones de Carla. Tal fue la potencia de aquella propulsión simple y a base de cafeína, que Carla increíblemente se electrocutó con la taza de café justo después del último sorbo y antes de apoyarla sobre la mesa de la cocina. Nadie se percató de lo sucedido excepto por Carla, quien impresionada abrió más de lo que habitualmente abre los ojos y respiró con profundidad, evitando y sin saberlo un posible ataque de pánico. Aunque su cara permanecía inmutable frente a la taza de porcelana, por debajo de sus pupilas dilatadas otra era la procesión que estaba teniendo lugar. Centímetros por debajo de la cabeza de Carla y detrás de la corteza pre frontal, el golpe de energía provocó en sus neurotransmisores un cortocircuito tal, que afectó a todo su sistema nervioso, devolviéndole sin contraindicaciones las ganas a moverse. Un hecho inaudito y con consecuencias revolucionarias para la tranquila vida de Carla, a quien desde ayer el cuerpo le pide a gritos ocupar un lugar distinto del que ocupa. Sin embargo no fue hasta esta mañana y después de dar vuelta y vuelta en la cama, que tomó su decisión. Bien podría haber elegido empezar a desayunar café descafeinado, pero algo pasó con Carla. Su última transacción bancaria dejó en números rojos su cuenta, su jefe no tuvo tiempo de reclamos y nadie en el barrio le volvió a ver el pelo excepto por sus amigos que todavía no se lo creen. No fue hasta tres meses después de lo sucedido cuando recibieron una postal de Carla, que finalmente se reveló lo sucedido: He montado una pequeña cafetería y el azar me trajo a Djibouti. Pensar que todo comenzó en mi cocina. La rutina me ha quedado chica, decidí romper con todos los buenos hábitos adquiridos y buscarme algunos malos y grandes vicios resplandecientes.
Premios Bitacoras 2011. ¡¡¡Gracias por tu voto!!!
Puedes votar directamente pulsando en el link o bien manualmente.
http://bitacoras.com/premios11/votar/f0fca7f9d923d57a8b10f49796cfa075ff8231f1
Muchas Gracias a tod@s (de verdad). Gracias por leerme.
El cisne negro de María
La envidia es un cisne negro que duerme desde abril en un cuadro chino falso. En uno que colgó María en la pared más amplia de su comedor color carmín y azul. Le costó un sueldo y medio, podría haberlo comprado en cuotas pero pagó en efectivo. María siempre compra así lo que quiere, cueste lo que cueste. El cuadro del cisne lo quería por su negro azabache, tan oscuro como el pelo largo que la envuelve todas las noches hasta que el ruido irreflexivo de un reloj la despierta. Cuando la despierta la deja sin nada de todo lo que María quiere. Sin las caricias de terciopelo, las plumas y todo el oro. También sin su sueño olor Chanel, le quita su alucinación de un cuerpo acabado por el punto final de la perfección. Se lleva sus proyectos, el de un castillo tan grande que roce el paraíso y la utopía de su mundo color miel. La deja sin la fantasía de la aceptación social en el rincón más burgués de todos. Le arranca su ideal de María, por eso se despierta con la boca seca, con ambas manos cerradas y las uñas marcando la presión que ejerce cada noche sobre las palmas. María cierra los puños tan fuertemente para que no se le escape todo eso que al final no tiene. Por eso el sabor de su saliva que es más ácida que de costumbre. Poco a poco algo la está corrocionando por dentro, algo se está comiendo a María de adentro hacia afuera. El doctor no puede dar con el diagnostico pero María sabe que es la envidia. La misma que colgó en su salón y el motivo por el cual ella se viste en sueños de cisne negro. El más elegante de todos los cisnes, el que no se puede ver de noche y al que le brillan los ojos como a María. El cisne también tiene la garganta seca. Traga la misma saliva ácida que María hasta que un reloj rompe el encanto. Sin embargo hoy a las doce todo se vuelve a repetir porque siempre ha sido así. En el reino de la envida, María es reina.
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La razón del vestido de helio de Luciana
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El paraíso terrenal de Gretel
Tan. Tan inocente era Gretel que al final se ganó el cielo más grande. Ese que todas quieren. Tan grande que no tiene tiempo suficiente para contar los metros cuadrados que se ganó, los que ahora habita. Eso le pasó a Gretel. La que caminó torpemente por la calle Panissars todas las mañanas y a los veinticuatro viajó sola por primera vez en metro. La que leyó todos los libros con dibujos que había en la biblioteca. La que no tuvo pena cuando no pudo más, ni vergüenza para pedir ayuda. La que regaló besos que valían más que todo el oro acumulado en un banco Suizo. La que no pretendía en la fila del supermercado y se partía de risa cuando algo le hacía cosquillas en algún rincón lejano al que nadie pudo entrar, ni el doctor. La que tenía miedo cuando la luz se apagaba y jugaba a que algún día, algún día todos serían como las Gretels que ella conocía.
Adiós a la princesa de Leticia
Se despertó antes de las siete y se sacudió las ratas. Se preparó un café cargado, tomó una ducha y se vistió con la ropa de siempre pero sin antifaz y sin espejo. Ese día no era para ser princesa. Salió por la puerta grande con una bandera blanca y el mástil herido. Había decidido darle tregua a todas las batallas, retirar lo dicho y empezar a respirar de cero. Dejar de tapar los agujeros con Paracetamol, los alborotos de la soledad y las ciudades en paz. Ya no más empantanarse con los recuerdos, empezar a caminar sola y mandar al diablo el diablo y el resto al carajo. Esquivar leones y las escupidas que van contra el viento. Igual que despedirse de la mala sangre y los intratables desquiciados. De los monigotes, los imbéciles y de su vanidad. De las brujas y las que te sirven cianuro con el té. Todo porque Leticia se despertó con ganas de poner la cabeza al mando y el corazón en segundo plano.
La calle de Anahí
La guitarra suena en la otra habitación. No la quiere escuchar, tampoco quiere estar ahí. Se quiere ir lejos, no sabe a donde pero se quiere ir. Salir de ahí, volver a Brasil. Comprar algo y quedarse a vivir. Tener hijos y hacer las coas que hacen las mujeres después de los treinta. También buscarse un oficio, otro porque el que tiene ahora no le gusta. En realidad nunca le gustó pero no había otra cosa. Además lo tuvo que aprender rápido, tres lecciones a la fuerza y un guantazo en la cara. Esperar en algún punto de la Rambla y animar a que algún guiri desanimado muerda el anzuelo, que la muerda a ella. Esperar parece fácil pero no lo es. No es como esperar el metro en Diagonal, es otro tipo de esperar. Con un ojo está buscando una presa, siempre de lejos el chulo la observa. Observando si cumple con su cuota del día. La observa como una mercancía, como una de esas que traen de China y venden por nada, así la tratan. Y no importa en qué día del mes está o si es navidad. Con el otro ojo observa todo lo que no va a tener, también el respeto que le hace falta. Eso es lo que más le duele, la falta de respeto con que la tratan, el respeto que le sacaron junto con el pasaporte apenas abandonó el aeropuerto. También se llevaron los planes que tenía, ese que decía que estudiaría en la universidad mientras cuidaba los hijos de otra, de una señora con dinero que quería una niña jovencita. Y después volver a Río con reales suficientes como para montar algo bonito. Por eso dicen que parece fácil esperar pero no lo es. Un ojo la cuida mientras el otro se da cuenta cada noche que está un centímetro más lejos de sus sueños, y eso que solo tiene veintisiete. Que sus sueños no son grandes. Sus sueños son pequeños, pequeños pero bonitos. Volver a tener ese respeto que ahora hecha en falta, el que le han robado e irse de aquí. Irse lejos y aunque tenga que mentir para darse una oportunidad. Mentir que no es puta y solo decir que se llama Anahí.
Cuando Bárbara quiere
Cuando las mujeres quieren, cuando lo hacen con locura como lo hace Bárbara, su mundo se les hace grande y pequeño. Ese mundo inmenso que cabe entre sus piernas cuando terminan de parir, cuando terminan de curar, cuando empiezan a cocinar. Cuando salta al precipicio y se deja enroscar por la magia, esa magia que solo las mujeres sienten. Cuando de un armario descuelga un vestido vivo para volverse a enamorar, para querer hasta el límite del arco iris y un sin fin de veces más desde el principio y hasta el final. Desde el parto que la hizo hija y el otro que la acaba de hacer madre. Por eso tiene ahora la panza vacía y el corazón grande, los pechos llenos y los ojos pequeños, dolió. Todos los partos duelen pero cuando las mujeres quieren, cuando lo hacen con locura como lo hace Bárbara, su mundo se les hace grande y pequeño y siempre hay magia. Magia aquí, magia allí, en el campo y en la ciudad. Anoche en el de Bárbara, hubo dos veces magia. Así sucede cuando las mujeres quieren.
Carmela necesita volver a cazar estrellas
Al final del día Carmela se sienta en el borde de la cama. No enciende las luces, tampoco lee. A oscuras fuma un cigarrillo. Demasiado tranquila, demasiado quieta. No hay ningún ruido en la habitación, tampoco en la calle. Los cuadernos están cerrados y los álbumes de fotografías apilados en algún lado. No hay bienvenidos, ni una cuota de vida loca. Tampoco billetes de la lotería, ni copas, ni pasajes de avión. Mucho menos magia, eso ya se evaporó hace tiempo porque ahora solo sobrevive en un cementerio de sueños. Sobrevive en este silencio que es total, silencio por dentro y por fuera. Tampoco hay ecos. Ni siquiera reza. Nada de nada suena en la vida de Carmela, por eso se apaga inalterablemente todos los días a las ocho de la noche. A las ocho, sin más.
Se queda quieta, quieta como un cadáver aunque haya sol, llueva manzanas o de la tierra broten muñecas. Si apenas mira hacia el cielo cuando cierra la ventana de su habitación, hace tiempo que dejó de pedir deseos. Un deseo audaz a todas esas estrellas que dejó pasar por apoyar demasiado temprano la cabeza en la almohada. Por no animarse a quererse un poco más.
Un poquito más le hubiese alcanzado porque Carmela se está apagando antes de cuenta, se apaga detrás de esos ojos que desprenden tristeza. Aburridos, consumidos. Está vacía a no ser por el humo del cigarrillo que ahora aspira. Y eso que solo tiene setenta año, un auto nuevo y casa con piscina. Dos hijas y un ex esposo. Y también cuentas pendientes. Esa lista de cuentas pendientes para con ella que no salda. Que tiene miedo de sacar de la mesita de noche, encender la luz y leerlas en voz alta. Gritarla a los cuatro vientos y que se le acelere el pulso.
Un poquito más le hubiese alcanzado porque Carmela se está apagando antes de cuenta, se apaga detrás de esos ojos que desprenden tristeza. Aburridos, consumidos. Está vacía a no ser por el humo del cigarrillo que ahora aspira. Y eso que solo tiene setenta año, un auto nuevo y casa con piscina. Dos hijas y un ex esposo. Y también cuentas pendientes. Esa lista de cuentas pendientes para con ella que no salda. Que tiene miedo de sacar de la mesita de noche, encender la luz y leerlas en voz alta. Gritarla a los cuatro vientos y que se le acelere el pulso.
Entonces por pavor a las consecuencias ella y nada más que ella, decide apagarse a las ocho. Ella se lo hace en ese cementerio que edificó para dar lástima. Se vacía llenando con amargura cualquier posibilidad de felicidad. No se permite ser feliz, disfrutar de las pequeñas cosas y de las grandes metas, aunque sea una a la vez pero siempre a paso firme. No asume con ánimo la única responsabilidad que lo cambiaría todo. Ese maldito compromiso al que le tiene miedo, tanto miedo. El compromiso a jugársela por la felicidad. Un todo a todo con ella misma. Feliz, volverse feliz hasta el punto de no tener más ganas de dormir. Feliz aunque sea un mero estado de ánimo pasajero. Feliz fumándose ese cigarrillo observando las estrellas, lo haría entonces sin tragarse el humo después de pedir ese deseo.
Cuando Sara pise santos
Un día se hará justicia cuando se despierte de madrugada a limpiar sus pensamientos y no lo encuentre hurgando en sus ganas con las manos sucias. Pisará santos, clavará cuadros y finalmente podrá decirle adiós a su nombre. A su maldito nombre que no ha dejado de repetir ni un día desde que se le clavó tan adentro, como una pluma que duele en vez de hacer cosquillas. En esta vida seguro que Sara se lo saca de adentro. Una madrugada de la próxima semana o en mil años, pero en esta vida seguro. Entonces todos sus días, todas sus horas se habrán borrado de los recuerdos que ahora habitan en ella. Y cuando alguien diga su nombre, ese maldito nombre que no logra escupir, cabe la posibilidad que Sara vuelva a sentir esas cosquillas de nuevo.
El laberinto de Eva
Eva vive al final de un laberinto maldito color pastel que la mantiene apartada de todo lo que duele, de ella, de quererse tanto. Del grito, del llanto, del aire y la lluvia en los ojos. De los rasguños. También del aire, los suspiros y sobre todo, de su curiosidad. La curiosidad de Eva que es inmensamente grande, que la estampa contra esas paredes pastelosas cuando se descuida, que le provoca taparse la cara cuando llora. Esa misma curiosidad que siempre la contradijo, que la desequilibra desde el bautizo. Que la hace feliz y después infeliz. Que la condena y a la vez, es lo único que la libera. Es que a Eva le duele su curiosidad desde que se escapó de esa rutina forzada y tropezó con el viento. Le secó las lágrimas y le gustó. Le gustó saberse lejos de su laberinto. Se encontró con la libertad de cara, ese simple y complicado poder elegir. Reemplazó la lista de las compras por el de las oportunidades y descartó las posibilidades que le sobran. Por eso la obligaron a levantar ese laberinto color pastel, justo delante de su casa para que la curiosidad no se la vuelva a llevar a donde nadie ha ido jamás. Una pared alta para que no no vea más allá de sus narices, que se conforme con lo que es. Con lo que se supone que todas las Evas tienen que hacer cuando dejan de ser niñas, pero sobre todo ella. Esta Eva a la que se le inventó un paraíso a medida detrás de un laberinto maldito, con cocina moderna y despertador con radio. Con reglas aceptadas, paseos al supermercado y un vestido nuevo cada aniversario para que se olvide de todo. Mientras tanto los años pasan y Eva vive infelizmente feliz una falsa ilusión forzada en un paraíso con Evas sin curiosidad, con besos que recoge de un huerto que no es el suyo. Y carga el cuerpo de una mujer con vestido nuevo cada año y de qué le sirve. No le sirve de nada.
Los problemas de Julieta
Julieta no quiere a nadie más que a él. Y lo quiere tanto que podría llenar el camino de gotitas de amor hasta rodear el infinito punto rojo con un lazo que lleve su nombre bordado en rojo carmesí. En un rojo carmesí que Julieta misma pinta cada día cuando le dice al oído, te amo. Un te amo que el jamás escucha o escuchará. Un sonido que no le es permitido porque para él, Julieta es un imposible tan real como la necesidad de tomar agua cuando tiene sed. Como la espuma que hace la ola cuando choca contra la piedra. Choca, explota y dejá allí su final. Julieta es su principio y su fin. Su día y su noche. Se le metió en el cuerpo un día, le entró por los ojos y le perforó las entrañas el mismo día en que Julieta se enamoró de él adentro de esa habitación. La puerta se abrió pero él jamás pudo dejarla ir y eso que lo intentó. Julieta es un olor que ya no recuerda, es un trozo de dolor con el viaja. Julieta es la forma de su día, las ganas que se inventa, su primer pensamiento y el último antes de dormir. Es su deseo, es la razón por la cual el cielo se vuelve naranja. Es el ruido en su silencio. Es la risa que no escucha, los labios con los que sueña. Julieta es su ilusión más grande, lo que más quiso y lo que más quiere. Y para Julieta, él es su desesperanza más real. Tan real como el abismo que le generan los besos que no puede darle. Y el silencio que habita cuando le dice te amo al oído y él no está para escucharla. El precipicio con el que chocan sus recuerdos, el aire que toman sus pulmones. Su cielo, su sol, su tierra y su mar. Es el grito después de su silencio. Es lo que más quiere, lo que siempre querrá. Y ahí radica el problema de Julieta, un problema personal que no se puede tratar: no quiere a nadie más que a él porque su amor es tan ideal que nunca se acabará, pero él ya no está. Se fue. Por eso Julieta paga caro el peaje que le pone el infinito cada día. Sobre todo cuando viaja a decirle al oído que lo ama y nunca nadie la espera.
Carolina se pierde
El amor para Carolina es como cuando se cae una gota de Mojito en el pantalón recién puesto y da lo mismo. Carolina está más allá de la media que media borracha, y ya no le importa si es ron o agua. Si es tarde o temprano, si está sensata o con la cabeza perdida. Si tiene veintitrés o más de cuarenta y cuatro. Con quién durmió anoche y con quién se acostará hoy, si sube o baja. A Carolina le da lo mismo lo cae en su pantalón porque en la barra del bar donde siempre se sienta, el amor se confunde cuando hay alcohol y tabaco. Cuando el cuerpo se le pone flojo y las lástimas se le resbalan por los hombros y caen al suelo. Alguien siempre se las pisa. Es que de un tiempo aquí Carolina se enamora fácil y su amor tiene siempre el mismo sabor. Sabor a ron, azúcar, lima y menta.
El collar de perlas
Empezó por el cuello. Arrancó las perlas de señora, las mismas que llevaba en la última foto, la del portarretrato en la entrada. Se vio vieja. El collar que le había regalado la hacía anticuada. Las perlitas cayeron al piso, algunas fueron abajo de la cama pero no las recogió. Esta vez no. Después se desnudó frente al espejo, si hubiese podido hasta la misma piel se hubiese arrancado. Descuajado aquella señora de esta mujer, la que ahora se sincera con sus errores. La que aprendió. La que se animó. La que tardó treinta años en tomar fuerza para poder un día romper el collar de perlas que su esposo le había atado al cuello cuando apenas tenía 24.
Carmen se oxida
Carmen llenó su locura de oxido. Se arruga frente al espejo como una pasa de uva desde que él le robó la luz de su habitación. Por amor se volvió loca, él la volvió loca. Carmen se encierra en si misma y llora a oscuras desde hace más de quince años. Tiembla y enciende un cigarrillo. Traga el humo y se encapricha con la ilusión que le fue robada, se emociona con el tiempo que perdió y grita. Grita en la cuarta planta de un piso del Eixample. Escupe su cuerpo todos los estados de ánimos a la vez y llora sin contención. Llora de día y de noche y lo hace siempre sola. Se vuelve a encerrar en el baño y llora en voz alta, lo hace cada vez que recuerda el daño que él le provocó y que nadie puede ver, que nadie debe escuchar. Lo hace unas veinte veces al día y es que de tanto llorar al final Carmen se ha puesto más vieja que loca. La cabeza la tiene blanca y tiñe de castaño, tiene manchas en las manos y la forma de los labios le ha cambiado. Nunca más dejó entrar la luz y se ha oxidado de tanto llorar. Se ha vuelto un animal nocturno, uno de esos que va magullado por la calle con contusiones internas y sin heridas a la visa. Carmen dobla en Balmes y camina por Aragón mirando las figuras en las baldosas. Hoy viste un vestido negro, tiene diez kilos menos y como es costumbre ha salido de noche. Siempre con miedo a las casualidades, a la casualidad de doblar en una esquina y encontrarse con él, reconocerlo al instante y que él no la recuerde. Que no sepa quién es ella. Que no sepa quién fue Carmen.
Soledad se pintó las heridas de verde
Dos cosas le reprochaba, su maquillaje de puta y la manera en que gastaba su vida pero estaba equivocado. Siempre lo estuvo por eso ella tuvo que corregirlo. Soledad no se maquilla, se dibuja sonrisas en la cara con Revlon y no se gasta la vida, sale de su casa en la Av. Callao al 1500 a pasearse las desilusiones. Igual que la que pasea sus los hijos en la plaza Las Heras. Hijos que él no supo darle, que no podrá jamás darle. En la calle, Soledad se despeja la cólera y también la rabia. Durante un par de horas él desaparece y cuando no logra hacerlo desaparecer, saca de su bolso unas pastillas azules y se las traga sin agua. Es que Soledad sufre de los nervios desde el día que se enteró que él mete su virilidad en la puerta de otro hogar, en el barrio de Belgrano. Que se lo entrega a otra que no se llama como ella, que tampoco sufre de tristeza y que tiene dos hijos. Por eso tuvo que corregirlo, por ella, por los hijos que le prometió y por su soledad. Sobre todo por ella. Ella misma. Y lo hizo con lo que él más le reprochaba, con maquillaje, como ella sabía hacerlo. Entonces una tarde mientras dormía le dibujó la misma sonrisa que ella se venía pintando para disimular, pero no usó Revlon lo hizo con una pintura verde. Pigmento Paris Green, confirmó el toxicólogo en el informe policial que indicaba el hallazgo de un cuerpo sin vida en un duplex en Belgrano. Cuando se le comunicó a la viuda, ésta se desplomó. ¿Arsénico?, preguntó. Sí señora pero tranquila, tenemos a la asesina. No se si sabía usted que su marido tenía una amante, fue ella la que lo mató. Suponemos que lo hizo cuando se enteró que iba a dejarla, en un ataque de cólera se vengó con arsénico. No, no sabía que me engañaba. Nunca lo hubiese imaginado.
Ángel de la guarda
Qué demonios haces que me deshaces,
no te encuentro y te veo en todas partes,
sin decirme nada, sin decir por qué.
Caminando con mis pies, respirando en mi nariz,
mirándome a los ojos, besándome la boca.
En esquinas que no vi y en el cielo que perdí,
sin decirme nada, sin decir por qué.
Qué demonios haces que me deshaces,
si eras mi ángel de la guarda.
Y yo aquí anestesiada,
en este infierno que me aguarda.
Sin recordar si te odiaba o te quería,
si soltaste o me solté.
Eras mi cuerpo, mi brújula, mi tiempo,
los ojos en mi cara y la voz de mi garganta.
Eras mi fuego, mi silencio,
la razón con que pensaba,
mi ángel de la guarda.
No te encuentro y te veo en todas partes,
sin decirme nada, sin decir por qué,
si me dejaste caer o te abandoné.
Y yo aquí tocando fondo,
gastándome la vida,
consumiéndome las ganas.
Condensando los recuerdos
para que el fuego no los queme,
hasta que vuelvas a quererme.
Eras mi energía, mi refugio,
la paz en mi conciencia, mi locura de ultratumba,
el aire de mis sueños, el corazón en este cuerpo,
eras mi ángel de la guarda.
Qué demonios haces que me deshaces,
si eras mi cuerpo, mi brújula, mi tiempo,
los ojos en mi cara y la voz de mi garganta.
Eras mi fuego, mi silencio, la razón con que pensaba,
mi energía, mi refugio,
la paz en mi conciencia, mi locura de ultratumba,
el aire de mis sueños, el corazón en este cuerpo.
Si eras mi ángel de la guarda,
por qué soltaste y me dejaste caer sin decirme nada,
sin decir por qué.
Beatriz juega a ser feliz
Beatriz simula cuando las persianas se suben y las cortinas se abren que es la señora de una familia feliz, la esposa de él y la amiga íntima de su compañera de la escuela. Engaña a la verdulera cuando compra zanahorias y limones, finge en la peluquería y falsea la risa en la fila del banco. Beatriz practica ser Beatriz frente al espejo mientras se pone base y maquilla los labios. Imita a la Beatriz que él quiere que ella sea, y lo hace bien por fuerza de golpes. Disimula en la consulta del dentista y encubre esa mancha violácea que lleva en el brazo derecho desde el lunes por la noche. Beatriz representa a otras Beatrices que se pasean por las calles con una sonrisa falsa. Beatriz se disfraza de Beatriz cada mañana, desfigura su realidad frente al espejo con una prenda alegre y una flor en el peinado. Beatriz es una mujer guapa, también cuando llora. Copia las recetes que pasan en la televisión y se ilusiona con el sabor de una cena en otra casa, con otro esposo y lejos de las persianas que se bajan cuando él llega. Beatriz reproduce todas las tardes una vida paralela mientras lee su novela, idea historietas con ventanas abiertas también de noche. Beatriz imagina como sería sacar de adentro a la verdadera Beatriz, a la que tiene miedo de salir cuando las cortinas se cierran, cuando él llega, cuando él le grita, cuando ella esquiva el primer golpe, cuando sale corriendo a la otra habitación, cuando intenta cerrar la puerta con llaves, cuando no puede y el entra, la tira al suelo y la patea hasta que pierde esa flor, la que por la mañana se había puesto en el peinado para desfigurar su realidad frente al espejo que él ahora le va a tirar encima mientras ella llora.Y aunque llore, Beatriz sigue siendo una mujer guapa.
Victoria se enamora del abismo II
Trocitos de mujer que que saltan desde la ventana de un edificio alto y Victoria toda rota cae al abismo. Y el abismo se enamora de ella hasta el infinito punto negro, y también punto rojo y más allá donde casi nadie llega. En lo inmenso, en lo insondable y hasta en lo incomprensible le promete cariño. Como un amor que le roza suave el cuello, le explota en la espina dorsal y la deja quebrada y feliz. Victoria también está exhausta y con sed. Y la mujer se deja caer al abismo. Se enrosca a una ilusión, se abraza a una esperanza, se entrega por primera vez y con los ojos abiertos al precipicio. A Victoria esta vez no le importa que se le aceleré el corazón, tampoco caer al abismo. Victoria se siente más viva que nunca. La profundidad se hace grande y la distancia con lo real cada vez más peligrosa. Ella deja de tener frío, de tener calor, de estar en otro lugar, de estar en otro tiempo y el abismo de tenerle miedo a tenerla y la sujeta fuerte. Victoria le da su cuerpo de mujer en trocitos y el abismo lo recoge con ternura. La recoge.
Victoria se enamora del abismo
Trocitos de mujer que alguien empuja desde la ventana de un edificio alto y Victoria toda rota cae al abismo, y el abismo se enamora de ella hasta el infinito punto negro, y también punto rojo y más allá donde casi nadie llega. En lo inmenso, en lo insondable y hasta en lo incomprensible le promete cariño. Como un amor que le roza suave el cuello, le explota en la espina dorsal y la deja quebrada y feliz. Victoria también está exhausta y con sed. Y la mujer se deja caer al abismo. Se enrosca a una ilusión, se abraza a una esperanza, se entrega por primera vez y con los ojos abiertos al precipicio. A Victoria esta vez no le importa que se le aceleré el corazón, tampoco caer al abismo. Victoria se siente más viva que nunca. La profundidad se hace grande y la distancia con lo real cada vez más peligrosa. Ella deja de tener frío, de tener calor, de estar en otro lugar, de estar en otro tiempo y el abismo de tenerle miedo a tenerla y la sujeta fuerte. Victoria le da su cuerpo de mujer en trocitos y el abismo lo recoge con ternura. La recoge.
Con síntesis de alcaloides
Hay dos tipos de sensaciones que se parecen, dijo el enfermero antes de ajustarla contra la cama. Ella no lo escuchaba y si se lo gritaba al oído, ni siquiera hubiese pestañeado. Incluso si la ajustaba hasta hacerle daño con el cinturón de fuerza, tampoco. No estaba allí, estaba lejos. Muy lejos. Se quedó parada en donde todo sucedió, atascada en el tiempo. Metida en un agujero negro, en uno de esos que te dejan después la mente en blanco. No reaccionó más y eso que hubiese podido evitar lo que vino después pero supongo que lo que sucedió te deja así, en estado de shock. Paralizada. La encontraron inmóvil al lado del cuerpo, parecía dormido y ella como sino lo hubiese matado. Lloraba. Lo quería tanto. Tanto, tanto, que cuando la engañó no es que le rompió el corazón sino que ella tapó la herida con el sentimiento que más se le parece al amor, con odio. Y el odio fue tan fuerte que ella lo confundió con amor y entonces cuando lo mató, sintió que lo hacía por amor. Ella lo mató por amor y la policía no se hubiese dado cuenta si no hubiese confesado. No había sangre, no había signos de asfixia, ni un golpe, ni corte. Tampoco envenenamiento. Jamás se hubiesen dado cuenta que fue ella, como tampoco el juez se dio cuenta que él la había matado primero, que le había roto el corazón y cómo se supone que puede una persona vivir con el corazón roto. No vive, se muere. Ella estaba sentada durante el juicio, estaba ahí pero en realidad estaba tan muerta como él. Incluso más muerta porque su muerte sí que había dolido, le dolió muchísimo porque estaba consciente. Y además fue lenta, lo que tarda un engaño en madurar. Y le dejó marcas, un cuerpo inerte que el juez no vio, como tampoco notaron el síntesis de alcaloides que ella usó. El psiquiatra forense dijo que fue un ataque de enajenación y en las noticias salió que la encerraron en un psiquiátrico en no se dónde. Es que al final todos confundieron todo, el amor con el odio y un corazón roto con locura, repitió el enfermero cuando terminó de ajustarla. Ningún loco en su sano juicio usa síntesis de alcaloides. No estás loca, estás dolida.
En voz alta
Un lugar verde con tu voz diciendo mi nombre, diciendo mi nombre en voz alta. Sin susurrarlo, no más. Quiero que lo digas, que digas mi nombre en voz alta. Basta de pensarlo, de pensarme, quiero que lo digas, quiero que digas mi nombre. Quiero escuchar como suena en tu boca. Quiero ver como te brillan los ojos cuando me nombras. Cómo se mueve tu boca, cómo se mueven tus ojos cuando dices mi nombre, cómo se te acelera el pulso. Quiero saber qué se cuela por tu cabeza cuando los sacas de adentro. Y cuando lo dices, quiero saber hasta dónde se escucha. Quiero escucharte decir mi nombre en voz alta. Aunque sea una única vez, un único momento.
Linda, libre y loca
Hay una locura, una locura que anda suelta. Una locura como una paja mental que explota en colores diferentes cada vez que toca. Una sensación que termina en dos sensaciones y te deja exhausta, con la boca abierta y la lengua seca. Es como el viaje pendiente que se planea todas las noches, nunca llega pero te lleva. Siempre te lleva y dejas que te lleve lejos como cuando te ves al espejo con peinado nuevo. Como cuando pecas y se siente bien porque finalmente dejas que todo explote. Cuando se te mete canela por la nariz y el sabor te despierta. Ojala que un día te explote la vida. Te explote la sangre, te explote él. Explotes vos. Que explote la cama, las pautas marcadas, los contratos, las inhibiciones. Que peques más porque para mujeres, ni sumisa ni devota, te quiero libre, linda y loca.
Le quedó el cuerpo tajeado
Sucedió. Apareció, sonrió, conquistó, aprovechó, divirtió, tajeó y marchó. Y cuando marchó se lo llevó todo. Todo porque dejó un agujero tan hueco que ahora no se sabe con qué volver a llenar. Y eso que se lo advertí. Se lo dije al oído todas las noches antes de quedarse dormido. Cuidado. Cuidado porque no quería que le pasara a él. No a él. Nunca a él. Pero sucedió tan de prisa. Apareció, le sonrió, lo conquistó y se aprovechó de esa conquista. Tan maldito fue que se divirtió antes de tajear el cuerpo en dos, arrancarlo de adentro y marcharse. Le latía en la mano cuando se lo llevó. Latía fuerte. Para que robárselo así si estaba tan dispuesto a sumir. No lo apreció nunca, se lo dije. Y lo advertí millones de veces. Todas las veces cuando lo escuchaba adentro latir, cuando reía, cuando lloraba y también cuando me sentaba a ordenarlo todo. Cuidado a quién te das. Mucho cuidado. Y me lo robaron. Me lo arrancaron de cuajo en mis narices. Se lo llevaron y vi como se lo llevaban y tonta yo que preferí que fuese así a nada. Y ahora tengo un agujero tan hueco que no late y no se con qué volver a llenar, esta vez no alcanza la falsa ilusión de mañana volver a comenzar.
Yo, aquí y ahora
Estoy aquí y ahora y no podría estar en un lugar mejor que este. Aquí, en algún de la tierra donde mi corazón es mi hogar y mi cabeza anda suelta. Tan suelta que ayer se desmelenó y no logré ordenarla. Ahora soy yo, mi caos y mi cabeza suelta. Mi caos y yo desmelenada, sin más. Y es aquí y conmigo donde solo mis ganas pueden salirse. Salen y se expanden por mis dedos y mis uñas recién y mal pintadas de rojo. Aquí, donde mi cuerpo se deforma y transforma en todas las historias que se asoman y en todas las historias dejo parte de mi cuerpo, como la que tiene hijos. Y es que tuve varios y a todos les puse un título bonito. Estoy aquí y ahora y no podría estar en un lugar mejor que en este envase con dos ventanas, mis ojos marrones, y un cerebro gris que me deja viajar sin GPS a lugares que nunca apareceran en Google Map.
Las sábanas de Helena
Las mujeres hablan de amor y los hombres de sexo pero Helena lo hace de los dos. No tiene pelos en la lengua, tampoco en el pubis. Helena se depila el sexo para tener historias de amor sin enredos. Cuando habla de amor se le estremece algo adentro, Helena pensaba que era su estómago pero el cardiólogo le explicó que es su corazón. Cada vez que habla de amor el corazón de Helena bombea tan fuerte que hace que sufra hipertensión. En cambio cuando habla de sexo lo que se le estremece es la vagina y mucho. Como le sucedía bastante seguido Helena pidió consulta en el médico. La ginecóloga le explicó que no es la vagina lo que se le estremece, sino el clítoris entrando en convulsiones. Helena tiene el clítoris tan directamente conectado a su cabeza que éste puede ver lo que Helena piensa cuando habla de amor, pero sobre todo sentir lo que Helena piensa cuando habla de sexo.
Como Helena se sabe una bocazas pensó que sufría de incontinencia verbal y, habiendo quedado demostrado científicamente que su desenfreno a la hora de pensar y hablar alteraba a su sexo y sobre todo a su corazón, consultó al psicólogo. En la primer visita Helena le explicó que como tiene la azotea sin techo, no filtra. Que puede hablar de amor y de sexo por igual, le explicó sobre su hipertensión y sus convulsiones. Que su corazón y su clítoris están muy conectados a la parte del cerebro donde se almacenan los pensamientos y, que por eso cuando habla puntualmente de sexo o de amor su corazón y su clítoris cobran vida propia. La especialista que era mujer, le recetó sábanas de seda negra, una sola copa y una botella de vino Cabernet Suavignon, velas, Jazz, chocolate amargo, fresas frescas de Aranjuez y una charla privada y sin desenfreno con su cabeza, su corazón y su clítoris, puertas cerradas.
Como Helena se sabe una bocazas pensó que sufría de incontinencia verbal y, habiendo quedado demostrado científicamente que su desenfreno a la hora de pensar y hablar alteraba a su sexo y sobre todo a su corazón, consultó al psicólogo. En la primer visita Helena le explicó que como tiene la azotea sin techo, no filtra. Que puede hablar de amor y de sexo por igual, le explicó sobre su hipertensión y sus convulsiones. Que su corazón y su clítoris están muy conectados a la parte del cerebro donde se almacenan los pensamientos y, que por eso cuando habla puntualmente de sexo o de amor su corazón y su clítoris cobran vida propia. La especialista que era mujer, le recetó sábanas de seda negra, una sola copa y una botella de vino Cabernet Suavignon, velas, Jazz, chocolate amargo, fresas frescas de Aranjuez y una charla privada y sin desenfreno con su cabeza, su corazón y su clítoris, puertas cerradas.
Los amores de Olivia
Que profunda era su cabeza que cuando intentó bucearla, él se terminó ahogando. Igual que el anterior, que se cayó probando volar a la par de sus ganas pero no tenía alas como Olivia. Y el anterior del anterior, que se tropezó con su teatro porque no sabía caminar a oscuras como ella. Hubo uno que intentó comérsela entera porque Olivia siempre huele bien. El primero de todos la encerró en un castillo sin saber que Olivia no vive en ningún lado y, el que vino después la dejó sola en su parque y Olivia se fue a la ciudad a buscar compañía. El séptimo quiso domesticarla y el octavo no intentó nada y Olivia se aburrió. El penúltimo le prometió una ilusión para el año que viene y Olivia es de hoy y de hechos. Y el último, el último de todos se olvidó de acariciarla y a Olivia que le gusta coleccionar besos en la cabeza, se sintió vacía y lo dejó.
Miedos express
Que llegue un día cuando una mandarina no me haga viajar con su olor. Que el café deje de ser un momento. Que la inspiración pase a ser pautada. No sentir la necesidad de la música, dejar de asombrarme con la sal y conseguir eso de poner la mente en blanco.
Conversación privada
Si tuvieses que perdonar mis pecados por donde empezarías. Por mi síndrome de abstinencia o la vulgaridad de mis intentos. O sería en la arrogancia de mi lado animal donde, tal vez, analizarías cuál de todas las penitencias me salvaría. Si no es la arrogancia, es acaso mi sosería o mi apatía porque de un tiempo aquí ya no nos hablamos como lo hacíamos. Y me preguntaba qué pasa si mañana no saliera el sol por ningún lugar. Por cuál de todos mis pecados empezarías a interrogarme, acaso por mi necesidad épica de canalizar mis intenciones de vivir o la prisa con que lo hice.
No soltarla jamás
Esta es la historia de la niña con voz de búho que se enamoró del mar apenas lo vio. El ruido de las olas le cantaron al oído una canción de nana para animarla a dejar la orilla. Nunca había estado cerca del mar tan sola, tan sola. Su sal se transformó en compañía, el reflejo en su espejo y dejó que el agua le acariciara los tobillos cuando el mar prometió no soltarla jamás.
Te quería

De verdad te quería. Te quería muchísimo. Con locura. Con demasiada locura. Te quería las 24 horas, de lunes a lunes y especialmente los domingos. Te quería incluso cuando dormía, era ahí cuando te tenía. Pero cómo podía seguir viviendo si la pasión empezaba a quemar. Me estaba quemando por dentro. De verdad te quería, te quería tanto que me prendí fuego. Se me quemó el corazón. Te quería. Ahora ya no te puedo querer más, no tengo con qué.
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